Sucesos

Relatos de la Justicia: Lo liberó «la Chinita»

Este caso estuvo plagado de irregularidades, componendas, corrupción y un sinfín de situaciones que buscaban mantener silenciada una verdad incómoda, que solo un abogado foráneo podía ser capaz de denunciar.
sábado, 21 noviembre 2020
Helen Hernández | En la cárcel conoció la devoción a la Chinita

Era un día particularmente lluvioso, por más que procuré salir lo más temprano que pude para no mojarme, no evité darme mi buena remojada en el trayecto entre mi vehículo y la oficina.

Lo bueno es que al llegar, aún con vestigios de petricor, ya me esperaba esa reconfortante taza de café humeante, que mi buena secretaria tenía siempre dispuesto cuando me recibía todas las mañanas.

Apenas me senté a revisar los pendientes, las noticias en la red y a disfrutar de mi energizante café, recibí una llamada a mi celular de un número no registrado.

Dejé repicar hasta el final sin contestar, siguiendo la conseja de un viejo amigo y colega que recomendaba no contestar llamadas de números que no tengamos registrados, ya que por mala fortuna y por la poca seguridad jurídica reinante tuvo a mal hacerlo un día y terminó tras las rejas al resultar vinculado a un secuestro, a pesar de demostrar que tal llamada la hizo ciertamente el jefe de la banda de secuestradores, quien lo contactó precisamente para contratar sus servicios, en vista del deseo de este de entregarse a las autoridades.

A los pocos segundos volvió a repicar mi celular anunciando la llamada desde el mismo número; aplicando la misma fórmula, pero esta vez al finalizar el repique entró un mensaje de texto que decía: «ES CARMELO, TU COMPAÑERO DE LA UNIVERSIDAD. NECESITO COMUNICARME CONTIGO URGENTE».

Mi mente me llevó de inmediato a ubicar en tiempo y espacio a mi impaciente interlocutor.

¡Carmelo! De inmediato volvieron a mí las imágenes de todo cuanto fue la vida universitaria, en especial todos los momentos y vivencias en los que estuvo involucrado Carmelo, quien a pesar de que nunca supimos cómo se graduó por su constante espíritu festivo, tenía un don especial para encantarle a las personas. Era sin duda el alma de la fiesta.

Todas las imágenes me llevaron a devolver la llamada una vez cesaron en mi mente.

«¿QUÉ PASÓÓÓÓÓ CHIGÜIRIIIINN?», fue lo primero que le dije cuando al otro lado de la comunicación telefónica contestó Carmelo.

Era su grito de guerra, su distintivo, su marca personal y la pregunta que siempre hacía con su particular acento cada vez que saludaba a cada uno de sus compañeros de clase en la universidad.

«¡AQUÍ, CHIGÜIREANDO!», respondió Carmelo al otro lado del hilo telefónico, como también era la respuesta típica a su saludo en aquella época universitaria.

Luego de ponernos medianamente al día de los elementales personales de salud, lugar de ubicación, dedicación y hasta de estado civil, me comenta el motivo de su llamada.

Había ubicado mi número de teléfono a través de una colega que fue nuestra compañera de clases.

«Hermano, sé que eres penalista de los buenos y necesito tu ayuda. Tengo a un sobrino en una grave situación, lo metieron preso por un supuesto secuestro, pero te aseguro que ese chamo es inocente».

Fue el resumen de la situación por la que Chigüirin (así le decíamos en la universidad a Carmelo, por razones obvias) me pidió que recorriera casi 1000 kilómetros de distancia para asistir profesionalmente a su sobrino, que sería llevado injustamente detenido ante un tribunal para ser imputado por el delito de secuestro.

Completé la travesía que me llevó tomar un avión en una lluviosa y húmeda Puerto Ordaz hasta una solariega y sofocante Maiquetía, para luego tomar un taxi hasta el convulso Palacio de Justicia de Maracay, donde me esperaba Carmelo.

Luego del afectuoso abrazo me trasladó de manera rauda a la sala de audiencias en las que tuve que imponerme para que me permitieran ingresar y asistir a Johan, el inocente sobrino de Carmelo a quien prácticamente le habían negado la asistencia de un abogado de su confianza cuando este manifestó que su abogado venía en camino desde Puerto Ordaz.

Querían obligarlo a recibir la asistencia de un defensor público al que no pidió le asistiera. Primera de muchas violaciones a los derechos de Johan.

Luego de un primer «OUT» en la contienda con el juez, que de inmediato se volvió agrio conmigo al tener que revocar al defensor público y nombrarme a mí como defensor privado de Johan, vino el segundo «OUT» al negarme la suspensión, aunque fuere por unas horas, para imponerme de los hechos plasmados en el expediente, sobre los cuales le imputarían el grave delito de secuestro.

«Basado en la experiencia que me dijo tener, creo que debe estar capacitado para defender a alguien sin necesidad de suspender la audiencia», fue el bastardo argumento del juez antes de ordenar que pasáramos a la sala de audiencias para realizar el acto.

Demás está decir que el tercer «OUT» vino al final de la audiencia y con él cerró la entrada y el juego al decretársele la privación de la libertad a Johan, la cual recibió con sus ojos anegados de lágrimas.

Los hechos fueron simples: a Johan se le imputaba servir, según la versión policial, de chofer del vehículo en el que presuntamente se llevaron secuestrado a un presunto «empresario» de la ciudad.

Lo curioso del asunto es que el presunto plagiado nunca acudió ni a Fiscalía ni a Tribunales a rendir declaración como víctima, su única declaración la rindió ante la policía y era asombrosamente el único medio de prueba con el que contaba el fiscal para acusar a Johan como supuesto plagiario.

Y digo asombroso porque la supuesta víctima nunca describió ni detalló a sus plagiarios ni mucho menos declaró sobre algún indicio con el que pudiera relacionarse con los hechos a Johan.

La verdad del caso es que el supuesto «empresario» era un gran comerciante de estupefacientes de una populosa barriada de la ciudad de Maracay, quien se proveía de seguridad e información de un grupo de funcionarios corruptos, los cuales el día de los hechos fueron por él y se lo llevaron secuestrado para que les cancelara una deuda pendiente.

Esto según versiones de los detectives del Cicpc que durante las averiguaciones se percataron que el famoso «empresario víctima» era la misma persona que ellos indagaban por otros casos de drogas y al que le solicitaron orden de aprehensión en varias oportunidades, sin que el «diligente fiscal» las tramitara conforme a la Ley.

¿Pero dónde entra Johan en todo este asunto? Pues Johan fue la típica víctima de la famosa paradoja de «estar en el lugar y la hora equivocada».

Johan ese día le hacía unas encomiendas a su jefe, a bordo de la camioneta de reparto. Él era el todero del jefe que poseía una red de zapaterías en la ciudad.

El día del presunto plagio, en momentos en que Johan salía manejando la camioneta, lo embistió una patrulla de la policía que venía a exceso de velocidad y al bajarse del vehículo vio cómo llevaban esposado al «empresario», quien al mirarlo le gritó: «ME LLEVAN SECUESTRADO HERMANO, PIDE AYUDA».

Eso bastó y sobró para que los encargados de la «ley y el orden» lo hicieran preso y luego le inventaran el expediente, en el único caso de secuestro en el que nunca la víctima acudió a juicio, por la sencilla razón de que una vez saldó la deuda a los corruptos funcionarios, estos le dejaron en libertad. Pero necesitaban un culpable que limpiara las huellas de su delito.

Tres años me llevó demostrar la inocencia de Johan en uno de los más nefastos procesos judiciales que he enfrentado en mi carrera profesional.

Estuvo plagado de irregularidades, componendas, corrupción y un sinfín de situaciones que buscaban mantener silenciada una verdad incómoda, que solo un abogado foráneo podía ser capaz de denunciar porque no tenía intereses que proteger dentro del tinglado de corrupción por el que nos tocó transitar.

Durante esos tres años Johan estuvo privado de su libertad en el Centro de Reclusión de Tocorón, en donde vivió también difíciles situaciones que le llevaron a sortear en muchas ocasiones encuentros con la muerte, dengue hemorrágico, sufrido, padecido, tratado y recuperado en la cárcel, pues la boleta de traslado al centro asistencial nunca se cumplió.

También un traslado ilegal hacia la Penitenciaría General de Venezuela (PGV) ordenado por la recién estrenada ministra para los Asuntos Penitenciarios sin la debida autorización del tribunal y muchas otras situaciones que menoscaban y quiebran el espíritu de cualquiera.

Pero Johan no se quebró, fue fuerte y dentro de su injusta prisión consiguió hacerse devoto de la Virgen del Rosario, la Virgen de Chinquinquirá, la Chinita, su Chinita como él le decía. Su fervor lo alcanzó gracias a su amistad con un interno de origen zuliano de quien aprendió de su historia, fervor y feligresía. Consiguió en la Chinita su bastión de fe para soportar la inclemencia de aquel infierno.

Comenzamos el juicio un 1º de noviembre, se necesitaron varias audiencias para desmantelar la vil mentira y el ensañamiento que la corrupción impuso; ese día Johan me dijo: «Este mes me voy para la calle, Doctor. Yo lo sé».

La audiencia final se logró justo el día en el que los funcionarios de la policía científica encargados de investigar develaron en juicio sus múltiples solicitudes al fiscal de solicitar y tramitar contra la supuesta víctima las órdenes de captura; fueron estos testimonios fundamentales para confrontar en frente de todos en la sala a aquel envilecido fiscal.

Llegado el momento de declarar a los funcionarios policiales que practicaron la detención, el fiscal cínicamente pidió el aplazamiento del juicio para el día siguiente, alegando que no los ubicó para su comparecencia.

Protesté enérgicamente y exigí al tribunal les hiciera comparecer por la fuerza pública, pues era deber del fiscal traerlos al estrado por ser sus medios de prueba.

La juez así lo dispuso y el fiscal se opuso bajo el alegato de no haber preparado a los funcionarios para dicha audiencia; la verdad de la negativa del fiscal yo la sabía: no trajo a sus funcionarios estrellas al juicio por la sencilla razón de que no los había promovido como testigos en la acusación, pues estos no serían nunca prueba fidedigna de un delito que nunca se cometió.

Develada la verdad procesal, la juez revisó en el expediente y se percató de lo que yo acababa de denunciar.

Pero el cínico Fiscal prosiguió en su ensañamiento y propuso que, en vista de la imposibilidad de demostrar el secuestro, se le condenara a mi cliente por el delito de porte ilícito de arma de fuego, la cual según incautaron dentro de la camioneta que conducía Johan al momento en que lo detuvieron ese día fatal.

Ante este pedimento, la juez nos llamó al estrado y nos pidió sinceráramos nuestras posturas. Propuso emitir una sentencia condenatoria por el delito de porte ilícito, el cual por ser un delito menor, mi cliente pagaría condena bajo el cumplimento de presentación periódica ante el tribunal y aunque no era una sentencia absolutoria, recuperaría ese mismo día su libertad.

Le pedí a la juez me permitiera unos minutos para explicarle a mi cliente la propuesta, no sin antes percatarme de manera sigilosa cómo se dibujaba una sonrisa en el rostro del fiscal, quien muy a pesar de su nefasta actuación se llevaría al final del día una sentencia condenatoria a pesar de los beneficios que otorgaría la juez.

Al regresar al escritorio y ver sentado a Johan con cara de lástima y los ojos casi a explotar del llanto, me dijo casi gimoteando: «Pero yo soy inocente, doctor, yo no tenía pistola».

Escuchó pormenorizadamente todo lo que conversamos con la juez. Yo le reanimé a verlo desde otro punto de vista y cuando estuve a punto de dar uno de los típicos discursos motivacionales del «vaso medio vacío o medio lleno», me agregó sin permitirme hablar siquiera: «QUE SE HAGA LA VOLUNTAD DE LA CHINITA, DOCTOR, HAGA LO QUE TENGA QUE HACER».

Y como si una voz susurrara al oído en mi mente se iluminó una pregunta: «¿Y con qué testigos va a probar el fiscal el porte del arma de fuego?».

De inmediato volteé y le dije a viva voz a la juez desde mi lugar en la sala: «Honorable jueza, no puedo someter a mi cliente a que asuma un delito que no cometió, menos aún en un caso en el que la fiscalía no tiene testigos para probar que mi cliente tenía un arma, porque ¿CON CUÁLES TESTIGOS LO VA A PROBAR EL FISCAL? ¿CON LOS POLICÍAS CORRUPTOS QUE NO TRAJO HOY NI TRAERÁ MAÑANA?».

La sonrisita cínica se le borró del rostro de inmediato y se le transfiguró en cara de tragedia. De inmediato la juez absolvió al acusado y ordenó remitir el expediente a la Fiscalía Superior, para que se le abriera la respectiva investigación al risueño fiscal.

El júbilo invadió los corazones de Johan, sus familiares y el mío propio. Ese día al salir de tribunales fuimos a celebrar la libertad en un restaurante de un famoso centro comercial de Maracay y al pasar por frente una discotienda sonaba la canción «Virgen de Chiquinquirá» de Guaco.

Al escucharla, Johan me señaló su oído con el índice y dijo: “Escúchela, doctor, que ella nos hizo el milagro y lo iluminó».

Sonreí, pero no borré del rostro la expresión de mi escepticismo, que se de inmediato cambié cuando me preguntó: «¿O es que acaso no se dio cuenta que hoy es 18 de noviembre?».

De los ojos de ambos brotaron gruesas lágrimas que se fundieron en un muy sincero abrazo.

Esta, aunque lo parezca hasta aquí, podría ser una historia que nos reivindica con la Justicia, pero el daño de una injusticia a veces no desaparece ni siquiera cuando se logra una decisión justa.

Al cabo de dos años Johan habría sido abatido en un presunto enfrentamiento con el mismo cuerpo policial al que pertenecían aquellos nefastos policías. Si no tuvo pistola aquella vez mucho menos la tendría en esta.

El caso de Johan es uno de los miles que esperan Justicia en nuestro desigual sistema judicial, pero la Chinita nos hará el milagro y, como lo hizo ya una vez, volverá a iluminar la sabiduría de quienes deben hacer brillar la Justicia.

Vaya la presente anécdota como una exaltación a la fe y al fervor de nuestra Virgen Chinita.

¡Milagro, Dios mío Milagro! ¡¡¡Milagroo!!!!
El 18 de noviembre hubo un milagro,
Ha llegado nuestra Virgen del Rosario
La Chinita que la luz de Dios nos trajo.
¡Milagro, Dios mío Milagro! ¡¡¡Milagroo!!!!

Relatos de la Justicia se basa en las experiencias vividas por el autor durante el desempeño de su carrera en el ámbito judicial. Sus personajes y circunstancias son modificados y adaptados con un poco de ficción para su difusión en el diario PRIMICIA.

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