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Relatos de la Justicia: Operación Caroní 2004

Un gran cargamento de droga era el objetivo de las autoridades.
sábado, 29 agosto 2020
Arte Helen Hernández | Se trata de uno de los casos más celebres en el país

En febrero 2004, recibí una llamada del que era el director nacional de Drogas del Ministerio Público, para decirme que me iba a contactar un mayor de la Guardia Nacional, con una muy importante misión y que no debía ser informada ni siquiera a mis superiores. Una vez dicho esto, colgó.

Desconfiado como siempre, decido indagar con uno de mis fieles amigos (y quien para mí era para ese momento la persona que más información manejaba dentro del Ministerio Público), citándolo en una panadería. Allí le pregunté si conocía al director de drogas del MP y me respondió: “La investigación de Drogas en Venezuela siempre la han manejado fantasmas”.

Esa frase me hizo entender que este tipo de investigaciones debían hacerse de la manera más discreta posible; pero sin confirmar la identidad de la persona que me llamó, era como empezar a correr con una sola pierna.

Me despedí de mi amigo para ir a mi casa y al salir del lugar, me saluda un hombre joven como de unos 32 años, delgado, alto, blanco, de contextura atlética, con un corte de cabello casi al rape y con un inconfundible acento caraqueño:

“Hola doctor Miguel ¿Cómo está? ¿Ya se comunicaron con usted?”, mientras me saludaba con un firme apretón de manos. Desconfiado, le respondo: “Perdón, pero ¿usted quién es?”.

Se rió y dijo: “Va a ser bueno trabajar con usted doctor, ya veo que no suelta prenda fácilmente”, e inmediatamente se identificó con su credencial como mayor de la Guardia Nacional.

“Necesitamos trabajar con usted una investigación de inteligencia por un delito de drogas, pero la estamos llevando de manera muy sigilosa por la cantidad de droga que pretendemos incautar, necesitamos dos órdenes de allanamiento urgentes para esta misma noche”, indicó.

“Pero si es por necesidad y urgencia el trámite lo podemos hacer hasta por vía telefónica”, le dije. A lo que respondió: “No doctor, queremos que esto sea impecable, le repito que es una gran cantidad el alijo que presumimos vamos a encontrar”.

“Ok yo se las consigo”, confirmé, a su vez le pedí que tenía que explicarme de qué trata el caso y me dijo que me llamarían para darme los detalles.
“No, no, no, yo no voy a seguir hablando con fantasmas, o me explica usted el caso o no hay órdenes de allanamiento”.

Aceptó y nos fuimos del lugar en una camioneta negra con ventanas polarizadas que esperaba fuera de la panadería y de la que salieron tres hombres vestidos de civil, pero con cortes de cabello tipo militar.

Llegamos a un sitio y me empezó a contar la situación, pero sentí ese cuento como frío, con pedazos faltantes, algunas inconsistencias; sin embargo, para los efectos de lo que me estaba pidiendo, con eso era suficiente para tramitarles la orden de allanamiento.

Al final de su historia y viendo mi incredulidad el mayor me dice: “Quédese tranquilo que está investigación la está llevando una Fiscalía Nacional en materia de drogas y su apoyo es para lo de las órdenes de allanamiento nada más, pero le pedimos que por favor esa información la maneje si es posible sólo usted y el juez”.

Apenas nos despedimos, llamé de inmediato al juez que estaba de guardia y me reuní con él en su despacho. Le expliqué de qué se trataba mi urgencia y en menos de una hora logré convencerlo y que me diera la orden de allanamiento.

Al salir del palacio, afuera estaba la camioneta negra con los cinco militares “que pasaba desapercibida” y de ella bajó el mayor y me pregunta si había conseguido lo solicitado y le respondí afirmativamente, a pesar de que me costó convencer al juez.

Le recalqué que, así como confiaron en mí, ahora lo hacía con él y que no quería problemas.

El hombre me pidió que me tranquilizara y que con esto iban a dar un golpe duro al narcotráfico. De hecho, me invitó a acompañarlos en el allanamiento y lo rechacé, porque “la experiencia me ha dejado claro que los problemas comienzan cuando el fiscal se cree policía y el policía se cree fiscal”. Nos despedimos.

A las tres de la mañana suena mi teléfono. Era el mayor. “Doctor allanamos el lugar, conseguimos algunos bienes que podemos relacionar porque dieron positivo en el narcotest, pero no estaba el botín”.

“Mayor qué pasó con la inteligencia entonces”, fue mi respuesta.
“Doctor, cálmese estamos en eso, la mercancía está en otro lado.

Aprehendimos a tres de los narcos y colaboraron con más información, pero necesitamos otra orden de allanamiento, ¿esa si podrá canalizarla por el procedimiento de necesidad y urgencia?”.
“Sí claro, pásame la ubicación”, le indiqué.

Al darme la ubicación, noté que el lugar donde iba a practicarse era jurisdicción del circuito de Ciudad Bolívar. Por fortuna llamé a un juez amigo de esa jurisdicción y para nuestra suerte, era el mismo quien estaba de guardia. Autorizó el allanamiento y de inmediato llamé al mayor para notificarle.

El hombre me dijo por teléfono que era probable que encontraran resistencia en el sitio. “Si no nos volvemos a ver, le pido que lleve esta investigación hasta el final y no confíe en nadie doctor” y me colgó.

Sus palabras me mantuvieron despierto esa noche, sentía angustia por el resultado, tan solo rogaba que todo saliera bien. Minutos antes de las 7:00 de la mañana recibo la llamada del mayor con una pésima recepción y mucho ruido de interferencia.

“LOS JODIMOS DR. SE LO DIJE, TREMENDO COÑAZO LE METIMOS A LOS NARCOS”, fue lo que apenas pudo comunicar el mayor antes de que se cortara la comunicación. Mi corazón se relajó y yo volví a respirar.

Casi una hora después me volvió a llamar y me pidió que nos reuniéramos en el comando. Nos vimos y me dio un fuerte abrazo y el parte de lo incautado.

En el primer allanamiento en un galpón ubicado en Los Pinos: 6 detenidos (4 de ellos colombianos, 1 chileno y 1 venezolano); 6 armas de fuego de alto calibre, 3 lanchas rápidas, cada una con 4 motores fuera de borda de 350cc, 1 miniyate y 1 vehículo marca Toyota y en la finca debajo de un chiquero donde criaban cochinos, 7.5 toneladas de cocaína de alta pureza.

Eso era motivo de celebración y antes de las 8:30 de la mañana estábamos brindando. 7.5 toneladas menos para el narcotráfico.

Al mediodía de ese día, llegó a la ciudad el fiscal nacional que llevaba el caso y del que yo no le acepté una llamada al mayor el día anterior y para sorpresa mía, era un gran amigo con el que una vez trabajé en los tribunales años atrás.

Felicitó al grupo y comenzó a inspeccionar lo incautado, de inmediato pasamos a la oficina del comandante y desde allí se giraron las instrucciones para que se constituyera el equipo de expertos encargados de realizarle las experticias químicas a la droga incautada.

El fiscal me indicó: “Bueno quien incauta verifica”, a la par de que sacaba un oficio de su maletín del director nacional antidrogas, donde me designaba como fiscal encargado del protocolo del análisis de la droga, es decir, aplicar el narcotest a 7.500 panelas de cocaína. Fueron cuatro días y sus noches.

Ahora en confianza, me dieron detalles de la investigación. El procedimiento comenzó por una incautación de una panela de cocaína a un jíbaro dominicano en Petare. Se le hizo el rastreo a las llamadas de su celular y había un número telefónico que se repetía mucho; se le pidió la información a la empresa telefónica y el número era de Puerto Ordaz.

Con colaboración del jíbaro dominicano, se estableció contacto con los narcos de acá y se les ubicó vía satelital conforme a la ubicación de sus celulares.
En esas lanchas rápidas halladas serían transportadas esas 7.5 toneladas y ese viaje lo hacían desde la desembocadura del Orinoco hasta el caribe mexicano en 24 horas.

La investigación fue totalmente venezolana, específicamente de la División Nacional Antidrogas de la GN, a pesar de que luego se dijo que participó la DEA.

Al terminar de supervisar el análisis de la droga, tras cuatro días de ardua labor, siendo casi las 3:00 de la mañana, el mayor me pidió el favor de dejarlo en el aeropuerto, pues su avión de regreso a Caracas salía a las 7:00 a.m.

Lo llevé, nos despedimos y tomé rumbo a mi hogar. Al ir conduciendo por la avenida me interceptan tres vehículos, uno de ellos fue el encargado de cerrarme el paso otro atrás y de tercero una camioneta que se detuvo detrás de este. Pensé: “Aquí fue”. Se me hizo un nudo en la garganta.

Del vehículo que me interceptó se bajó un solo sujeto y se acercó hasta mi vehículo, (tenía características de militar también, aunque vestía de civil).

A la par vi bajar al conductor de ese vehículo exhibiendo un fusil. Me pide que baje el vidrio y contra toda prudencia bajé solo la mitad de vidrio (como si eso fuera a repeler un tiro de fusil) y también con un inconfundible acento, pero esta vez andino me dice: “Qué pasó doctor está asustado, no se preocupe que aquí estamos pura gente buena”.

Yo le respondo: “La gente buena no usa fusiles” y él me responde: “No doctor, eso es para los enemigos y creemos que usted y nosotros podemos ser amigos”.

En eso se acerca más a la ventana y se agacha y me dice: “Mire, yo no le voy a hacer perder tiempo ¿usted puede ayudar a esa gente? Mire que mis jefes son personas muy bien agradecidas”.

Lo interrumpí y le dije: “Hermano yo no sé quién es usted, ni qué quiere y me puede matar aquí y aun así esas siete toneladas no se van a desaparecer, además mi trabajo solo fue analizarlas, los encargados de la investigación son otros”.

“¿Así es la cosa doctor?”. “Si así es”, respondí.

Él se volteó y le dijo al acompañante armado: “Este no es, este es otro”. En eso se volteó nuevamente hacia mí y me dice: “Tranquilo entonces doctor, vaya con Dios”. Se regresó hasta el vehículo, se montó y arrancaron los tres carros.

Aún estacionado, sereno, pero con los nervios crispados pude ver el tercer vehículo, que resultó ser la camioneta “que pasaba desapercibida”. En ese instante como una voz en off en mi cerebro escuché la advertencia del mayor por teléfono: “Si no nos llegamos a ver más, continúe con la investigación hasta el final y no confíe en nadie doctor”.

Duré como 20 min estacionado pensando cualquier cantidad de cosas, mi familia, sobre todo. Pero pensé y me pregunté: “¿Voy a dejar que estos delincuentes ganen?”.

En eso se me ocurrió llamar a mi amigo el fiscal nacional que todavía estaba en la zona y me dice para vernos. Llegó al lugar donde me encontraba y le conté con detalles lo sucedido y me pregunta: “¿Cómo eran los tipos?”. Y le dije en voz baja: “Puedo describirte solo a dos, pero esos tipos son militares que te lo digo yo, andaban con una camioneta en la que andaba el mayor”.

Él me dice también en voz baja: “Si yo lo sé, hay un capitán involucrado, lo más seguro es que anduviera con ellos”.

Me escoltó hasta mi casa y me dijo que solicitaría protección. Estuve dos días refugiado sin salir de mi hogar por recomendación de seguridad, tiempo suficiente para que ubicaran y detuvieran al supuesto capitán, el cual luego aparentemente era un agente encubierto de la DEA trabajando bajo autorización, pero no podía ser expuesto por razones obvias.

Sin embargo, aquella actitud al momento de interceptarme decía otra cosa distinta de él. Fue aprehendido, junto con dos personas más involucradas, siendo uno de los juicios más emblemáticos del Estado en la lucha contra el narcotráfico.

Yo pude recuperar la normalidad en mi vida y desde ahí sigo con el mejor escolta y la mejor empresa de seguridad personal y familiar: La protección de Dios.

Relatos de la Justicia está basada en las experiencias vividas por el autor durante el desempeño de su carrera en el ámbito judicial. Sus personajes y circunstancias han sido modificadas y adaptadas con un poco de ficción para su difusión en el Diario PRIMICIA.

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