Opinión

El pensamiento de Rigoberto Lanz más vigente que nunca

Las universidades fueron focos de sus acendradas críticas.
Abraham Gómez
sábado, 15 agosto 2026

Siendo ahora la tolerancia un asunto de escasísimo uso; y la discusión a través del disenso fértil una extravagancia.

Precisamente, la tolerancia y la discusión constituyeron las dos mayores virtudes que cultivó Rigoberto a lo largo de su existencia.

Admitir con respeto las opiniones que provenían en sentido contrario, al tiempo que procuraba pesquisar una arista provechosa de cada palabra antagónica proferida; para hacer brotar después, desde su proverbial iluminada intuición una síntesis superadora de ideas; y así entonces, cada quien resultaba satisfecho.

Tenía una grácil y elegante manera de “construir en caliente”; pensar sobre la marcha elementos metonímicos para reforzar lo que deseaba decir.

Habiéndonos conseguido siempre en parcelas ideológicas distantes disfrutábamos inmensamente con la sana confrontación (para muchos, dialéctica tal vez) que las adversidades en sí mismas provocan. Ciertamente, èl había sido un digno problematizador. Que incitaba al debate; que impulsaba al diálogo escrutador, que hacía de los espacios académicos su ambiente de regusto, sin llegar jamás a la domesticación.

Bastaba su fonética, suficientemente estudiada y bien pronunciada, del idioma originario del escritor de una obra reciente que deseaba citar en sus charlas, conversaciones y conferencias, para que nos “engancháramos”; y partíamos, de inmediato, raudos a escudriñar líneas de pensamientos de tanta gente. A veces autores con imaginaciones recónditas, abstrusos, de difícil comprensión en una primera lectura.

Siempre le admiramos la paciencia para escuchar hasta al que estaba errado en los planteamientos de “punta a punta”.

Impregnado de la quietud y grandeza del sabio, quizás, sin barruntar después con odiosa erudición.

La dinámica de su vida estuvo signada por la constante y fecunda interlocución.

Le encantaba aprender de todo y a cada instante.

Defendía con entera pasión su posición: ya en contra del marxismo manualesco como yendo a contravía de la modernidad; o haciendo elogiosa consideración a la Complejidad en tanto alternativa de vida.

Cada ejercicio crítico-reflexivo suyo iba precedido de enjundiosas argumentaciones.

La fundamentación ética que descolló Rigoberto a lo largo de su vida personal y universitaria le permitió estructurarse de una sola pieza.

Nunca lo vimos rechazar una discusión seria.

Cuánto orgullo haber disfrutado de su sincera amistad. Creada, cultivada y proyectada con base a los constantes intercambios de opiniones abarcativas de las distintas parcelas de la realidad.

Como docente nuestro del doctorado en ciencias sociales de la UCV, y como impulsor de los seminarios del CIPOST (post doctorales) donde participamos.

El maestro Lanz poseía la cualidad de no dejarse encallejonar ni adocenar en corrientes de pensamientos inconsistentes. Las adivinaba como circunstanciales instrumentos teóricos para el usufructo político.

Por aquello que siempre figuró “las palabras no son neutras” (Monte Ávila y Faces-UCV. 2005).

Los saberes tampoco son neutros.

Hoy llegamos a preguntarnos. ¿Acaso en la contemporaneidad venezolana, la realidad no está desbordando a cada instante a las estructuras institucionalizadas?

Rigoberto lo exponía de modo similar al entender a la democracia en tanto el poder de cualquiera. Por eso alentaba la existencia de nuevos y distintos movimientos sociales.

Decía que èl simpatizaba porque apareciera, sin limitaciones, la diversidad de lo político transversalizado. Hecho causal, esto último, de bastantes miradas reticentes hacia Rigoberto por parte de quienes han detentado la partidocracia acrítica e incontestada en nuestro país.

Rigoberto siempre les resultaba a los políticos, sin densidad en el pensamiento, un necesario invitado incómodo. Porque pensaba con cabeza propia.

Las universidades fueron focos de sus acendradas críticas. Contundentes reflexiones que justificó con el propósito de que se transformaran; no que se solazaran y admitieran los atajos reformistas como salidas.

Siendo èl una creatura de la Universidad, no sentía vértigo para procurar alternativas a los espacios universitarios acordes a las inaplazables e inmediatas exigencias de generación, recreación, preservación y difusión de los conocimientos.

Tuvo la valentía de dejar en claro la obsolescencia de la Universidad; de señalar que era poco menos  que un cascarón vacío que no administraba contenidos esenciales para la construcción de conocimientos sino burocracias prescindibles.

Muchos “espíritus esclerosados” que han hecho de las universidades su hàbitus, quedaron perplejos cuando Rigoberto declara la caducidad de los métodos aplicados en muchas universidades del mundo. Además, insistió en la necesidad de realizar una reingeniería que resucite a las distintas casas de estudios.

La dicha admirable siempre de Rigoberto es no haberse quedado encajonado en los diagnósticos catastrofistas; porque aportaba soluciones alcanzables:

“Se puede empezar con una reingeniería del modelo, pero inventar otra alternativa desde cero sería lo ideal y hasta más conveniente y excitante. Aunque hay muchos frentes de reforma universitaria en el mundo y cada quien viene trabajando a su manera, por ejemplo, destacan los europeos con el llamado Programa de Bolonia, al igual que en México en donde destaca el trabajo de Edgar Morín (Universidad de Hermosillo). Sin embargo, no existe ningún modelo a seguir, sólo estas experiencias”.

Cómo hablar de transformación universitaria sin ir a la raíz constitutiva y constituyente de los saberes. Sin llegar a develar las matrices epistémicas que las alimentan y sustentan. Tal vez, ello sea el factor que más impacta y espanta cuando estos asuntos son llevados a escenarios de fuertes escarceos con la intención de discernirlos plena y absolutamente. Había una prístina visión en Rigoberto sobre este específico aspecto:

No hay modificación universitaria si no hay, al mismo tiempo, cambios de la forma del pensar y un cambio profundo sobre todo en las ideas de los docentes. La transformación es un hecho natural en el mundo académico, las universidades no se transforman naturales ni espontáneamente, es la presión de la sociedad la que la induce. Es un desafío urgente, y abarca un cambio cultural, que debe aparecer en la agenda de la transformación y las políticas públicas de la misma”.

Rigoberto se atrincheró en un pensamiento apropiado para la resistencia intelectual.

Habitaba en Rigoberto la inmensa preocupación para incitar el pensamiento creativo-crítico en América Latina.

Continuamente refería que mientras en otras latitudes se hacen y dicen cosas; èl no lograba explicarse qué estaba pasando con esta parte de la tierra.

Rigoberto nos recordó como anécdota lo que siempre señalaba Carlos Fuentes hace ya algunos años, de que si acaso emergía filosofía en América Latina no sería precisamente a partir de los filósofos sino por voluntad de los literatos. Una exageración del mexicano, podría ser.

Ciertamente, cuánto pensamiento hay en nuestra literatura, cuánto pensamiento en nuestro lenguaje simbólico; pero que, si confrontamos con el ámbito de las ciencias sociales, vemos que no hay una relación; dicho de otra manera, no existe un enriquecimiento recíproco.

Suele ocurrir, mencionó infinitamente Rigoberto, que cada vez que nos encontramos en algún atolladero, en un atasco social, algún ocurrente sale proponiendo que hay que conformar una comisión de reforma, y jamás se les ocurre que de lo que se trata es de Transformar.

Porque por la vía de la reforma no vamos hacia ninguna parte. Por cuanto sólo por allí intentaremos reacomodar la cosmética. Revisar los esquemas, el aspecto, las apariencias. Mientras que la transformación va al fondo de los asuntos.

En América Latina requerimos que no únicamente los intelectuales piensen. Por cierto, palabra que siempre fue desdeñosa para èl.

Decía que cuando alguien se auto adjetivaba de intelectual había que colocarlo “bajo sospecha”.

 

 

Dr. Abraham Gómez R.

Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua.

abrahamgom@gmail.com

 

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