Inconscientemente cómplices
En la opinión que ofrecí la semana pasada abordé con la mayor objetividad que me fue posible, el asunto coyuntural que como sociedad nos aborda relativo a la necesaria y urgente reforma al sistema judicial en pleno, como es habitual recibí una buena cantidad de mensajes positivos de amigos y colegas que compartían una visión similar, que aunque no es lo buscado ni el objetivo principal de mis artículos de opinión, con los que solo persigo el interés genuino de llamar a reflexión, son los que afianzan mi compromiso con lo que escribo.
Pero entre esa cantidad de mensajes hubo uno en particular, de alguien a quien siempre me mueve una necesidad de saber su opinión y no por validación, sino por su capacidad analítica y su talento de ver lo que al ojo común no le es sencillo de observar, y en una sola línea ya me lo hizo saber, cuando este amigo me escribió: “pero no hablaste de la corrupción, ese si es el verdadero elefante en la habitación del que nadie quiere hablar” y tenía razón, abordé el iceberg por la punta y no llegué a su base, donde está lo más denso y pesado.
Obviamente que estuvo dentro de mis líneas al momento de llevar al papel mi opinión, abordar el asunto de la corrupción, pero honestamente me pareció que hablar de ella me encasillaría en el lugar común de la denuncia y el reclamo estéril en el que muchos sucumben, pero luego recapacito y expreso que no deja de ser necesario seguir exponiéndola, más allá de que a algunos nos parezca en ocasiones banal hacerlo.
En un país en el que ya es rutina leer en los titulares de los medios, cifras impronunciables de dinero cooptado por las élites corruptas, hablar de corrupción nos ha comenzado a generar tedio, cansancio y hasta aversión para algunos, llevándonos lamentablemente a voltear la mirada, lo que seguramente será de provecho para los corruptos, que nadie hable de eso, que se aburran y finalmente sepulten en la conversaciones ese tema.
La vida siempre da revancha y en medio de la semana me llegó una asignación académica, en la que se nos solicitó a los docentes en materia de derecho, que diéramos nuestros aportes sobre distintos puntos focales, que a su vez sirvan para abordar desde las universidades nacionales, la necesidad de la reforma judicial, y allí en medio de los puntos, estaba casi enmarcada para mi vista, la corrupción, como punto de discusión, y por supuesto que aproveché ahora sí, desde mi perspectiva a dar mi opinión, que seguramente tendrá un destino desde donde pueda hacer incidencia. Fue entonces y luego de ese abordaje técnico que obtuve las reflexiones que hoy deseo compartir.
Una de las interrogantes que me surgieron de esa dinámica descriptiva fue la del origen de la corrupción reciente, no nada más la judicial, sino la corrupción en general, la que ocurre en los poderes públicos, los ministerios, los organismos públicos y privados, si lo privado también sucumbió, y como no hacerlo si luego de esa visión ampliada pude ver que todos, absolutamente todos, sin excepción, nadamos en un amplio océano de corrupción, pero como escapar de él antes de que por ósmosis seamos parte de la misma marea que nos arrastra.
Una de las formas más viles de crear impunidad es la de convertir en cómplices a quienes te pueden juzgar y tener pruebas en su contra para demostrarlo, de manera que visto desde esta posición, la corrupción no fue una situación natural que se creó desde fenómenos espontáneos en la sociedad y de allí creció por su cuenta, cada vez estoy más convencido, que fue un acto deliberado y de diseño premeditado aplicado con un solo objetivo, quebrar moralmente a una sociedad para debilitar su capacidad de juzgamiento ético.
Ya en otras ocasiones he abordado este asunto de la complicidad colectiva silente, esa en la que muchos inconscientemente participamos a diario, y a la que muchas veces nos vemos hasta forzados para llevar el sustento a nuestros hogares, esa micro corrupción del “incentivo” al de la estación de servicio para unos litros más, la del regalito para apurar el trámite en cualquier entidad pública o privada, la de colaboración, la bendición, la habilitación, ésta última incluso ya institucionalizada y formalizada en organismos como Registros, Notarías y el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería, en los que su propia plataforma ofrece la habilitación como un servicio, siempre que obviamente, se recargue un incremento significativo en el costo final del trámite, sobre todo el del “pasaporte express”.
Y qué decir de la infame pero autorizada “autogestión”, acaso no es esa más que una invitación abierta, una manera de empujar a todo un funcionariado a operar bajo esquemas de corrupción directa, como puede un funcionario hacerse cargo de un despacho cualquiera, cuando se le exhorta a que los gastos de toda la actividad que allí se realice corran por su cuenta, con un salario pírrico que apenas alcanza para unos días de sustento individual, la autogestión entonces es la madre del “pa los frescos”, “pa las copias” y “pal peaje”.
Cuando percaté de que nadamos en un mar de corrupción, intuí que de este mar habrá que salir si o si, con un salvavidas, porque la orilla está lejos y mientras más nadamos para salir, más riesgos corremos de que nos ahoguemos en ella. La Pregunta es quien nos lanzará ese salvavidas.
Mientras tanto nos queda a nosotros como ciudadanos hacer incidencia en nuestros entornos, para que no sigamos callando la realidad y podamos hablar abiertamente de ese elefante en la habitación sin temor, evitar también esas oportunidades para la micro corrupción, pensar que tan necesario son esos litros de más, o agilizar ese trámite, o mejor aún, internalizar cual es la razón por la que estamos accediendo a estas mini desviaciones morales, por necesidad o por no ser tomados como tontos que hacen la cola, que no habilitan, que no dan para el fresco, porque lo creamos o no, estas actitudes también fueron o son una suerte de moda, soy cool si demuestro ser el vivo del grupo y allí justamente se perfecciona nuestra complicidad.
No deseo que se interprete con esta reflexión, que somos los responsables directos de la monstruosa corrupción que orquestaron los corruptos visibles, no al contrario, deseo que tomemos consciencia de cuando nos convirtieron en sus cómplices por repetición y no nos dimos cuenta.
Hace unas décadas atrás en medio de una clase del componente docente que cursé, mi maestra la Profesora Amalia Alcalá, refiriéndose a la correcta postura y la ética del moderador (docente) nos dijo que debíamos tener sumo cuidado de nuestro comportamiento, dentro y fuera del aula o en nuestro entorno, porque casi siempre nuestra audiencia inconscientemente va a copiar algo nuestro, bueno o malo. Aquí es donde les pediré hagan este ejercicio y se pregunten, que hemos copiado inconscientemente de los moderadores que por años hemos tenido, casi en exclusiva y de manera hegemónica en los medios.
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