Cuenta la leyenda: Tradiciones de un lindo país que se llama Venezuela
Llegamos al último mes del año, mes en el que siempre acostumbramos a reunirnos con nuestros familiares y amigos para recordar el pasado, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestra manera de vestir, los mejores momentos vividos y recordar a aquellos seres queridos que se fueron antes, donde estudiamos, a los maestros y profesores que nos indicaron el camino a seguir… En la actualidad, creo que no existe un venezolano que no tenga un familiar fuera de nuestras fronteras, pero… esto no es excusa para preparar las hallacas, el pan de jamón, la ensalada de gallina, el dulce de lechosa o de cabello de ángel, y de parte de los andinos la chicha andina la cual se prepara en la unión de chicha de arroz y chicha de maíz, ligada con guarapo fuerte de concha de piña.
Aunque Venezuela ha sido un país pleno de ricas tradiciones culturales muy diversas entre sí, no todas ellas han sido ni lo suficientemente estudiadas y organizadas, ni conocidas y apreciadas plenamente por su población. En algunos casos, porque se trata de manifestaciones de rasgos profundamente locales que solo se practican en pequeñas y distantes poblaciones; en otros porque- como suele suceder con algunos platos de nuestra gastronomía tradicional- su uso ha sido sustituido por costumbres y practicas globalizadoras; y en ciertas ocasiones por simple desconocimiento o desinformación asociada algunas veces a un débil sentido de pertenencia nacional.
Existen en cambio, manifestaciones que aun siendo de origen muy regional-como el joropo, el calipso, la gaita o la parranda-se han convertido en símbolos de identificación nacional y otras que, a pesar de haber desaparecido por mucho tiempo-el caso de las tallas andinas o las cestas indígenas-, han recobrado fuerza e inusitada capacidad de innovación.
La mayor parte de las tradiciones culturales venezolanas, cualquiera que sea su situación actual, son el resultado de un largo proceso de mestizaje que comenzó hace quinientos años, desde el momento mismo en que se produjo el primer contacto entre los expedicionarios ibéricos y los habitantes originales del territorio que más tarde se llamaría Venezuela. Desde entonces, en un proceso que nunca se ha detenido, los aportes de los hombres indígenas, americanos, europeos, africanos, y posteriormente de otros continentes y diversas nacionalidades han quedado fundidos para siempre. En lo que revela, por ejemplo, la arquitectura coriana (Coro-estado Falcón) donde conviven las técnicas de bahareque, (paredes construidas con caña brava, la cual sostiene el barro que se prepara unido a ramas, paja y sangre de bovinos, y son viviendas de un ambiente fresco en relación al calor reinante en el lugar) son de origen indígena, y la tapia, española. O la “multisapida” hallaca, donde se encuentran bajo el cobijo del maíz técnicas de cocción y asimismo productos de origen asiático, europeo y africano. De igual manera el tamunangue, también llamado “sones de negros” donde se entrelazan sin distingo las danzas de salón europeas del siglo XIX, la cuadrilla, el vals, con el ritmo quebrado de origen africano.
Quinientos años después del inicio de este rico proceso de encuentros y mezclas, podemos afirmar que en Venezuela conviven, por lo menos, cuatro tipos de tradiciones culturales de sentido popular. Aquellas que podemos llamar de ORIGEN ÉTNICO AMERICANO, por responder a la cultura tradicional de los pueblos indígenas, conservadas e incluso extendidas en su uso nacionalmente, como es el caso de la arquitectura de la churuata (vivienda indígena de los pemones: (indígenas guayaneses) construidas de una manera muy vistosa y con conocimientos del tema tratado, también de la gastronomía del casabe: (arepa de harina de yuca amarga). Las de origen europeo, que han sido sometidas a un proceso de apropiación y reelaboración “criolla” pero que responden en su esencia a su matriz original occidental, como es el caso de la mayor parte de las fiestas populares del calendario religioso católico.
Las creaciones propias del mestizaje local, que son esencia aportes originales e innovaciones únicas en su aplicación nacional, como el joropo, las gaitas, las arepas, el mazato andino, el ponsigué, el píritu anzoatiguense, las mandocas zulianas etc. Y, por último, las tradiciones en las que predominan los elementos AFROAMERICANOS, especialmente en las manifestaciones musicales y danzarías de la costa central y el sur del lago y en el impresionante abanico de tambores-cumacos-chinbángueles-bumbac- que pueblan la geografía musical de nuestro país. En Cantaura, estado Anzoátegui, se celebra el día 2 de febrero, el baile de la Candelaria, el cual es poco conocido por estos lugares orientales, ya que es mas conocido en los estados andinos, (San Miguel de Boconó, Estado Trujillo) se trata de La Paradura, Robo y Búsqueda del Niño, su SIGNIFICACIÓN SOCIAL, consiste en una manifestación tradicional, realizada en un ambiente familiar y con rasgos profundamente teatrales, cuyos temas se relacionan con escenas conocidas de los primeros años de la vida de Jesucristo. Representando estos actos, descendientes lejanos de los autos sacramentales medioevales, los devotos buscan atraer buenos augurios, pagar promesas y sembrar esperanzas en sus hogares. También esa fiesta que comienza el día 24 de diciembre cuando se coloca el niño en el pesebre, luego es robado y aparece el día 2 de febrero, día donde se retiran y guardan todos los adornos, arbolitos, luces y todo lo utilizado, terminando con un ágape donde cada cual de los asistentes ha realizado su aporte.
En el paisaje de las tradiciones populares venezolanas, en su capacidad para establecer el diálogo, entre pasado y futuro, se encuentra una riqueza que es necesario explorar, conocer y disfrutar.
