Sucesos

Relatos de la Justicia: Alumnos invisibles

“¿Es que acaso ustedes no saben de los alumnos fallecidos que penan en la universidad?”.
sábado, 05 septiembre 2020
Helen Hernández | Todos los años moría un estudiante

Cuando inicié en una segunda universidad como docente, todo era nuevo para mí. Nuevos alumnos, nuevos compañeros de trabajo, nueva metodología, nuevos horarios y nuevas responsabilidades.

Para ayudar en la misión de esa casa de estudios, acepté dar clases en los tres horarios: matutino, vespertino y nocturno. Con clases desde el lunes hasta el viernes, teniendo libre solo los miércoles.

Sé que gracias a mi entusiasmo por la docencia fue que pude asumir el reto sin problemas; sin embargo, al cabo de unos meses acusó el cansancio.
Cuando llegaban los viernes ya mis energías iban en reserva y ni hablar en fechas de exámenes. Mi salud comenzó a demandar atención, dolores lumbares y cervicales, fatiga crónica y un sinfín de otras dolencias.

Pero en mi percepción había notado que mi fatiga se aceleraba potencialmente los jueves y viernes, al punto que llegué a faltar algunos viernes a la primera hora de la mañana debido a mi agotamiento.

Sorpresivamente, los fines de semana recuperaba vertiginosamente mi energía y así hasta el próximo jueves que descendía otra vez radicalmente.
Pero fue un día que llegué más temprano de lo normal y me uní a una conversación que sostenía la señora que regentaba la cantina de la universidad con uno de los vigilantes, cuando escuché algo que podía estar asociado a mi pérdida de energía.

Ambos dialogantes sostenían sus teorías sobre sucesos paranormales que acontecían en la universidad. Me involucré en la conversación, más para escuchar que para participar.

El vigilante acusaba también gran cansancio debido que llevaba noches sin poder dormir, los ruidos y otros sucesos inexplicables se daban lugar en la universidad luego de que cerraba sus puertas.

“¿Es que acaso ustedes no saben de los alumnos fallecidos que penan en la universidad?”, lanzó la regente de la cantina cuando el vigilante terminó de contar sus pesares nocturnos.

“¡Ay, señora Ana deje de contar esas supersticiones que me perturba al profe, mire que él es nuevo y no se nos vaya a ir a causa de sus cuentos de ultratumba!”, fue la frase con la que nos interrumpió la coordinadora académica que escuchaba sigilosamente nuestra conversación en una de las mesas contiguas del cafetín.

“¡Profe no le crea esos cuentos a la señora Ana que ella es una bruja sin clientes!”, volvió a decir la profesora haciendo que todos los presentes rieran al unísono, interrumpiendo la conversación y dejando sin respuesta aquella pregunta de la señora de la cantina.

Llegó la hora de entrada y no pude retomar la conversación; entré a mi clase y al salir busqué ansioso a la señora Ana para retomarla justo en la pregunta sin respuesta, pero había salido.
Volví a clases en la noche ese viernes y fue cuando pude precisar a la señora Ana.

“¡Buenas noches, señora a usted la estaba buscando para que me terminara de contar el cuento ese de las almas en pena!”, le dije apenas entré al cafetín.
“¡SHHHHHHH!”, me respondió haciendo señas con su dedo índice en la boca, para que hiciera silencio y casi en murmullos me dijo: «No quiero que me vuelvan a regañar, mire que después que usted entró a clases en la mañana me abordó la coordinadora y me reclamó por lo que les estaba contando».

“¡Ajá pero usted no me va a dejar con esta incertidumbre!”, respondí también en susurros”.
¡No profe yo le voy a contar, pero no aquí, cuando usted salga de clases esta noche me da el aventón hasta mi casa y en el camino le cuento!”, me reiteró, dándome unas palmaditas en el hombro.

Al salir de mi última clase y con el habitual cansancio de los viernes, fui por la señora Ana, quien ya me esperaba con su cartera de mano agarrada y con la avidez en su rostro de quien guarda un ansioso chisme que debe ser comunicado.

En el carro me tomó del brazo y dijo que sabía que yo sentía y que le contara detalles.
«Bueno la verdad es que nada Sra. Ana, lo que siento es como si hay días en los que mi energía y mis ganas se vienen a pique, pero más nada», le manifesté.
“Ajá profe y ¿no le parece raro que esos bajones de energía a usted le den solo jueves y viernes?”, me preguntó.

“Bueno hasta ahora no me había percatado o más bien nadie me lo había hecho ver, pero ahora que lo menciona sí”, le respondí algo confundido.
“¿Y qué tienen en común sus jueves y viernes profe?”, me preguntó. “De verdad no sé”. “El salón profe, el salón”, insistió.

Al preguntarle porqué, me contó que el salón en el que daba clases esos días tenía una maldición de la que nadie quería hablar, porque eso incomoda, pero tras insistirle terminó contándome.

“Sucede profe que en la universidad hay un aula en la que todos los años un alumno muere por cualquier causa, no importa en qué época del año ocurra, pero en los últimos 10 muere un alumno por año y el común es que todos han estado cursando clases en esa aula en el año que fallecen”.

La señora Ana al ver mi cara de incredulidad me insiste: «Si quiere el lunes le muestro la lista que llevamos en el cafetín, ahí están año por año, nombre por nombre y hasta la causa de su muerte, casi todos por hechos trágicos, accidentes, robos, y hasta de enfermedades súbitas como uno que murió de paludismo, justo en la última semana de clases, en un año que no había tenido muertos esa aula”.

Yo aún ensimismado y con mi cara de incredulidad, le dije que podría tratarse de casualidad. “Ninguna casualidad, profe, eso viene pasando desde un año en que una alumna se murió por causa de un profesor», dijo en tono de molestia y le pedí que me explicara.

“Hace 10 años una alumna de 5° año, ya lista para graduarse, recibió tanta presión de un profesor para que su defensa de tesis fuera perfecta, que el día que le tocaba defenderla no aguantó y en pleno salón le dio un infarto y murió en el acto, ¿y cuál cree que era el aula donde eso pasó? La misma donde usted se agota, así como tantos otros profesores que, por años, les sucede lo mismo que a usted”.

“Desde ese día muere un alumno en esa aula y cada cinco años muere uno a causa de algún hecho asociado a la presión por los estudios. A los cinco años de ese hecho pasó otra vez con un alumno, una profesora le exigió que, si no le entregaba un trabajo de investigación ese día, le aplazaba el año, el muchacho como pudo se vino del trabajo en moto, apurado, y en la vía chocó con la isla de una avenida y se mató en el acto. ¿Dónde estudiaba el muchacho? En la misma bendita aula. ¿Coincidencias y casualidades? Yo te aviso”, me dijo alterada mientras tomaba su cartera y salía del carro.

Fueron pasando los años y en efecto pude notar que año a año, algún alumno de esa aula fallecía por algún motivo insospechado. Durante dos años fueron incluso profesores, uno de un cáncer voraz que lo consumió en apenas un mes y otro profesor de un infarto fulminante.

A la par de estos acontecimientos, comenzaron a hacerse más visibles y frecuentes los sucesos paranormales, en esa aula y en varias otras más. Luces que se apagaban, puertas que se tocaban solas, algunas otras que se abrían y cerraban sin explicación lógica y estos hechos sucedían con un común denominador: Les ocurría a profesores que, de cierta forma, se les iba la mano en la rigidez de sus exigencias académicas.

Un buen día, yo que muy pocas veces había tenido en mi vida docente diatribas con alumnos, tuve una fuerte discusión con una sección que les había parecido que les exigía mucho y hicieron disgustar porque un día decidieron hacer la clásica jubilación masiva para que no les diera más contenido.

Viendo esto les dejé una nota en el pizarrón dando la materia como vista y fijando para ese día en la noche la clase recuperativa, a pesar de no tener clases conmigo, y les resalté en mayúsculas lo siguiente:
“LA CLASE SE DICTARÁ CON LOS QUE ACUDAN ASÍ SEA UN SOLO ALUMNO Y SI NO ACUDE NADIE, DARÉ LA CLASE ASÍ SEA A LOS ALUMNOS INVISIBLES”.

Consciente estaba que con el contenido que había dictado era suficiente, pero el orgullo herido obró por mí.
Esa noche llegué con la convicción de lo que había prometido en aquella nota en el pizarrón, pero no sabía la sorpresa que algunos insospechados alumnos iban a darme esa noche.

Fui en busca de mi aula habitual, pero siendo que no era el día de mis clases, mi aula estaba ocupada.
Fui hasta la coordinación y pedí me habilitaran un aula y dejé dicho a los alumnos con el coordinador en cual aula dictaría la clase, tomé la carpeta de asistencia, borrador y marcadores y me dirigí hasta el salón; entré dejé la puerta abierta y esperé cinco minutos por los alumnos.

No llegó ninguno. A pesar de que había visto a algunos por ahí rezagados en la universidad evadiéndome. Me levanté, cerré la puerta y mi orgullo me llevó a hacer lo más ridículo que un profesor ha podido hacer en la historia universal de la docencia: Darle clases al aire.

Comencé a escribir en el pizarrón y a exponer en voz alta los contenidos de la clase a la par de que veía con el rabillo del ojo si la puerta se habría o no. En un momento donde me concentré en lo que escribía en la pizarra, escuché la puerta abrirse y el murmullo de los alumnos al entrar, mi mente hizo un clic y pensé: No aguantaron la presión.

Decidí mentalmente lo que haría mientras seguía escribiendo en la pizarra sin voltear, sabía que ya habían entrado todos, pues con el rabo del ojo veía sus figuras y escuchaba sus murmullos, me voltearía violentamente y sin mediar palabras les haría un interrogatorio de la materia, eso ninguno lo esperaría y así daría por satisfecho mi ego.

Escribí la última palabra en el pizarrón y de un solo movimiento me volteé diciendo en un grito: ¡INTERROGATORIO!
Y en el preciso segundo en el que mi cuerpo y mi cabeza se voltearon completamente hacia mi audiencia, que esperaban expectantes mi reacción: se apagó la luz del salón de clases y quedé frente a un aula llena de sombras sentadas muy disciplinadamente en sus pupitres, todos sus ojos eran color rojo como el fuego y se escuchaba el mismo murmullo que escuché cuando entraban al salón. Mi mente no reaccionó sino a los pocos segundos y les grité:
“Ah es ustedes me quieren asustar a mí, en vez de estudiar”, y dirigiéndome hasta el apagador de la luz fui y lo encendí.

Las luces volvieron a encenderse, pero con un brillo muy intenso. Las sombras se desvanecieron de inmediato, pero quedaron visibles tres espectros: uno de una dama frente a mí, otros dos de dos caballeros al final del aula haciendo perfecta y simétricamente un triángulo, iban visiblemente vestidos, pero nunca vi sus rostros, al cabo de unos segundos se desvanecieron. Todo ocurrió muy rápido, sería cuestión de segundos.

Decidí salir del aula a ver si encontraba a los responsables de semejante jugarreta, pero no había nadie, absolutamente nadie. Caminé hasta el final del pasillo y todas las aulas estaban vacías, aún no entraba en mi incredulidad. Mi mente buscaba desesperadamente una razón lógica.

Cuando volví al aula vi en el pizarrón que ya no estaba la clase que había copiado, estaba escrito lo que originalmente les había escrito más temprano en el aula de mi propio puño y letra, pero remarcado y subrayado donde decía “daré la clase así sea a los alumnos invisibles”.

Al salir del aula con mucha más claridad pude darme cuenta de que mi ira y orgullo no me permitieron observar que había escogido dar mi clase sorpresa en la propia aula de la maldición y así pues me daba cuenta en ese instante quienes habían sido mis espectadores.

Unos pocos años después y justo cuando se cumplían 15 años de aquel hecho del que todos murmuraban, una alumna junto a un grupo de compañeros fue obligada a ver clases hasta altas horas de la noche; al salir, cerca de su casa fue abordada para robarla y la asesinaron.

¿Son hechos de la vida real que parecieron ficción? ¿O hechos de ficción que pudieron ocurrir en la vida real? No lo sé, la leyenda urbana aún existe y pueden ustedes preguntar y salir de sus dudas o si lo prefieren preguntar directamente a los alumnos invisibles.

Pero eso sí, tengan prudencia pues estoy seguro de que les darán respuesta.

Relatos de la Justicia está basada en las experiencias vividas por el autor durante el desempeño de su carrera en el ámbito judicial. Sus personajes y circunstancias han sido modificadas y adaptadas con un poco de ficción para su difusión en el Diario PRIMICIA.

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