Sucesos

Relatos de la Justicia: Saludo vespertino

“Entiendo que usted es Fiscal, mi nombre es Marcos y necesito que me ayude a hacer justicia”.
sábado, 19 septiembre 2020
Helen Hernández | La casa tenía un gran jardín

Verlo parado frente a la puerta de su casa era ya una costumbre cotidiana. Cada tarde cuando regresaba del trabajo lo veía ahí, recostado en lo que entendía era el muro que flanqueaba y protegía la que creía yo era su casa.

Varias veces lo observé ahí mientras la puerta de entrada a su vivienda permanecía entreabierta.

De aspecto casi andrajoso, ropas casi al extremo de su existencia, cabello algo grasoso que acusaban desaseo me hacían suponer que su nivel y condiciones de vida no eran lo suficientemente buenas.

Una que otra vez vi a su lado a una señora de tercera edad, las veces que le vi la notaba esquiva con mi llegada; aquella dinámica me hizo suponer que era su madre aparte de la evidente diferencia de edad, aunque el aspecto siempre andrajoso me llevaba a intuir que seguramente aparentaba mucha más edad de la que seguramente tenía.

No así la señora, las pocas veces que la veía se notaba su cuido personal no obstante a su naturaleza humilde.

La entrada a la urbanización donde yo vivía para la época daba justo frente a aquella casa rodeada de gardenias, hortensias, clavellinas, ixoras, helechos y un sinfín de especies todas muy bien cuidadas.

Ese bosque cercado por aquel muro de bloque calado era el espaldero de aquella famélica figura que siempre me recibía todas las tardes al parar mi vehículo y esperar que el pesado portón de mi urbanización culminara su perezosa faena de abrir.

Su saludo era un ritual: se encorvaba como queriéndose esconder entre sus hombros, levantaba su pálido brazo derecho y con su cadavérica mano desplegaba un saludo con tal parsimonia que fácilmente podía cronometrarse.

Su rictus facial podía verlo como se transformaba de una seriedad de ultratumba, a un proyecto de sonrisa inacabado; el sutil arqueo de su mejilla derecha hacia arriba junto con la semicurva de sus labios y el leve descenso de sus párpados superiores, me hacían entender que de cierta manera mi presencia le agradaba y en respuesta a ese agrado, se esforzaba en saludar y en dibujar aquella inusitada sonrisa en su rostro de publicidad de funeraria.

Esa escena la vi repetirse ciento de veces, en ocasiones logró pasar inadvertido a mi mirada producto de mi descuido y ya dentro de la urbanización lo pude ver por el retrovisor con su manita levantada aun con su proyecto de sonrisa.

La descortesía nunca ha sido mi impronta y cuando aquello sucedía, raudamente abría mi ventanilla y sacaba mi mano sacudiéndola eufóricamente para devolverle el gesto con un plus de entusiasmo por mi descuido, continuando mi rumbo sólo al percatarme que su sonrisa se ampliaba como señal que había visto mi saludo.

No tenía ni idea de cuál era su nombre, a qué se dedicaba o si tenía algún oficio; sólo sé que ya era mi amigo del saludo vespertino, para él mi saludo también se había convertido en una suerte de aliciente para su evidente tristeza.

En más de una ocasión lo vi desde lejos antes de que advirtiera mi llegada y su rostro transmitía una inocultable pena, de esas que vienen del alma, de las que sólo pueden curarse con comprensión y afecto, por eso me esmeré en ser más solícito al momento de dispensarle el saludo, quizás estaría esperándome por horas para iluminar su rostro con esa sonrisa que para mí parecía tosca, pero que para él probablemente sería su más sincera manifestación de agrado.

Recuerdo que aconteció en una tarde languidecida por la tenue lluvia que intermitentemente caía, cuando el ritual del saludo rompió su propio protocolo.

Antes de llegar al portón reduje la velocidad de mi vehículo y bajé la ventanilla para saludarle como bien ya se lo merecía, pero esa vez el saludo fue distinto, por primera vez mis ojos lo vieron despegarse de aquel muro que contenía las gardenias y caminar en dirección a su encuentro conmigo.

Esa vez no hubo parsimonia en su saludo, con una energía inusitada se tornó totalmente ágil y me alcanzó justo en el entronque entre la vía y el portón de entrada a mi urbanización.

Me detuve totalmente y me dispuse a saludarle con mayor energía y entusiasmo, pero mi enigmático amigo se adelantó a mi efusividad y con una voz metálica y algo carrasposa me saludó: “Hola como está”, yo como pude apresuré un: “Yo muy bien y usted como está”.

Y mi discurso que ya mentalmente había improvisado para finalmente conocer a mi amigo vespertino, se vio interrumpido con el diálogo que sin cortapisas inició:

– Disculpe que lo moleste, pero necesito pedirle un favor si está a su alcance.
Dada su condición y la pésima costumbre que tenemos de etiquetar a las personas a priori, me hicieron suponer que de alguna ayuda económica o alimentaria se trataba, pero inmediatamente me cuestioné el hecho y con mi mejor semblante le respondí:

– Por supuesto, dígame en que puedo serle útil mi señor.

Pero un aumento importante en el calibre de las gotas de lluvia, tornó de inmediato en incómoda la conversación; lo invité a que se subiera al vehículo y evitar que se mojara pero con un escurridizo: “No se preocupe, mejor hablamos mañana con un mejor clima, de todos modos no es gran cosa lo que le voy a pedir”, se regresó a su muro haciéndome señas con las manos a través de la cortina de lluvia que ahora a borbotones nos separaba, que lo conversábamos luego, no dejándome otra alternativa su huida.

La torrencial lluvia y la subida necesaria de mi ventanilla, expresé con una mueca de mi boca y pulgares arriba un sordo pero gesticulado: “OK”.

Estoy seguro de que mi enigmático amigo jamás sabría de mi trastorno de ansiedad, saberlo no me habría dejado con esa asfixiante angustia del “hablamos después” que sufrimos los ansiosos.

Apenas dejó de llover salí de mi casa y fui hasta la del misterioso amigo. La oscuridad de la noche y la humedad de la lluvia, dieron paso a la obertura con la que fui recibido, interpretada por los sapitos ocultos en aquel bosque tras el muro.

Busqué algún timbre o alguna forma de llamar a los ocupantes de aquella sombría morada, pero la inexistencia de tan siquiera un foco de luz me hizo entender que mi misión fracasaría, por unos 15 minutos mis alaridos de “Bueeenaaas” no dieron fruto, por lo que tuve que regresar con la duda taladrante, duda que por supuesto no me dejaría dormir.

Al día siguiente, a mi salida a trabajar volví a insistir, pero una vez más fue infructífera mi misión, la misma casa inanimada de la noche anterior se mostraba frente a mí, con la única diferencia que ahora lucía iluminada con los fuertes rayos de sol. Una típica llamada de algo “urgente” me hizo abandonar la idea de preguntar a algún vecino.

Para colmo de males desde ese episodio pasaron varios días y el misterioso amigo no estuvo ahí para su ritual del saludo, mi ansiedad pasó a niveles nunca antes vistos, transformándose ahora más bien en una necesidad insoslayable de saber.

Al cabo de una semana volví a ver al enigma vespertino, con su sonrisa de medio lado y su nacarada mano volviendo a saludarme, aceleré el vehículo apresurando el encuentro y acabar de una vez con el monstruo de mi ansiedad.

Apenas me detuve se acercó, su rostro se transformó a una seriedad nunca antes vista en él, sin saludar me abordó intempestivamente y sin permitir siquiera lo saludara me dijo:

– Entiendo que usted es Fiscal, mi nombre es Marcos y necesito que me ayude a hacer justicia… Francisco González, ese es el nombre del asesino que sigue suelto, puede usted ayudarme a llevarlo ante la Ley.

Casi tartamudeando le respondí:

– Por supuesto, pero necesito más detalles.

Y casi sin dejarme dar más argumentos me respondió: “En Tribunales ya saben de él y de su crimen”, transformando su rostro en un rictus que denotaba su ánimo pesaroso.

“Pero insisto, deseo ayudarlo, pero no es así tan sencillo necesito sentarme con usted y que me dé más detalles”, le contesté de manera cortés pero enfáticamente.

“No, usted realmente no desea ayudarme”, me dijo sin oportunidad de refutarle, dándome la espalda y retirándose hacia su habitual muro ahora con evidente cara de molesto.

Pensé hacia mis adentros y me dije: “En su locura no me va a llevar por delante”. Continué mi camino viéndolo ensimismarse por el retrovisor.

Al día siguiente al volver a casa lo vi nuevamente en su muro, esta vez no hubo sonrisa, ni saludo ni gesto de agrado, sólo sus ojos negros se postraron a mirarme con un dejo de rabia y pena.

Desvié la mirada y con algo de remordimiento quise expresarle que mi deseo de ayudarle seguía intacto, que sólo debía darme más detalles, pero cuando volteé para expresárselo ya no estaba.

Los días siguientes la escena fue parecida, sólo que al apenas verme a lo lejos desaparecía, imagino que para evitarme, pero en el fondo me pesaba no saber cómo ayudarlo con tan pocos elementos y con su reticencia a dármelos.

Uno de esos buenos días con carga ligera de trabajo, me dispuse a buscar las pistas que me llevaran a algo tangible de aquel inusitado favor, que aunque no me comprometí a hacer, me carcomía por dentro ver aquel rostro todas las tardes en demanda de él.

Me trasladé a los tribunales y comencé a buscar tribunal por tribunal en sus libros índices, uno a uno algún expediente que tuviera como acusado a alguien que llevara el nombre de Francisco González, jamás imaginé qué tan común podía ser ese nombre, pasé horas buscando en un millar de expedientes entre los distintos tribunales, cuyo nombre se repetía tanto como granos de arroz hay en un saco.

Ya casi para abandonar la nada sencilla tarea, hallé un expediente que me podría dar más pistas sobre lo que estaba buscando, el nombre del acusado coincidía y la víctima llevaba por nombre Marcos, Marcos Aguinagalde para ser más específico.

Al adentrarme en la revisión pude percatarme que se trataba de un homicidio ocurrido una buena cantidad de años atrás; sobre el acusado se había librado una orden de aprehensión que nunca se materializó.

Su víctima Marcos Aguinagalde, intuí que se trataba del hijo de mi enigmático amigo y de allí radicaba la rabia, el pesar y hasta lo descuidado de su apariencia. La muerte de un hijo es algo que estoy seguro nunca se supera.

Observé que la orden de aprehensión tenía muchos años de emitida, por eso decidí darle impulso, pidiéndole al tribunal emitiera nuevamente la orden y llevándola a los cuerpos policiales para que se reiniciara la búsqueda del homicida.

Esa noche regresé tarde a casa y esperaba encontrarme con mi enigmático amigo, para darle la buena nueva del avance significativo que había logrado a pesar de la poca información que me suministró. Pero no estuvo esa noche en su habitual muro.

Al día siguiente intenté ubicarlo, pregunté a un vecino que hablaba por teléfono y apenas me hizo señas con las manos de que no había nadie, por lo que decidí esperar a verlo nuevamente y en algún momento avisarle.

Pero no lo volví a ver más en su habitual muro, hubo días que regresaba relativamente temprano a casa y esperaba encontrarlo, pero mi deseo no se cumplía.

Al cabo de unos meses me informaron de la captura del homicida. Por compromisos laborales no pude ser yo quien lo procesara; sin embargo, le pedí al fiscal encargado de procesarlo que me mantuviera al tanto del caso.

Al finalizar la audiencia el fiscal amigo me llamó para darme la buena noticia de que el homicida fue privado formalmente de su libertad, luego de tantos años evadiendo la justicia.

Esa noticia definitivamente debía comunicársela a mi enigmático amigo, con ello vería reivindicado mi compromiso y estoy seguro que eso le confortaría, por eso me propuse sí y porque sí ubicar la forma de hacerlo.

Esa noche no pude llegar más temprano a casa; no obstante, cuando llegué noté que la casa del misterioso amigo estaba totalmente iluminada por faros de luces perfectamente dispuestos entre las clavellinas, las gardenias y las otras hermosas especies.

No había visto en años un jardín tan reluciente como aquél, que producto de la oscuridad que padecía escondía entre penumbras su exuberante belleza.

Me bajé del vehículo y me acerqué a la casa, toqué el timbre y por primera vez lo escuché al fondo dentro de la humilde vivienda; esperaba ver a mi amigo salir para darle la excelente noticia, pero desde la puerta de pesada madera emergió la señora que en ocasiones vi al frente de la casa.

Con cara risueña me dio las buenas noches y como si hubiera tenido mucha alegría contenida me dijo: “Dios mío ya se me había olvidado lo bonito que era mi jardín en esa oscuridad”.

“Es el más bonito que he visto en años mi señora”, respondí de manera expresiva para ayudarme a romper el hielo.

“Bueno es que extrañamente y sin aviso después de años sin servicio por una avería, de manera inesperada hoy volvió la luz”, contestó y con alegres maneras me invitó a pasar y me pidió que me sentara en uno de los bancos ornamentales que adornaban aquel perfumado jardín.

Tomé asiento y sin esperar a siquiera presentarme le pregunté: ¿Y dónde está el señor Marcos porque le tengo buenas noticias?

Su rostro se desdibujó y sólo atinó a preguntarme: ¿Marcos?

En mi entusiasmo por comunicarle la noticia no escatimé en esperar a que apareciera Marcos y ahí mismo anuncié:

“Verá mi señora, meses atrás el señor Marcos me pidió el favor que lo ayudara a buscar al asesino de su hijo y finalmente hoy logramos detenerlo después de años evadiendo a la Justicia”.

El rostro amable y risueño de aquella dulce anciana con el que me había invitado a entrar a su hogar, se transfiguró de inmediato pasando a mostrar un rostro lleno de incertidumbre e incredulidad, del cual con una lágrima rodando por uno de sus cándidos ojos me dijo temblorosa:

“Marcos no tuvo hijos señor, Marcos es mi hijo y usted no pudo hablar con él hace meses, ni podrá hablar con él ahora, porque a él me lo mataron hace 10 años en ese muro que usted ve al frente de la casa”.

Relatos de la Justicia está basada en las experiencias vividas por el autor durante el desempeño de su carrera en el ámbito judicial. Sus personajes y circunstancias han sido modificadas y adaptadas con un poco de ficción para su difusión en el Diario PRIMICIA.

 

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