Sucesos

Relatos de la Justicia: El ancianato de la muerte

Las fotografías eran dantescas, personas de la tercera edad en condiciones bastante infrahumanas, ropas roídas, algunos ancianos fueron fotografiados con sus deposiciones escurriéndoles entre sus ropas. 
sábado, 27 marzo 2021
Helen Hernández | Hubo una toma en los días previos

Miriam es una de esas amigas que te regala la vida envuelta en papel en forma de hermana. Es mi colega en leyes y a pesar de no ejercer el derecho el mundo donde se desenvolvía era proclive de generar buena cantidad de casos para la Justicia.

Había estado casada en primeras nupcias con un gran hombre de estado, gerente de los mejores, con una visión que hacía confluir lo futurista con lo altruista, como familia siempre estuvieron entregados a las causas nobles, al humanismo en su más amplia expresión.

Sus llamadas por lo general vespertinas, venían acompañadas siempre de una invitación a tomar café; invitación que en innumerables ocasiones llevaban implícita la imposibilidad de negarse ya que las hacía desde la misma mesa del café donde se encontraba, seguida de una célebre frase muy de ella: “No te tardes porque ya pedí tu café y luego se enfría”. Pero esa vez su llamada rompía con toda regla a sus protocolos vespertinos.

Era la mañana de un soleado y tranquilo domingo, me disponía ya a salir por la prensa para consumir las noticias junto al desayuno como herencia innegable de mi padre, que desde mi infancia lo vi repetir esa rutina religiosamente cada fin de semana.

Luego del saludo y la súplica por el perdón por llamar en ese día y a esa hora, me preguntó si ya había leído las noticias regionales, le contesté que justo había tomado su llamada cuando iba en procura de la prensa, ella sin más comenzó a contarme con lo que me encontraría como titular de la mayoría de los periódicos de la región. De inmediato pidió mi intervención, no como abogado, tampoco como penalista, sino como amigo y detractor de las injusticias.

Colgué la llamada justo cuando ya me encontraba frente al quiosco donde acostumbraba comprar la prensa, Simón ya me tenía preparado mi paquete con el mixto de periódicos que domingo tras domingo me reservaba, de él extraje los dos periódicos regionales y sus titulares reproducían de manera casi idéntica los supuestos hallazgos con fotos sensacionalistas incluidas, de un presunto “ANCIANATO DE LA MUERTE”.

Una a una fui leyendo las noticias allí mismo frente al quiosco, Simón me hablaba pero no le atendía, simplemente asentía con la cabeza a todo aquello que me decía.

Las fotografías eran dantescas, personas de la tercera edad en condiciones bastante infrahumanas, ropas roídas, algunos ancianos fueron fotografiados con sus deposiciones escurriéndoles entre sus ropas.

Así también se reseñaba fotográficamente las supuestas instalaciones del referido lugar, dando cuenta de una cocina con suficientes rastros de insalubridad y otra serie de elementos que apuntaban a los gerentes del lugar como los responsables de tan inhumanos tratos para esos nobles y desvalidos ancianos.

Apenas revisé la nefasta noticia devolví la llamada a mi amiga Miriam, intuía que la ayuda que requería de mí era la de apoyar a las víctimas e impulsar la búsqueda de los responsables, pero sorpresa la mía, Miriam quería que yo defendiera a la regente del lugar.

«¡JAMÁS!» fue mi respuesta inmediata.

«¡SABES QUE JAMÁS DEFENDIENDO A PERSONAS INHUMANAS!», fue la frase que más repetí durante toda mi conversación telefónica, las palabras casi no salían de la boca de Miriam, mis encolerizados argumentos no le daban espacio para expresarse. Las fotos que había visto eran suficientes para hacer rabiar hasta al más indolente.

«¡SIEMPRE ME HAS DICHO QUE NO DEBEMOS CONFIAR EN JUICIOS PERIODÍSTICOS!» fue el último y más contundente argumento con el que Miriam me comenzó a animar en su pedido de ayudar a su amiga Isabel, supuesta la responsable de los tratos inhumanos delatados por la prensa.

Nada mejor para convencerte que con un dogma de vida del que siempre has profesado.

De regreso a casa y aún sin aceptar del todo la encomienda, me concentré en contraponer los hechos, revisé nuevamente la información periodística, compré el resto de los periódicos regionales y los puse en contexto.

Uní argumentos, deseché otros, entrelacé textos con fotos, comparé direcciones editoriales para verificar que no fuera una sola fuente la que suministraba la información y ese ejercicio me llevó a dos conclusiones: Las fuentes eran autónomas, cada periodista hizo su nota de su propia fuente, con ello descartaba un bulo, pero lo otro que concluí no me lo dieron las notas sino las fotografías.

Ninguno de los ancianos presentaba rasgos claros que evidenciaran desnutrición, a pesar de que se acusaba en las noticias a los responsables de no suministrarles alimentos ni medicinas.

Al contrario, las fotografías revelaban entre lo gráficamente irreproducible, un estado que a simple vista contradecía el argumento de mala alimentación y de daños físicos a los pacientes.

Lo otro que noté fue la expresión de sus rostros, ninguno revelaba dolor, tristeza o pesadumbre, casi todas las fotografías reflejaban los rostros con expresiones de miedo, sorpresa, incertidumbre, generándome mayor inquietud y abriendo una posibilidad de inmiscuirme en la defensa, ninguna persona sometida a esos niveles de estrés luce así, menos un adulto mayor que se descompensa con mayor celeridad.


Apenas hice mi deducción repicó mi teléfono, era Miriam nuevamente, pero esta vez con una noticia urgente: ¡LA POLICÍA ESTÁ BUSCANDO A ISABEL!

Si la duda me había asaltado luego de mis conclusiones al revisar el contexto de las noticias, este nuevo hecho sin duda que me catapultaba al auxilio, hasta aquí llegó mi plácido domingo, me dije mentalmente.

No alcancé a tomar por completo mi desayuno ni a devorar las noticias nacionales, las tiras cómicas ni el sudoku que siempre dejaba a medio terminar cada domingo, me vestí y aún sin estar cien por ciento convencido de la realidad de los hechos salí en auxilio de Isabel, la sindicada de cometer abusos contra los ancianos.

Lo primero que hice fue comunicarme con la fiscal de guardia, a quien le requerí información sobre si había sido notificada de la búsqueda y captura de Isabel o si había solicitado su requisitoria por el tribunal, siendo negativa su respuesta, de inmediato le informé que me trasladaría hasta el lugar de los hechos que se encontraba a las afueras de la ciudad y de allí le informaría sobra la situación.

Nos vimos Miriam y yo. Ella me pide que nos reunamos con Isabel en su casa, lo que me causó algo de curiosidad ya que suponía que Isabel estaba en el geriátrico, pero sobre esa suposición que luego le expresé a Miriam, ésta me respondió: “Isabel tiene cerca de 15 días sin poder ingresar al Centro de Cuidado, el Consejo Comunal de la zona lo tomó y cerró con candados el portón, por eso es que estoy convencida de la inocencia de Isabel”…

«¿Cómo es la vaina? Hubieras comenzado por ahí cuando me llamaste», le dije ya más ganado a defenderla.

Llegamos a la casa de Isabel y nos recibieron dos de sus hijas, pasamos al recibo y nos sentamos a esperar. Al cabo de unos minutos entró una mujer de unos avanzados sesenta años, con cierta dificultad para caminar y al ver a mi amiga Miriam ambas de abrazaron y el llanto desenfrenado de ambas no se hizo esperar.

«¡QUE INJUSTICIA AMIGA!! Fueron las palabras que entre gimoteos lograron escaparse de la boca de Isabel.

Luego de que se calmaran y una de sus hijas nos trajera un apacible té de manzanilla, nos adentramos a la entrevista cliente-abogado, para lo cual pedí nos dejaran solos.

Isabel me contó entre llanto y argumentos entrecortados todo cuanto aconteció desde el mismo momento de la fundación del geriátrico hacía más de 30 años atrás.

Su misión humanitaria la hacía desde el convencimiento de que los adultos mayores merecían un merecido descanso en las postrimerías de sus vidas, incluida su madre quien contaba con más de 90 años y era paciente del centro de cuidado.

Me informó un poco más relajada, que el problema comenzó meses atrás cuando el consejo comunal de la zona donde se ubica el centro de cuidado, se empecinó en inmiscuirse en los asuntos privados del centro.

Aduciendo sus agrios miembros tener facultades por oficios de una supuesta función fiscalizadora otorgada por la Misión con Amor Mayor de ayuda a los adultos mayores creada por el Ejecutivo nacional, función y misión que nunca fue demostrada siquiera con algún instrumento legal o algún oficio que diera parte de tales funciones a todas luces ilegales y arbitrarias.

Estas personas habían tomado el centro de cuidado hacía más de una semana, encadenaron el portón de acceso y retiraron al personal de salud y de operación que labora en el lugar, reemplazándolo por personas desconocidas. Todo esto fue realizado por la responsable del Consejo Comunal cumpliendo instrucciones del ministro, sin embargo no existía ni fue mostrado ningún documento que lo acreditara.

De manera que todo aquello que ocurriera desde la toma intempestiva del centro de cuidado debía ser responsabilidad exclusiva de los tomistas y no de ella o del personal a cargo del centro, incluidas las precarias condiciones reflejadas en las patéticas gráficas expuestas en los titulares de la prensa local.

Esta nueva información definitivamente le había dado un vuelco a mi percepción. Esto me enseñó una vez más que no hay que emitir juicios a priori ni dejarse llevar por las apariencias, a fin de cuentas nadie está exento de ser víctima de juicios periodísticos inclusive los propios periodistas, que en ocasiones por embates de la urgencia terminan publicando parte de la verdad o verdades simuladas, las cuales son mucho más dañinas que las propias mentiras.

En medio de la conversación nos interrumpe una de las hijas de Isabel, nos informa que está al teléfono María una de las empleadas del centro de cuidado requiriendo hablar con Isabel.

Ella le hace señas a su hija que no desea conversar con ella pero antes de que ésta le comunicara su indisposición para hablar, ésta urgió decirle que la policía se encontraba en la sede del centro de cuidado requiriendo la presencia de Isabel, en virtud de que necesitaban hacer una inspección al lugar.

Le hice señas a la hija para que me pasara el teléfono y tomé la llamada, me identifiqué como abogado de Isabel y procedí a conversar con María, quien con voz nerviosa y alterada supo decirme que era urgente que se presentara Isabel en el lugar, porque los funcionarios policiales así lo exigían.

Al colgar la llamada Isabel se acercó a mí y me dijo: “Ahora que usted ha aceptado ser mi abogado me siento más tranquila”. Me puso su mano derecha en mi hombro izquierdo y lo apretó suavemente mientras se acercaba a mi oído y casi en susurros me dijo: “No confíe en María ella está con ellos”.

Nos retiramos hacia el patio de su casa y me explicó que María era la única de sus empleadas que le habían permitido permanecer dentro de las instalaciones, de hecho en la llamada cuando hablaba conmigo había reconocido hacerla desde las instalaciones del centro.

¿Por qué si ella está dentro de las instalaciones no le permite el ingreso a los funcionarios? Me lanzó esa pregunta a la vez que ella misma la respondía:

“Fácil doctor, porque no que quieren hacer ninguna inspección, ellos tienen el acceso en su control, sino como entraron los periodistas, ellos lo que quieren es sacarme presa para quedarse con el centro”.

De inmediato le realicé una llamada telefónica a la fiscal de guardia nuevamente, me informó que ya le habían notificado del procedimiento y que se disponía trasladarse hasta las instalaciones, por lo que me solicitó encontrarnos en el lugar y que me hiciera acompañar de la señora Isabel.

La fiscal era una de esas amigas que el ejercicio del derecho le abonan a uno entre sus relaciones. Pero seguro estoy que en un momento dado ella no dudaría en proteger más su trabajo que a mí o a algún cliente mío, desconfiado como soy me trasladé al lugar solo, no podía permitirme llevar a Isabel en una evidente emboscada.

Al llegar al lugar observé una multitud de personas que se encontraban a las afueras de las instalaciones del centro de cuidado, cinco patrullas tipo camionetas estaban aparcadas y un grupo de quince funcionarios custodiaban el lugar.

Me acerqué y luego de identificarme con uno de los funcionarios le pedí conversar con el jefe de la comisión, se me acercó uno de ellos quien se identificó como Comisario y de inmediato me preguntó por la señora Isabel.

-Ella está a buen resguardo, le respondí.

-Necesitamos ingresar al lugar para su inspección, me interrumpió algo alterado el comisario, pero le riposté de inmediato: “Su ingreso sólo puede impedírselo los que tomaron el centro, ellos son quienes tienen el control de ingreso desde hace más de una semana”.

Sin argumentos válidos me señalaba que la presencia de Isabel era necesaria para que presenciara la inspección, ante esto le increpé:”Esas formalidades que usted está exigiendo son las de un allanamiento y para eso necesita una orden de un Tribunal que no he visto hasta ahora”, fue lo último que escuchó de mi el Comisario antes de que guardara silencio y se retirara de manera despectiva hacia una de las patrullas.

Minutos después se acercó a mí otro funcionario que se identificó como inspector, sin duda venía a cumplir su rol en el ya desgastada estrategia del policía bueno-policía malo.

Sumó una nueva serie de argumentos sin sentido para que yo colaborara e hiciera comparecer “por las buenas a Isabel”, lo interrumpí y le pedí que esperáramos a la Fiscal, quien me había dicho vía telefónica que se presentaría en el lugar.

Y así fue, pasados unos minutos luego de la simpática presentación del comisario y su subalterno, llegó la fiscal y nos pidió reunirnos alejados de la multitud. En sus argumentos esbozó algo que me hizo presumir que estaría tras la solicitud de una orden de aprehensión contra Isabel, ante esto me preguntó sobre su paradero respondiéndole tal como lo hice con el comisario: “ella está a buen resguardo doctora”.

Antes de que se iniciara el acto de inspección que finalmente fue a lo que vino la fiscal, llegaron al lugar más de veinte vehículos de manera intempestiva. De ellos descendieron más de treinta personas entre jóvenes y adultos con evidentes signos de preocupación, dijeron ser en su mayoría hijos y familiares de los adultos mayores que se encontraban como pacientes en el centro de cuidado, del grupo de familiares me reconoció una joven que años atrás había sido mi alumna y cuya abuela era paciente del lugar.

De inmediato me dijo que todos ellos abogaban por Isabel, quien desde siempre fue abnegada por la salud y la dignidad de los ancianos, también me rebeló que ya suponían cuál era el verdadero móvil de las acciones del Consejo Comunal.

“Lo que quieren es expropiarlo profe, para quedarse con las instalaciones”, me dijo antes de regresar con su grupo familiar.

Todos rodearon a la fiscal exigiendo respuestas por los atropellos del Consejo Comunal, en ese instante les pedí se calmaran y que le permitiéramos a la fiscal realizar la inspección al lugar en presencia de todos los familiares de los pacientes, ya que quien mejores que ellos para servir de testigos de la inspección.

En ese instante procedieron a abrir el portón que da acceso al centro de cuidado, saliendo desde las instalaciones y en evidente defensa de los tomistas nada más y nada menos que María.

María alegó que ellos el día anterior habían tomado las instalaciones por la información que habían recibido en el Consejo Comunal de las precarias condiciones de los ancianos, ante esto salí yo en defensa de Isabel y le entregué a la fiscal una copia que me había confiado de un acta que se levantó el día en que los tomistas habían ingresado al centro y de la que obviamente María desconocía.

Por ello, antes de entrar le hice la salvedad a la fiscal que todo aquello que hubiere acontecido durante el tiempo de la toma del centro era de exclusiva responsabilidad de los tomistas y sus líderes.

Al ingresar al centro tuve la sensación de que así debió haber sido el ingreso de las tropas aliadas cuando descubrieron los campos de concentración, las imágenes de dolor las resumiré por respeto a las víctimas pero debo confesarles que vi en persona lo que es capaz de lograr la miseria humana contra personas desvalidas y sin capacidad de defensa.

Los familiares de los ancianos se abalanzaron contra los responsables de manera violenta como respuesta a aquellas imágenes, teniendo que tomar el control de la situación los funcionarios policiales.

Pero a pesar de que había quedado con estos hechos más que develada la identidad de los responsables, la cual era totalmente opuesta de quien habían señalado los medios como tal, el asedio por apropiarse del centro apenas comenzaba.

Al día siguiente y previendo que posiblemente solicitarían contra Isabel una orden de aprehensión, me dirigí con ella personalmente a primera hora de la mañana a la sede de la fiscalía y en un acto de apersonamiento dejamos constancia de que estaba a disposición del Ministerio Público para lo que requiriera en la investigación, restando así la posibilidad de que se fraguara contra ella una requisitoria judicial.

Pero lo que realmente tenía desvelada a Isabel no era tanto que pudiera perder su libertad por una injusticia, sino la salud de sus pacientes, «¡MIS VIEJITOS DOCTOR, QUIÉN SE ESTÁ HACIENDO CARGO DE MIS VIEJITOS!»

Esas palabras me hicieron reaccionar y actuar en derecho, ese mismo día redactamos e interpusimos un amparo por ante un tribunal por afectación del derecho a la salud de los pacientes y logramos a través de él que se permitiera el ingreso nuevamente del personal de salud del centro y se restablecieran los controles sanitarios y de salud de todos los pacientes, otorgándose por vía judicial la administración del a una comisión conformada por cinco hijos de los pacientes del lugar mientras durara el proceso.

La justicia en ocasiones se torna esquiva, algunas otras veces nos sorprende casi de inmediato, pero hay oportunidades como ésta en que toma matices incomprendidos o poco asimilables por la razón llana.

Lo que les he narrado y todo cuanto hicimos no fue suficiente para evitar que Isabel fuere sometida a un tortuoso proceso penal en que se dirigió con toda fuerza su contra, de cierta manera le evitamos que fuera privada de su libertad, pero no pudimos evitar todo lo que ocurrió posteriormente.

Fue imputada por varios cargos, tanto ella como la administradora del lugar, a pesar de que logramos demostrar en la investigación un proyecto secreto que ya el Consejo Comunal había enviado al ministerio y en el que ya se habían pre aprobado unos fondos para que operara en el centro de cuidado un centro comunal de asistencia al adulto mayor, el cual era obvio fue el motivo principal de los tomistas.

Esas pretensiones afortunadamente se impidieron, el centro continuó bajo la administración de los hijos de los pacientes, afortunadamente no cayó en manos de los facinerosos que le pretendían expropiar, por lo menos hasta donde yo supe del caso. Pues luego de años de asistir judicialmente a Isabel ésta decidió continuar su interminable e injusto proceso penal bajo el auspicio de la defensa pública.

Al pasar de los años supe que Isabel acusó un cáncer, ese que aunque desconocido ya le hacía cojear cuando la conocí aquella tarde de un domingo no plácido. Desconozco cuál fue el destino de Isabel, pero seguro estoy que donde se encuentre sea en este plano o en otro, de ángel estará desempeñándose.

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