Cuenta la Leyenda: Pueblos de Bolívar, al otro lado del río
Mapuey, Cosoiba, Karún, Piapoca e Imawari protagonizan este emotivo relato inspirado en la cultura del pueblo Sapé.
Ojos de tizón encendido. Y mucho más allá de las miradas, donde las aves se pierden en el vuelo y la soledad, el sol se agachaba al pie de los árboles. Iba el viejo de la luz muy contento a dormir luego de haber pasado la tarde entre miles de colibríes que traen miel de los jardines. P
araísos que están desde el comienzo de los días, en forma de círculos, y que protegen a las montañas sagradas donde nacieron los primeros padres sapé.
Aunque todo era de un gran resplandor, al otro lado del río un ser extraño se acunaba con movimientos lentos entre las plantas gigantes. No era posible salir de aquí, saber qué figura tenía o qué sentimientos guardaba.
—¿Qué animal extraño será ese? —preguntó la niña Cosoiba (la princesa de las aves y las frutas) a su padre mapuey (dios de la sabiduría y de los huertos).
Debe ser una danta que viene a parir y no quiere que nadie la vea, ni vayan a mirar sus crías —respondió Mapuey a Cosoiba.
Las aves que regresaban a estos árboles, en la otra orilla de las aguas, de pronto se asustaban y revoloteaban, como si una sombra de una manta oscura tratara de agarrarlas de un solo bocado de hambriento.
—¿Quién se esconde en esas ramas? —preguntó en otro sitio el pequeño Karun (espíritu sagrado de la pesca) a su madre Piapoca (dueña de los encantos de la selva), que no había notado nada extraño o peligroso. Karum estaba inquieto y comentó a Piapoca que allá no estaban los hijos de la noche; por lo tanto, no eran ellos quienes se ocultaban.
La luna está aún detrás de la montaña y allá no se dejará ver por las nubes tan grandes —comentó Piapoca a su hijo Karun.
¿Será un antepasado que ha muerto y viene a buscar a uno de nosotros y se lo quiere llevar a escondidas? Pensó Karum y se puso del lado de las piedras para descubrir quién se desplaza de un lado a otro, sin que se le viera la cabeza, ojos de asustado y los pies.
Cosoiba se asomó para ver el momento cuando su padre Mapuey se fuera por el camino de las lunas, a un lugar cercano del río, para tener buena pesca. Karun sintió la mirada de Cosoiba; ambos sonrieron. Desde entonces el fuego del amor los atrapó. Ellos eran niños, no habían cumplido los rigurosos y extremos rituales de iniciación. Se soñaban el uno al otro.
Pese a su corta edad, Karun debía ir con su gente cerca de la montaña sagrada, para traer carne de cacería. Esa noche Karun no durmió, estaba asustado. Estaba asustado. Sentía entre los árboles, las sombras y sus palabras escondidas en la memoria, que un ser misterioso lo estaba viendo.
Bajó de la hamaca. Se asomó hacia donde ya había nacido la luna y vomitó. Notaba un dolor en su cuerpo. Del vómito aparecieron extraños animales como iguanas enormes que corrieron hacia el lugar, donde en la tarde él vio que un animal o espíritu estaba escondido. Los animales que salieron de su vomito dejaban un camino de fuego, olor de carne podrida. Sobre las piedras se veía multiplicarse el asco de animales que estaban casi en estado de agonía.
Regresó a la hamaca; el cuerpo le temblaba del malestar y el miedo. De pronto, una luciérnaga estaba ante su mirada y eso le dio confianza en la oscuridad intensa en medio de la selva y donde solo le acompañaban el aleteo de pájaros de la noche y el constante rugir del río que se debatía contra las enormes piedras.
Ante la insistencia de la luciérnaga. Karún se preguntó si el insecto era la luna que tenía frío y buscaba meterse en la hamaca. El niño Karún cerró su mirada. Quería borrar el susto. Al poco tiempo, las aves revoloteaban atemorizadas. Los animales se sentían entre la hierba, e iban y venían como si un espíritu vengativo estuviera con amenazas.
Karún tuvo tiempo de soñar que él era el gran cacique y ante su persona se hacían ruedas de fuego, centros de piedras, ambientes de flores. El sol de la mañana venía a convertirse en un pez, en ese pozo de agua donde colocaba los pies.
En el centro estaba el y junto a la niña Cosoiba
En las montañas estaban todas las aves, que venían a festejar el amor de quienes en un tiempo pensaban unirse. Los animales de las montañas llegaban. Durante estas noches de verano, el fuego dejaba escapar esencias. Las familias de Karún y Cosoiba servían carne de venado, grandes trozos de casabe. Se cantaba a los hermanos, que ya se habían ido a otra existencia. De las estrellas llegaban animales mágicos, como gallinas con patas alargadas de lagartija verde y naranja, y serpientes con plumas de muchos colores, como si fueran de pavo real.
Animales que existieron solo cuando los abuelos poblaron por vez primera el universo Sapé. Karú despertó del sueño. La luciérnaga era Cosoiba, que él soñaba y la convertía en su esposa. En esos días, Cosoiba esperaba la primera menstruación y debía entregarse en toda su voluntad a los rituales y sacrificios de aprendizaje en la vida, para purificar su alma y fortalecer su cuerpo.
Karún todas las tardes se asomaba para ver el otro lado del río. De vez en cuando, aquel ser escondido entre los troncos, ramajes, serpientes y lagartijas daba señales. Era imposible saber si era un animal de la antigüedad de las estrellas o un espíritu que no ha entrado a la casa del agua y las nubes, y vaga a solas por la orilla de las aguas caudalosas. Cosoiba, ¿qué dice Mapuey de ese animal extraño más allá de las aguas? Preguntó Karún. La ha vigilado toda la noche y no sabe qué es, le tiene miedo —respondió Cosoiba. Piapoca, la madre de Karún, dijo que ella sí pudo ver los ojos de ese animal y son dos tizones encendidos, rodeados de humo; la lengua es de fuego que puede convertir en cenizas a las piedras del río.
El pequeño Karún, que aún no había cumplido los doce años, preparó el arco y envenenó las flechas. Disparó con tanto acierto que dio en la frente del misterioso ser. Avanzó a grandes saltos. Pasó a nado el río de las corrientes, que son peligrosas y pueden aparecer caimanes. El ágil y decidido guerrero estaba convencido de que había eliminado al monstruo.
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