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Hacedor de Santos: Las animas tintineantes

Todos los años tras recoger la cosecha de ajo y tener listos los paquetes de panela para llevarlos al mercado de Pregonero, llegaban los amigos de lo ajeno a visitarlo.
domingo, 04 abril 2021
Cortesía | Entre sonrisas y muñecas de trapo volvió a su cama para morir

Don Luis Zambrano era uno de los pocos que pasaba unos días por acá. En una de esas me pidió que le hiciera el favor de rezarle su casa y sus tierras, porque se habían convertido en hogar de ladrones.

Recién había construido un gigantesco molino, movido por el agua de un riachuelo, que producía luz por arte de su ingenio y extraía jugo a la caña de azúcar para hacer panelas.

Todos los años tras recoger la cosecha de ajo y tener listos los paquetes de panela para llevarlos al mercado de Pregonero, llegaban los amigos de lo ajeno a visitarlo.

Por esa causa pasé varias noches rezándole sus tierras y al amanecer cubría de velas los linderos, rezaba para que fueran, malditos todos, aquellos que traspasaran esos límites con malas intenciones.

Volvía cada tanto a reforzar esas redes espirituales, hasta que nadie más se atrevió a cruzar sus linderos y pobre de aquellos que lo intentaron. No quisiera estar en su pellejo, al traspasar los maderos se les caería el cabello, tendrían fuertes calambres en sus piernas y una niebla oscura cubriría sus ojos por varios días.

Don Luís se alegró mucho al verse abandonado por los ladrones y para celebrarlo hizo una fiesta. Entre tragos de ponche y mistela me habló de los sacrificios de los primeros indios bailadores en los páramos y de su extraña forma de guerrear contoneando el cuerpo.

El inventor conocía de un terreno cerca de la casa del Gato Medina, donde había una casa abandonada en la que nadie se atrevía a vivir, y él sabía que deseaba dejar de vivir en el Páramo Mariño, y como era de hablar directo me dijo:

– Hay un rancho con un terrenito cerca de Bailadores, sus dueños tienen una deuda conmigo, voy hablar con ellos para que le den esa casa encantada. A ver si se amaña por aquí. Es lo menos que puedo hacer, por lo que usted ha hecho por mí. Es tiempo Don Eduardo, de que tenga un hogar y un fogón cerca de quienes lo queremos. Hasta cuándo va a estar viviendo entre tanta soledad, usted es un escultor de santos y rezandero, así lo tendremos de vecino para que nos proteja con sus imágenes, rezos y las curas que le enseñó hacer Doña Jovita de Barragán. No pude negarme a aceptar aquel favor. A pesar de quedar cerca el rancho de Bailadores, estaba algo alejado y podría tener la soledad que tanto me gusta para poder gritar, cantar, llorar y reír, sin que nadie molestara.

A sabiendas de que había estado varios años enclaustrado con los agustinos de Palmira, y que había sido amigo de la mejor curandera de los Andes, cuando alguien de las cercanías tenía algún mal, al que llamaban en Bailadores, era Don de “de la casa encantada”, otro de los tantos motes que he tenido. Con masajes, oraciones, miel y plantas le regresé la salud a muchos.

Por eso, cuando el aburrimiento me apretaba el corazón, salía por ahí a recorrer caminos desconocidos y al regresar en el potrero de la casa encontraba gallinas, becerros, huevos, panela, harina, quesos duros y leña; eran los obsequios de los vecinos, porque no aceptaba nada a cambio de las curaciones. No podía recibir nada por un don, que me había sido dado por la Virgen, para purgar mis pecados.

De caserío en caserío, y de pueblo en pueblo, se comenzó a regar que tenía las manos benditas. La señorita Betsabé Sánchez fue la primera que se atrevió a llegar a esta casa, nos conocimos de pequeños, de niña vendía dulces, iba de hogar en hogar con una bandeja sobre la cabeza gritando:

Aliados para la flojera y el amor.

Catalinas para el guarapo caliente, besos de coco para endulzar la vida…

La última vez que la vi llegó gritando, como cuando niña, pero no venía a ofrecer sus dulces, sino con el temor amarrado a la garganta. Porque su madre tenía meses que solo comía arepa y agua tibia con papelón. Vivía con una sonrisa entre labios y la mirada perdida, había hecho que su hija le llenara la cama de muñecas de trapo. Pasaba días entre juegos y charlas con sus amigas de tela. Para poder hablar con su madre, Betsabé tenía que disfrazarse de muñeca de trapo, porque Doña Esmirna había retornado a la niñez.

El párroco en varias ocasiones había venido a confesarla para prepararla para la muerte, hasta que al fin, cansado de hacerle la extremaunción, le dijo a Betsabé:

-Tu madre está en Estado de Gracia, vive en el Edén ¿No la oyes acaso reír todo el día? Hasta que un día se atrevió a buscarme, en ese momento la oía gritar:

– ¡Eduardo de la casa encantada!… Mamá te necesita.

Entró con la mudita que siempre la acompañaba, despeinada, con sweater al revés, y empezó a contar lo que le ocurría a Doña Esmirna. Cómo que la muchacha –le dije a Betsabé- no es tan tontita, esa sabe lo que pasa, si supiera hablar se lo dijera todo de una vez.

Los familiares de la vendedora de aliados y dulces de coco desde hace tres generaciones habían muerto en esa casa, sospeché que podían estar esas animas benditas molestas, y que cariñosamente conversaban con Doña Esmirna, quien las confundía con muñecas. Así, la abuelita pudo recuperar el tiempo perdido entre las ánimas de sus seres queridos.

Cuando entré a su cuarto, mientras reía la anciana y cambiaba de ropa a una de sus muñecas, vi la penumbra repleta de ánimas, quienes veían a la doña amorosamente. A sus pies había una lámpara abandonada y restos de aceite de estragón. Al ver eso le pregunte a Betsabé:

– ¿Perdone usted doña Sánchez pero, por qué dejó de rezarle a las animas benditas y apagó la luz de aceite?

– Sabe Eduardo, un día no más me cansé, entre tanto trabajo, y dejé eso. Ahora que me lo recuerdas, fue justo cuando abandoné los rezos a las benditas ánimas, cuando mamá enfermó. Desde ese día se enclaustró en esa cama entre las cobijas con todas las muñecas de trapo que guardaba en un viejo baúl y a pasar todo el día riendo. No pude nunca más sacarla de ese cuarto.

Betsabé, las ánimas encantaron a tu madre. Para que retornen a su sitio ordénales nueve misas en la iglesia del pueblo y hazles un rosario en este cuarto; verás cómo dejan a tu madre en paz. No se te vuelva a ocurrir dejar que se apague su lámpara, ni olvides sus oraciones por la noche. Esa es la única manera que de apaciguarlas, toda tu familia durante mucho tiempo ha ido muriendo en esta casa, sus recuerdos más queridos las atan a este lugar.

Para sorpresa de algunos en Bailadores, al terminar las misas y volver a orar Betsabé, junto al altar de las ánimas, Doña Esmirna salió entre risas de la cama, se bañó, se vistió, peinó su blanca cabellera y fue a visitar un día de noviembre por la tarde a sus familiares, como si nada hubiera ocurrido. Y a medida que cruzaba las colinas para ir a visitarlos, iba nombrando a cada una de las ánimas benditas para que la protegieran por el camino. Al terminar de nombrar a la última comenzaron a tintinear campanitas y desde ese día desaparecieron.

Al regresar a su casa, entrada la noche, pidió de comer y conversó con Betsabé hasta el amanecer. Entre sonrisas y muñecas de trapo volvió a su cama para morir. Desde la muerte de su madre, acostumbraba mientras pudo, venir en esa fecha a saludarme y regalarme un saco de café cosechado por sus hijos en las afueras de Bailadores, siempre venía con la mudita. La última vez que la vi, la tuve que mandar a tomar sangre de faro, porque se le cerraba el pecho con la llegada del frío y las lluvias.

Al salir de Alto Viento a Bailadores a vivir en la casa encantada, destrocé muchos troncos de cedro tratando de esculpir a nuestros padres: Adán y Eva. Intentaba crearlos sin el peso de la culpa y nunca he podido hacerlos sin esa mancha.

-¿Por qué se niegan a nacer de mis manos? Acaso no nacieron del barro y un soplo de Jehová. No seré Dios, pero tengo uno de sus dones la creación. Algún día, antes de morir los voy a labrar, aunque la madera se niegue, no los haré con la mirada torva y el rostro avergonzado, sino inflamados de orgullo por vivir y amar. Los quiero como macho y hembra, niño y hombre, y no escindidos en dos naturalezas en pugna, como las que luchan en mi corazón. Al menos habitarán en esta Acrópolis, en este templo de las artes. Cuando tallé al segundo Adán, Jesús en una Piedad, su cuerpo parecía disolverse en la madera, se escurría de los brazos de su madre, pero nunca pude labrarlo resucitado. Con estas palabras en la boca, me dejé vencer por el sueño y los pensamientos se continuaron tejiendo entre penumbras y resplandores:

“Eduardo, la cruz que son todos mis hijos y sus almas se encuentra cubierta de espinas, mi cuerpo se disuelve en la tierra como barro y se niega a resucitar entre tanta impiedad. Por eso, mi forma se escurre de las manos de María y se disuelve en la madera, tal como me labraste. Cristo está cansado de ver tanto desamor del padre a la madre, del hijo al padre, de la humanidad a la tierra, a veces siento no poder resistir tantos pecados. Y me pregunto en vano: ¿Hasta cuándo?, ¿hasta cuándo seguirán hiriéndose, esclavizándose y matándose unos a otros? Es un trago amargo poder contemplar esos actos.

A veces creo que estoy en el infierno, y que Mani y Zoroastro tuvieron razón cuando revelaron que la creación fue hecha por Satán, por el espíritu de la mentira, quien nos engañó a todos atrapándonos en la materia para esclavizar nuestro espíritu”.

Desperté con el corazón en la boca; no pude soportar la cantidad de disparates que salían de la boca del Cristo, ese que palpita y vive dentro de mí. Desperté de manera brusca entre sudor, gritos y una tenaz tos y oscuras nubes, la casa estaba llena de humo debido a unos troncos de sauce y laurel que había puesto en el fogón. Salí corriendo entre sueños del rancho y no pude ver nada debido a la espesura de la niebla; arrodillado oré a Cristo y no me atreví a dormir esa noche. Saqué una silla para recostarla sobre una de las paredes del rancho y pasé la noche jugueteando con roncadora y sus crías: eran perritos azabaches como ella, pero tenían las puntas de las orejas rojas y blancas. Les decía: “ojalá fueran igual de bravos que su madre, si no, los alimentaré a punta de papelón”.

Cómo se parecían a los perritos que tuve en la quebrada de San José, cerca de La Grita, cuando nacieron quería verlos, pero mamá tenía la llave del portón de la casa, así que la desperté y le dije:

– Mamá será que soñé con unos perritos ladrando -a lo que me respondió-, este mico no cambia nunca. De pronto mamá comenzó a oír a la perra y a los perritos ladrando, y gritando dijo:

– Tu como que no soñaste, toma las llaves y ve a meter a la perra recién parida con los cuzcos.

Con estas ideaciones me debatía al terminar la subida de Bodoque, donde tengo un calamitoso rancho. Cuando la vejez nos alcanza cada paso se convierte en un suplicio. De niño hubiera subido esta trocha corriendo, pero ahora ando con este bastón el tercer pie de la vejez, como Fray Bernardo la última vez que lo vi.

A veces me pregunto: ¿Qué habrá sido de él?

Nací, crecí entre estos páramos, solo he ido una vez a Caracas, y solo anticristos vi en un gran teatro, y qué homenajeándome. No abri la boca ni para estornudar. Del terror que les tenía, eran pura mentira y mentira.

He vivido creando santos y vírgenes; he labrado a lo largo de la vida centenares. Sólo espero que anden por ahí en buenas manos, porque gracias a ellos he podido vivir y darle un sentido a mi vida.

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