Sucesos

Relatos de la Justicia: Situación de rehenes

Cristóbal Rivas, vaya esta anécdota como la última que recuerdo haber ejecutado bajo su protección y como un respetuoso reconocimiento a la abnegada labor que desempeñó en vida a lo largo de su carrera.
sábado, 24 octubre 2020
Helen Hernández | La trama de la historia se complicó

Hoy les contaré un episodio que para mí significó una verdadera vergüenza, por la forma de proceder de alguien que se supone debía ser un defensor de la Ley a ultranza.

Eran cerca de las 10:00 de la noche, me disponía ya a ver los últimos minutos de una serie que veía todas las noches de los lunes, pero ese día el episodio quedaría a la mitad.

La llamada entró a mi celular y esta vez mi jefe no se detuvo siquiera en la cortesía.

Fue directo al asunto, como eran algunas ocasiones sus órdenes, me dijo: “No quiero actos heroicos, a fin de cuentas, estos no son reconocidos por el Derecho, por eso te llamo a ti. Se presentó una situación de rehenes y los antisociales están pidiendo la presencia de un fiscal”.

“Buenas noches jefe, ¿cómo está? Sí, no hay problemas, yo puedo ir no se preocupe”, fue mi respuesta a la par de que ya metía la primera pierna en el pantalón para vestirme y acudir al lugar.

Aun en la línea telefónica y luego de disculparse por sus formas poco gentiles, me dice: “Una vez más confío en tu serenidad, no quiero protagonismo más que la noticia que se entregaron los antisociales sin bajas que lamentar, coordina el apoyo con el jefe de la Delegación, ya él está al tanto”. Colgó sin más.

Mientras ataba mis zapatos, de seguidas llamé a Cristóbal, jefe del Grupo de operaciones tácticas U.R.I (Unidad de Respuesta Inmediata del Cicpc), ya que situación de rehenes se combate con acciones tácticas y especiales. Así lo dice el librito, yo no.

Aún recuerdo el curioso entre tono que había escogido el inspector para su número: la canción de “Llamada de emergencia de Daddy Yankee”.

Me contesta y lo primero que se me ocurre es decirle: “Hermano, con esa rumba que tienes lo que provoca es tomarse un güisqui”.

Nos carcajeamos los dos y me responde: “Bueno Dr., rumba ya hay y es en Vista Al Sol, ya vamos en la vía, ¿usted es el fiscal comisionado?”.

Le digo, “claro, quién crees es el más afortunado”. Él se ríe y me pregunta: “¿Doctor, lo esperamos o procedemos de una vez?”.

Le respondo: “Disponga usted de las cámaras que yo llego con el whisky”. Nos volvemos a reír y colgamos ambos.

Al cabo de unos minutos una patrulla del Cicpc me esperaba en la parte de abajo del edificio donde vivía, la abordé, saludé a todos y me dice uno de los oficiales: “Doctor, la situación es la siguiente, hubo una persecución de unos presuntos traficantes por parte de dos funcionarios de la policía del estado que los investigaba por delitos de droga.

Al llegar a la residencia de los antisociales, se produjo un enfrentamiento, uno de los funcionarios resultó herido, pero fue retenido por los delincuentes en el lugar y lo tienen de rehén, así que tenemos una situación de rehén con funcionario herido”.

Ante este inminente parte policial le pido al conductor que tome el rumbo más rápido hacia el lugar.

En el trayecto recordé vívidamente un curso que años atrás tomé en Caracas, dictado por uno de los más reconocidos expertos en materia de negociación de secuestros y rehenes.

Y pude casi oír aquella frase lapidaria que le escuché a aquel experto: “Cuando hay una situación de rehenes, el táctico debe hacerse la idea de que todos los rehenes están muertos y su misión es volverlos a la vida, así de delicada es una operación especial”.

Esa frase me hizo pedir por la vida de los inocentes que pudieran quedar en la línea de fuego.

De inmediato escuché por el radio de la patrulla que habían abortado la operación de extracción porque presenciaron niños dentro de la vivienda. Eso complicaba aún más lo complicado.

Llegamos y apenas me bajé de la patrulla Cristóbal me abordó y me dijo: “No pudimos Doctor, había niños, nos toca por las buenas”.

Me dio el parte: cinco delincuentes, el funcionario herido, cuatro femeninas, cinco niños y un elemento masculino sin identificar, todos dentro de la vivienda.

Habían conversado con el que tenía el control adentro, estaba armado. Mostró al funcionario y dijo que tenía una herida en la pierna derecha por arma de fuego, le hicieron un torniquete, pero seguía sangrando. Este pidió la presencia de un fiscal.

Dicho esto, Cristóbal me facilita un chaleco kevlar y me dice: “Cuando usted diga Doctor lo seguimos de lejos, pero con el ojo cerca”, mostrándome la mira telescópica del rifle de asalto.

Pero antes de entrar se asomó desde adentro el elemento masculino sin identificar; apenas salió todos los reflectores de las patrullas lo apuntaron.

Era un hombre alto, de aproximadamente 1.80 de estatura, tez trigueña, con bigotes, de unos 55 años aproximadamente, vestía un traje negro, camisa blanca y corbata desanudada vino tinto y con inconfundibles signos de ebriedad.

Apenas salió levantó los brazos, abrió su chaqueta y se la quitó ante las exigencias del jefe del grupo táctico que ya lo tenía fijado junto a otros más en sus miras.

Este se arrodilló y dijo entre etílicas muecas: “Soy Juez de la República”. Hizo gestos de pedir permiso y lentamente se introdujo su mano derecha en el bolsillo trasero derecho de su pantalón, sacando lo que parecía a la distancia una credencial.

La mostró como pudo y de inmediato dos tácticos se acercaron a él, lo colocaron de boca al piso y lo esposaron. Al incorporarlo por sus brazos gritó en su etílico dialecto: “YO SOY JUEZ DE LA REPÚBLICA Y USTEDES NO ME PUEDEN METER PRESO”, a la par de que exigía que le quitaran las esposas y que lo escoltaran más bien a su camioneta que estaba aparcada en la vía contigua a la casa.

Manifestó que se encontraba dentro de la vivienda porque vio la situación y pensó en servir de mediador antes de la llegada de la comisión policial.

En ese ínterin y mientras sucedía el bochornoso espectáculo, un vecino del lugar me llamó aparte y me dijo: “Doctor, ese señor es uno de los que viene a comprar droga siempre a esa casa; él siempre dice que es juez, ese no estaba mediando nada, él es marido de una de las que vende droga en esa casa.

Estaba ahí hoy desde temprano y a veces se emborracha y comienza a disparar al aire. Siempre anda armado”.

Al decirme esto llamo a Cristóbal y le digo búscate dos testigos y abre la camioneta.

Así lo hizo y conforme lo dicta la Ley inspeccionaron el vehículo, encontrando un arma de fuego calibre 9, nueve envoltorios de presunta sustancia alcaloide (crack) y documentos varios, entre los que destacaba un Oficio de la Dirección Ejecutiva de la Magistratura donde le informaban su suspensión del cargo de juez laboral, por procedimiento administrativo disciplinario.

Una vez hecha la inspección, nos dirigimos donde se encontraba el beodo personaje y Cristóbal me ve y le digo: “procede, sea juez o no está cometiendo delito”.

Se dirigió hasta él y se le escuchó repetir: “Yo soy juez y no me puedes meter preso”. Y Cristóbal le dijo: “Yo soy el jefe de la comisión y usted va detenido por ocultamiento de sustancias ilícitas, ocultamiento de arma de guerra y actos impropios contra la administración de Justicia”.

De inmediato lo trasladó hasta la patrulla, mientras me dirigía a la residencia.

Al llegar a la puerta, la cara de susto del antisocial no era normal y con su palidez me pregunta balbuceante: “¿Qué pasó con el juez? Él nos iba a conseguir un vehículo”.

Yo lo veo completamente y me percató que está desarmado y al fondo pude ver al policía herido y le digo: “Mire hermano, creo que ha visto mucha película. A usted se le muere ese policía aquí y no va a quedar nadie quien eche el cuento; mi presencia en este momento y en este lugar es para garantizar su vida. Si yo me regreso sin resultados, el grupo táctico le tocará hacer su trabajo”.

Y recordé las frases de aquel experto llamado Iván Simonovis y le dije: “Ustedes están muertos, mi misión es regresarlos a la vida; pero si me voy con las manos vacías, ustedes seguirán con su condición de muertos”.

No hubo chance de que el delincuente reaccionara y desde el fondo de la casa se oyó una voz masculina y nerviosa que le gritó: “¿Tú eres marico Julián? Yo prefiero salir preso que muerto”.

De inmediato comenzaron a salir poco a poco todos los ocupantes de la vivienda con las manos en la cabeza, siendo neutralizados por el equipo táctico esposándolos uno a uno; ingresaron también el equipo paramédico y le dieron los primeros auxilios al oficial herido.

Se inspeccionó la vivienda e incautaron en su interior varias armas de fuego y sustancias ilícitas varias.

Cuatro de los cinco detenidos tenían expedientes por drogas y por robo, el flamante “juez de la república de la piedra” tenía un expediente reciente por drogas, que luego en investigaciones supimos que fue el motivo por el cual fue suspendido de su cargo. Luego de este episodio fue inminente su destitución.

Todos fueron procesados, enjuiciados y condenados por diversos delitos.
Varios años después y luego de innumerables operaciones exitosas a cargo de la Unidad de Respuesta Inmediata, en el ejercicio de su rol de auxiliar de la Administración de Justicia, mi buen amigo el inspector jefe Cristóbal Rivas, cayó víctima de un antisocial que pretendió robarle su arma orgánica.

Vaya esta anécdota como la última que recuerdo haber ejecutado bajo su protección y como un respetuoso reconocimiento a la abnegada labor que desempeñó en vida a lo largo de su carrera.

Quedó pendiente el güisqui, queda también la “Llamada de Emergencia” como melodía que lo trae a mi memoria de manera inmediata cada vez que la escucho. Espero verlo a mi tiempo en el cielo de los justos.

Relatos de la Justicia está basada en las experiencias vividas por el autor durante el desempeño de su carrera en el ámbito judicial. Sus personajes y circunstancias han sido modificadas y adaptadas con un poco de ficción para su difusión en el Diario PRIMICIA.

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