Sucesos

Relatos de la Justicia: Cementerio aborigen

Mi reacción fue una mezcla de muchas emociones, ira, desagrado, flojera, pero también cuando pensé en los beneficios que obtendría al regentar todo un negocio, mis emociones se transformaron totalmente en positivas.
sábado, 10 abril 2021
Helen Hernández | Quiso tomarse un año sabático antes de entrar a la universidad

Contaba yo con unos 17 años, había terminado el bachillerato pero aún no me inscribía en la universidad, no por tener dudas sobre cuál carrera estudiar pues siempre supe que sería abogado, desde adolescente soñaba con estudiar esa carrera.

Este retraso se debía a esa típica conducta adolescente de procrastinar en los asuntos de estudios. Mi «año sabático» como lo nombré yo.

Mi padre un inmigrante italiano de un carácter muy recto se enteró de mi «año sabático» y un buen día llegó más temprano a la casa y con un mazo de llaves en la mano, se sentó en una silla y me dijo:»Para tener un año sabático primero debes haber trabajado y estoy de acuerdo con ese año sabático, solo que lo voy a disfrutar yo que tengo más de 60 años trabajando. Desde hoy te vas a encargar del restaurante, toma las llaves y vete de una vez que mañana llega el camión de la cerveza, yo descanso y tú trabajas, creo que es el orden correcto».

Mi reacción fue una mezcla de muchas emociones, ira, desagrado, flojera, pero también cuando pensé en los beneficios que obtendría al regentar todo un negocio, mis emociones se transformaron totalmente en positivas.

Ese mismo día llegué, mi papá fue un comerciante muy exitoso, tuvo varios negocios de diversas categorías y en todos ellos nos involucró desde pequeños para hacernos entender el valor del trabajo, de manera que mi año sabático solo fue un capricho rebelde de un adolescente.

Me recibió mi hermana me explicó los detalles más elementales, como el cuadre de la caja, el pago del porcentaje de los mesoneros, cocineros y resto del personal y los días y horarios de atención a los proveedores.

“Ok está muy bien, igualmente más tarde podemos intercambiar los detalles en la casa”, le dije automáticamente.

“¿En la casa? No señorito, las instrucciones de papá es que te quedes a dormir en el hotel” me respondió de un brinco mi hermana, rompiendo toda posibilidad de zafarme de aquel asunto que iba muy en serio.

La tasca como le decíamos, era un complejo gastronómico compuesto por un restaurante de ambiente familiar, luego una segunda planta con un bar de música en vivo y precedido por un hotel de tres pisos de unas 21 habitaciones, gastronomía para todos los sentidos, como bien nos decía en modo de chanza un buen amigo de la familia.

“La señora Aminta ya te acomodó la habitación más cómoda, yo te compré varios productos de higiene personal y mañana temprano mi mamá te traerá ropa limpia de la casa” prosiguió mi hermana.

De manera que mi papá ya había organizado todo muy bien para no pudiera evitar mí futuro de empresario, así era él no dejaba espacios para un no.

Abrumado con toda esa responsabilidad que se me vino de golpe, no cabía en mi asombro, honestamente había sido un bueno para nada en el último año y ya era hora de comenzar a indemnizar los gastos incurridos por mi padre en mi «vagancia injustificada».

Esa noche no dormí, mi habitación me veía, sí, me veía. No sé si fue por el cambio drástico que le estaba dando a mi vida, por la incertidumbre de enfrentar un nuevo reto o por miedo a no defraudar las expectativas familiares, pero lo que haya sido no permitió que durmiera en toda la noche, sentía que muchas personas me observaban y cuando estuve a punto de conciliar el sueño, los murmullos me despertaban, yo se lo abrogaba a los pocos transeúntes nocturnos que deambulaban por las noches en las calles solitarias de La Candelaria luego de salir de farra de los bares aledaños, mucho más cuando la ventana de mi habitación daba hacia la calle.

Lo cierto es que desde ese día esa sensación de que era observado no cesó nunca. Primero fue en mi habitación, luego a las semanas ya comencé a sentirlo en otras áreas del lugar, en la oficina, en el área de caja y ni hablar de la azotea y en el depósito.

Nunca le comuniqué de esto a ningún miembro de mi familia pues temía a qué lo asociaran a una falta de carácter o a una excusa para no asumir el reto entregado por papá.

Continué con mis ocupaciones restándole importancia a esa situación, al cabo de unas semanas ya me manejaba muy bien con el manejo del negocio, hice buena química con el personal pero papá siempre supervisaba, visitaba el negocio todos los días y luego se iba a la casa. Mamá también trabajaba con nosotros pues siempre fueron negocios familiares.

Recuerdo un día que ella decidió acompañarme hasta la madrugada al cierre del local, fue un día largo y agotador pero muy provechoso por fortuna. Mis papás tenían también aparte una habitación para pernoctar cuando decidían quedarse, ese día cerramos el negocio cerca de la una de la madrugada. Nos saludamos con las buenas noches y cada uno a su habitación.

Cerca de las 3:00 a.m. la señora Aminta camarera del hotel, me toca la puerta de la habitación y me dice: «Niño Miguel a su mami le pasa algo en su habitación, escucho muchos ruidos».

De inmediato bajamos hasta el primer piso del hotel donde mis papás tenían su habitación y haciendo uso de mis llaves abrí la puerta y entré, mi mamá se encontraba profundamente alterada, llorando y gritando, pero aún se mantenía acostada en su cama, prendí las luces de la habitación y me pareció que estaba teniendo una muy poderosa pesadilla, la tomé de una de sus manos y le comencé a llamar: «mami, mami», pero nada que lograba hacerla despertar.

Aminta me dijo que ya llevaba buen rato escuchando ruidos y gritos dentro de su habitación. La tomé entre mis brazos y comencé a darle pequeñas palmaditas en sus mejillas, pero nada que despertaba, seguía llorando hasta que con un fuerte gritó dijo: «NOOOO» con ese grito y con un impulso de su cuerpo se me salió de los brazos y cayó nuevamente en la cama, había ya abierto los ojos pero seguía repitiendo la palabra NO, pudimos ver qué seguía sumida en su pesadilla aún con los ojos abiertos, ya esa escena me crispó mucho más los nervios.

Le pedí a Aminta buscará un poco de agua en un vaso para despertarla y justo cuando venía ya con él en la mano, mi mamá se incorporó de un salto de la cama y en dirección hacia Aminta gritando fuertemente:

«TE DIJE QUE NOOO» la reacción automática fue arrojarle a la cara la poca agua que traía consigo, siendo finalmente lo que logró despertarla y hacerla salir de esa poderosa pesadilla.

Estuvo desconsolada por varios minutos llorando en mis brazos, abrazándome y diciendo solo: «Mi hijo, te vi muerto». Luego de que se recuperó de su estado de nervios, nos contó con detalles su pesadilla.

Soñó que estaba en un cementerio y que unas sombras llevaban mi cadáver ensangrentado hacia una tumba, ella corría tras las sombras para evitar que me llevara, pero cuando ya estaba a punto de alcanzarlos, mi abuela (su mamá fallecida algunos años atrás) la tomó de uno de sus brazos impidiéndole que me alcanzará y diciéndole: «déjalo ir ya está muerto».

Fue este el momento cuando reaccionó con el primer NOOO. Pero insistió en buscarme a mí y a las sombras que me llevaban pero no logró encontrarnos, volviendo a su pesadilla la imagen de mi abuela furiosa que le decía con ira
«Que lo dejes ir ya es tarde» reaccionando con el segundo:»TE DIJE QUE NOO» con el que finalmente logró Aminta despertarla con el pequeño vaso de agua.

Pasé el día pendiente de mi mamá, le pedí que no pernoctara más en el hotel, no sé porqué pero asociaba mis extrañas sensaciones de que me observaban con aquella pesadilla de mi mamá.

A partir de ese día mis nervios y mi templanza iban a ser probados cientos de veces, episodios como que me prendieran y me apagaran las luces de mi habitación, no importa cuántas veces me cambiara de habitación, me abrieran la ducha y el grifo del lavamanos del baño, o que amaneciera con la puerta abierta a pesar de cerrarla con seguro.

Comencé también a tener extrañas pesadillas, muchas de ellas tenían lugar en ese extraño cementerio que intuyo fue el mismo de la pesadilla de mi mamá, soñaba con las sombras, con hombres con armaduras ensangrentadas, pero las más frecuentes eran con indígenas que me acechaban con lanzas.

Si no eran las pesadillas, era la sensación de que estaban acechándome, algunas veces sentí que me tomaban de los tobillos, que me abrían la puerta de la oficina etcétera.

Hubo un episodio en particular que también me marcó. Un día cerramos temprano pues el día había estado bastante flojo, había una novela en esa época que mantenía a buena parte del país pendiente de sus televisores de 9:00 a 10:00 p.m.

Ese día nos quedamos la señora Aminta y yo viéndola en uno de los varios televisores del restaurante, vimos la novela y al terminar señora Aminta se despide y se va a su habitación. Quedándome sin nada de sueño viendo TV.

Al cabo de una hora aproximadamente, suena el teléfono del restaurante, este se encontraba en el área de caja que estaba bastante distante del lugar donde yo me encontraba. Pensé, debe ser algún equivocado, pues a esta hora dificulto que llamen para algo que no sea del restaurante.

Dejé que sonara hasta que del otro lado entendieran que estábamos cerrados o que no había nadie. Pasaron unos minutos y volvió a sonar el teléfono, decidido a responder con un enérgico:»ESTAMOS CERRADOS» me dirigí hasta el teléfono, tomé la bocina y al contestar, reinó un gran silencio del otro lado.

Colgué con la impotencia de no haber podido expresar mi ira. Justo cuando ya había regresado a mi lugar a seguir viendo TV, volvió a sonar el teléfono, dejé que sonara hasta que del otro lado se cansaran. Pero tres veces más con todos sus repiques insistieron.

Me levanté con furia y sin importar quién llamara levanté el auricular y le solté toda la batería de insultos sabidos y por saber, pero del otro lado solo una respiración cómo de una bestia escuché.

En mi irá solo pensé:»ya que esto debe estarlo haciendo algún burlista, de mi no te vas a burlar» y tomando el cable que conecta la unidad del teléfono con el cajetín telefónico, le desconecté la clavija y pensé: «te vas a reventar llamando pero no habrá manera de que esta me la ganes».

Me regresé a mi lugar con la sensación de haber ganado la batalla del teléfono, pero justo cuando tomaba mi silla para sentarme y seguir viendo TV, juro por Dios que el teléfono volvió a sonar… Mis nervios recorrieron toda mi espina dorsal, se me erizaron desde los vellos de las pantorrillas hasta los de la coronilla.

Pero mi carácter rebelde no se dejó doblegar por el miedo, pensé que algo no había hecho bien en la desconexión y me devolví a verificar, mis ojos pudieron verlo, clavija desconectada y teléfono sonando, no había manera de que eso fuera cierto, pero debía saber cuál era el truco en un arranque de valentía tome el auricular y sin hablar solo escuché como en forma de murmullo me dijeron del otro lado de la comunicación: «MARACAPANA» seguido de una verborrea en tono de ira en un idioma que no supe distinguir proveniente de un interlocutor desconocido.

Mi reacción fue soltar el auricular sin colgarlo en el teléfono, esos instantes luego de la llamada se tornaron en cámara lenta, vi poco a poco como delante de mis ojos toda el área del restaurante se convirtiera en el cementerio de las pesadillas y al fondo los aborígenes del asedio venían por mí lanzas en mano y con caras de ira y furia, la sombra que me asediaba se transformó en una suerte de Cacique y con una daga en su mano izquierda se acercó hasta mi y la levantó para atacarme y al bajarla con furia directamente hacia mi pecho me sorprendió segundos antes de recibir la herida un chorro de agua helada en mi cara…

La señora Aminta había venido a despertarme de una pesadilla igual o peor de la que había tenido mi madre meses atrás.

Me recuperé luego de varios minutos de aquella impactante pesadilla, pidiéndole a me buscara agua para beber. Dirigiéndose ella hacia la cocina que quedaba en sentido diagonal al área de la caja y con el teléfono en mano me preguntó: ¿Usted dejó todo esto desconectado?.

Muchos años después Papá perdió un largo juicio que tenía contra un banco por la propiedad del restaurante y nos tocó entregarlo. Ya en la universidad en el último año me tocó tramitar la inscripción militar, estudiaba yo con un amigo sargento mayor de la Policía Metropolitana y se ofreció ayudarme a tramitarla en la prefectura de La Candelaria, que quedaba justamente detrás de dónde teníamos nosotros el restaurante.

Quedamos un día en reunirnos allí en la prefectura para lo del trámite y cuando lo visité conversamos muchas cosas entre ellas que yo alguna vez gerencié el restuarante.

Ese día vi que sacaron a un detenido bastante mal trecho de los calabozos y al preguntarle al amigo por su estado me dice: «LO AGARRÓ LA MARACAPANA»… ¿CÓMO? Me explotó esa pregunta en mi cerebro y esa palabra me transportó a aquel episodio de inmediato.

No dejé pasar mis dudas y le pedí a mi amigo el sargento me explicara sobre eso. Confieso que nunca antes había escuchado sobre la maldición de MARACAPANA, propia de los aborígenes nativos, específicamente de la extinta etnia Caribe.

Me comentó que muchas veces los detenidos en los calabozos de ese lugar, narraban historias de presencias paranormales y de cruentas pesadillas con aborígenes.

Me confesó que esa situación llegó en una oportunidad a un punto tan extremo, que tuvo que solicitar a sus superiores que no dejarán más detenidos en ese lugar, y que trasladaran los que se encontraban en detención hasta otro recinto policial para evitar esos «trances» en los que caían algunos detenidos.

Me contó que una vez pidió la presencia del párroco de la Iglesia de La Candelaria que queda justo al lado de la prefectura. Le contó los extraños sucesos que experimentaban los reclusos y el padre le explicó lo que sin comprobación, pero con cierta probabilidad mística considero bastante cercano a una explicación de lo que me aconteció en aquella oportunidad…

El padre le comentó a mi amigo que en las épocas de la conquista, la época colonial e incluso bien entrado el siglo 19 los cementerios se acostumbraban levantarlos justo detrás de las iglesias y que curiosamente la iglesia de La Candelaria es una de esas que usó esa modalidad.

También narró que en ese camposanto reposaban los restos de muchos aborígenes Caribes, que fueron inhumanos en ese lugar en total confrontación con la tribu que se opusieron a ello, exigiendo enterrarlos en sus aposentos, cosa que nunca sucedió, amén de que posiblemente en ese lugar pudo haberse llevado parte de la Batalla de Maracapana, la misma donde dieron muerte al Cacique Tiuna y donde se dice que en venganza por su muerte Guaicaipuro, jefe de las tribus lanzara la famosa MALDICIÓN DE MARACAPANA.

¿Sería también mucha coincidencia si les digo que haciendo una proyección geográfica, el restaurante de papá, lugar donde me sucedieron todos los acontecimientos que les he narrado, queda justamente donde correspondía por la usanza de la época levantar detrás de la iglesia el cementerio?

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