Opinión

Choque con las estrellas: “Planeta rojo”

Me invaden sentimientos de grandeza. Me siento como Colón llegando a América.
domingo, 30 agosto 2020

Sé que estoy viviendo un sueño, pero por extraño y complicado que parezca, nunca me había pasado soñar que estoy soñando; parece algo surrealista, un sueño dentro de otro sueño.

Así es, dormido con la cabeza pegada al vidrio de la ventana; apenas habían transcurrido unos segundos, cuando dos agudos repiques irrumpen el silencio y se escucha por altavoz:

“Buenos días, en breves minutos haremos contacto con la atmósfera y superficie del planeta rojo, favor abrochar el cinturón de seguridad y coloque el respaldar de su asiento en posición vertical. Gracias por volar con misión planeta”.

Inmediatamente me incorporé, asombrado, medio aturdido y confundido. Tenía la impresión de haber escuchado “planeta rojo”. Tuve mis dudas. El único planeta rojo que tengo conocimiento es el planeta Marte y nadie ha llegado allí, pero conociendo a los artistas responsables de esta misión lunar, capaz y se echaron un pelón en los cálculos y me mandaron de un solo cipotazo, a Marte.

No quiero ni imaginar quién sacó esas cuentas, no pierden la maña; seguro metieron unos cuantos kilómetros de más. El único consuelo que me queda, ser el primer humano en pisar Marte. Ser primero es para siempre.

Es como el primer beso, permanece en la memoria; bueno, en mi caso, con mi primera novia, quedó tatuado en mis labios aquel sabor metálico, “a sangre”. Sí, ella tenía brackets. Fue desagradable, pero inolvidable.

Me invaden sentimientos de grandeza. Me siento como Colón llegando a América; no es para menos, descubrir un nuevo mundo. Entiendo que las comparaciones son de mal gusto, pero si Armstrong en julio de 1969 al pisar suelo lunar dijo: “Es un pequeño paso para el hombre; un gran salto para la humanidad”; entonces lo mío en Marte, no es un ningún paso, mínimo una caminata. ¡Al César lo del César!

Llamo a la base para informar maniobra de descenso; desesperadamente repica y repica hasta que por fin toman la llamada; se escucha un respirar, pero no hablan.

Casi gritando de alegría, emoción, eufórico, con el corazón a 140 latidos por minuto digo todo apresurado: Aquí nave familiaaaaa, misión planeta, estoy aterrizando en Marte, confirmen mí posición; ¿alguna instrucción de último minuto que deba saber?

Cuando a la postre, al otro lado del teléfono se escucha una voz débil; una señora, adulto mayor, supongo por lo temblorosa, entrecortada y evidente fatiga en su hablar: Buen día joven, número equivocado; pero si lo que quiere es una recomendación, deje esas hierbas.

Hasta allí llegó el teléfono, lo batuqueé contra el piso. Ni modo, estoy solo en esto. Las fuertes ráfagas de viento tambalean la nave, nubes abren paso y el horizonte descubre la insoslayable belleza de una superficie y cielo multicolor. Primera sorpresa, tenía la impresión que era rojo.

Me desplazo venciendo la ingravidez hasta el tremuloso volante y diviso un terreno amplio, verdoso, con máculas arcillosas irregulares donde puedo aterrizar. Inicio descenso, pero para no perder la mala costumbre, tal y como al pasar por túneles y debajo de elevados, hago sonar la corneta intensamente. Diría la mujer: ¿tú no maduras verdad?

Desconozco si hay vida; es lo primero que averiguaré. Igual tengo un discurso. Mis primeras palabras serán “Saludos del planeta tierra”. Espero no acostumbren intercambio de presentes; lo que me queda es un pedazo de queso duro y una torta de casabe; ¡qué pena!

Terminaba de ponerme el casco cuando se despliegan los paracaídas, voy descendiendo lentamente y la nave se posa en la superficie sin contratiempos.

Abro la puerta, salgo agitando las manos de lado a lado saludando, cuando en fracciones de segundos se escuchan dos detonaciones que pegan en el pecho sobre mí traje, acompañado, cual juego de golf de un swing con driver 1, que me impacta justo a nivel de la frente.

Menos mal que él traje es a prueba de balas y tenía él casco puesto; más lo último que recuerdo antes de caer “knocked out”, fue sentir como mí reloj, cadena y botas de astronauta eran arrancadas, mientras casi sin sentido, desvaneciendo creo escuchar que alguien dice: “queda arrestado por invasor”.

Probablemente estuve inconsciente varias horas, golpeado y adolorido. Trato de asimilar lo que está sucediendo; logro verlos, son seres humanos trogloditas, de apariencia primitiva, casi cavernícolas pero delgados a extremo, sucios, barbudos, cabello abundante y descuidado. Evidentemente no estaban cubiertos con retazos de pieles de animales, pero si, la indumentaria era toda roja.

Mientras amarrado me trasladan por un pasadizo, trato de hablarles en cualquier idioma: hola, hello, bonjour, ciao, hallo, salam, aloha, konnichi wa. Pero nada de nada. Ni una sola palabra se les escapa.

Una entrada de luz evidencia el final del túnel. Al llegar se revela un gran recinto; me recuerda un centro de convenciones, muy descuidado, paredes agrietadas y totalmente vacío. En la zona central hay una pequeña mesa y una silla, donde a empujones me sientan y amarran además los pies a nivel de los tobillos.

Todo el escenario converge hacia una gran tarima, cubierto por un lienzo rojo. En medio de un sigilo sepulcral, las tribunas se llenan de individuos cual guerreros en un ritual tribal, lucen sus caras pintadas del color violento; ya no me quedan dudas porque lo llaman planeta rojo.

Mecheros colgados en las paredes brindan escasa iluminación, mientras bailotea su llama y comienza lentamente abrirse aquella tela, dejando ver tenue oscuridad en su seno.

Como si se tratara de un velorio, a media luz, poco a poco emerge en el escenario y se revela ante mis asombrados ojos, la silueta gigantesca de un títere, un inmenso ratón tallado en madera, para variar todo rojo; estaba suspendido al techo con enormes cuerdas atadas a su gran panza, de hocico puntiagudo, alargada cola peluda, dos enormes incisivos que armonizan una sonrisa macabra con los ojos de villano.

Aquella imagen grotesca, misteriosa de mirada retadora me intimida. Apresurado un hombrecillo de muy baja estatura y pasos cortos, se ubica debajo de la gran figura; porta atuendo formal, un frac, propio de director de orquesta sinfónica, sombrero de copa y zapatos enormes de puntas redondeadas; extiende un papiro y hace un anuncio; algo inimaginable y sorprendente estaba por suceder.

“Ciudadano, ha sido declarado culpable por el delito de invasión fallida a nuestro planeta tierra y será ajusticiado al ocaso del día de hoy, año 3020. Cúmplase”. Gira su cuello y dirige unas palabras al público: “Camaradas, gracias por su asistencia”.

La locura se desata en las tribunas, la multitud estalla de algarabía, se abrazan, besan, saltan y gritan celebrando aquel fallo.

Abstraído, con mirada vacía, me embarga la desilusión y tristeza; no por la sentencia, de por sí una tragedia; pero en mis oídos solo retumba una y otra vez, de forma inequívoca, claro y manifiesto, el eco de tres palabras: ¡Planeta tierra! ¡Año 3020! ¡Camaradas!

Perplejo asumo lo innegable, no es una quimera; son ellos, su generación. Aquel flash escenográfico de mil años, golpea y coloniza la esperanza. Deseaba gritar y maldecir nuestro apocalíptico destino.

Lacerado en el centro del alma, mordí mis labios y amarré lágrimas, para tras un fugaz aliento al viento indiferente, extender una agónica proclama: ¡Verdugos! Vivan su propio infierno, es su premio y castigo. Dispongan el derecho a un último deseo, lo relevo, no me hace falta, ya se cumplió: “Mí espíritu es libre, hasta la eternidad”.

Esta historia continuará……..

Mario Genie
genie_mario@hotmail.com

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