Opinión

Cuenta la leyenda: La Guayana Colombiana

Antonio de Berrío vino de Santa Fe de Bogotá con una expedición de gentes de allá y capitulaciones de allá, para fundar la provincia de Guayana en 1593. En los primeros 140 años, la provincia de Trinidad Guayana dependió solamente de la Audiencia de Santa Fe y del Nuevo Reino de Granada. La capital de San José de Oruña, Trinidad.
Evelio Lucero
miércoles, 28 enero 2026

A Venezuela le duelen sus fronteras. Ya hemos perdido una quinta parte del territorio de la República que nos dejó Simón Bolívar. Y sin que se oyese un solo disparo, ni nuestro ni de los otros. Todo fue consecuencia de tratados y arbitrajes. Y en ese punto, ya han demostrado nuestros dirigentes y políticos que ellos han sido los principales subdesarrollados.

La Guayana Santafereña

Antonio de Berrío vino de Santa Fe de Bogotá con una expedición de gentes de allá y capitulaciones de allá, para fundar la provincia de Guayana en 1593. En los primeros 140 años, la provincia de Trinidad Guayana dependió solamente de la Audiencia de Santa Fe y del Nuevo Reino de Granada. La capital de San José de Oruña, Trinidad.

Sus límites eran, por el Norte, los ríos Pauto, Meta y Orinoco, hasta Trinidad inclusive; por el Sur, los ríos Papamene, Caquetá, Juapura y Amazonas, hasta su desembocadura. Como quien dice, más de tres millones de kilómetros cuadrados defendidos por un centenar de soldados.

Cuando los piratas holandeses saquearon Santo Tomé y profanaron las hostias de la Eucaristía, desde Santa Fe enviaron una expedición de 250 hombres en socorro de esa ciudad de 100 vecinos, que se acababa de trasladar a Matanzas, con el nombre de Ciudad del Santísimo Sacramento y de Guayana.

La Guayana cumanesa

En 1733, y solo por menos de 30 años, Guayana se separó de la jurisdicción de Trinidad para defender la Nueva Andalucía, cuyo gobernador residía en Cumaná y dependía de la Audiencia de Santo Domingo. Esta fue la época menos ventajosa para Santo Tomé, que quedó prácticamente abandonada. Los vecinos se quejaban de que ni siquiera les contestaban las comunicaciones. Es que Guayana solo producía gastos.

En 1762, otra vez volvió al Nuevo Reino de Granada, por cuatro años, en la jurisdicción de la Audiencia de Bogotá. Los santafereños recuperaban «su provincia». Era cuestión de honrilla.

Caracas se interesa por Guayana

En 1766, después del fracaso de la Comisión de Límites con Portugal, Guayana pasó a depender por dos años de Caracas, Gobernación de Venezuela dependiente de la Audiencia de Santo Domingo. Se comprende al recordar que era gobernador de Caracas D. José Solano, uno de los miembros más activos de aquella comisión.

En 1768 se agregó a la provincia de Guayana la Comandancia General del Orinoco y Río Negro. Sus linderos por el Sur llegaron hasta el Amazonas. Pero dependiente de la Gobernación de Venezuela, Audiencia de Santo Domingo. En esta época, los misioneros y el gobernador Centurión enrumbaron a la provincia hacia su mayor progreso.

Aunque en 1771 Guayana regresó a la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada, en 1786 se incorporó definitivamente a Venezuela. Por lo tanto, en los 193 años de su historia provincial, durante 159 años perteneció al Nuevo Reino de Granada y solo estuvo 34 años bajo jurisdicción de Cumaná o Caracas. Así se comprende que la República de Colombia, ya en tiempos del Libertador, tuviese algún interés en conservar o recuperar una parte de esa provincia.

El tratado Pombo-Michelena

En 1830, Venezuela se separó de la Gran Colombia. Pero nadie sabía los límites de la república por el Oeste. Y tres años después, en 1833, los plenipotenciarios Santos Michelena por Venezuela y Lino Pombo por Colombia, firman un Tratado de Amistad, Alianza, Comercio, Navegación y Límites que, en casi todas sus partes, nos hubiera resultado ventajoso.

Por ejemplo, del total de la deuda de 472.000 libras esterlinas que la Gran Colombia tenía con Inglaterra, a Venezuela solo le correspondía cancelar el 28%, mientras que los colombianos pagarían el 50% y los ecuatorianos el 21.5%. El Congreso de Colombia lo ratificó de inmediato, pero en el Congreso de Venezuela había muchos enemigos envidiosos del éxito de Santos Michelena, y encontraron motivos para no aprobarlo.

A pesar de que les enviaban apremios de Relaciones Exteriores, recordándoles la importancia del tratado y los inconvenientes de postergar su firma, hubo que pedir al Congreso de Colombia una prórroga tras otra, que fueron siempre concedidas. Pero los próceres de entonces, sobre todo los que nada sabían de fronteras, alegaban que Colombia estaba arrebatando territorio venezolano.

Dónde queda San Faustino

Hubo una vez un pueblecito, fundado por los tachirenses, que contaba con unos cuantos hombres de armas para proteger a la zona de los ataques de los motilones. Los fundadores habían ido de nuestro lado. Pero quedó como un fuerte o presidio dependiente solo de la Corona.

Posteriormente, varios de los nombramientos de ese fuerte se hicieron desde Santa Fe de Bogotá, sin constancia de que fuese territorio de Nueva Granada, pero tampoco lo era de las provincias que luego fueron Venezuela. Durante la Guerra de la Independencia, el general neogranadino Carlos Fortoul la sumó al territorio de su país sin hacer otras averiguaciones.

Algunos congresantes de nuestra república hicieron punto de honor en la recuperación de San Faustino, aunque tuvieron que preguntar dónde quedaba eso. También dijeron que la frontera en La Guajira debía empezar en el Cabo de la Vela y no en el Cabo de Chichivacoa, 75 millas más acá. Prometieron aportar documentos probatorios de que era nuestro. Y como era de esperarse, no los encontraron.

En cambio, los colombianos consiguieron nuevas pruebas y más concluyentes, que luego sirvieron para que perdiéramos muchos miles de kilómetros cuadrados de territorio. En 1840, el Congreso de Venezuela rechazó definitivamente el Tratado.

¿Y qué me dice de la frontera en los llanos?

Oigan esto: «la discusión se centró en San Faustino porque era lo único importante. En cambio, los desiertos de Sarare y los terrenos que ocupaban tribus salvajes (orilla izquierda del Orinoco) no tenían importancia». Así lo reconoce en aquellos días un diputado de los nuestros, el honorable García.

A pesar de ello, los colombianos no pretendían ser ribereños del Orinoco, y el Tratado Pombo-Michelena dejaba la frontera de los vecinos muy lejos de nuestro río. Solo se habían reservado la parte de los Llanos que venían ocupando desde muchos años atrás, que también fue parte de Guayana en 1593, pero nunca atendida desde provincias venezolanas, y sí desde Bogotá y Tunja, de donde habían salido sus colonos. Ahora se llama Vichada, Guainía y Vaupés.

No hay un solo documento venezolano entre 1833 y 1840 que reclame territorios en la margen izquierda del Orinoco, a pesar de que se establecen puntos de control de aduanas en el Meta, por donde subían embarcaciones a Colombia.

El Bochinche patriotero

Fue nuestro poeta Andrés Eloy Blanco el que escribió que: «Colombia es una Universidad, Venezuela un cuartel y Ecuador un Convento», y vaya si tuvo razón. Los gobernantes no tuvieron tiempo de dedicarse al problema de los límites con Colombia porque estaban ocupados en la conquista del poder por las armas.

En 1835 desterraron al presidente José María Vargas. En 1836, Páez derrota a los revolucionarios y lo restituye en la presidencia, pero tiene que renunciar unos meses después. Entre esa fecha y 1858 ocurren 8 o más levantamientos: el de Villa de Cura, el de Francisco Rangel, el de Zoilo Medrano, el de Jesús González, el de Tirso Salaverría, el de Ezequiel Zamora, etc.

Luego viene la revolución de marzo del 58 y el presidente Monagas se refugia en la Legación Francesa. Francia e Inglaterra promueven un acuerdo para que le dejen salir al exterior. Alzamiento de Falcón ese mismo año. Guerra de la Federación de 1859 a 1863.

Sobre esa tortuosa guerra fratricida, dice Nicanor Castro, en la convención de 1858, para justificar: «no somos ya de una misma raza, porque los cumaneses no son los merideños, ni los trujillanos tampoco son los margariteños; son muy diferentes sus profesiones, sus territorios, sus caracteres, en todo somos diferentes».

Y Antonio Leocadio Guzmán, en el Congreso de 1867, resume y justifica la estupidez patriotera con estas palabras de político en la época: «si los contrarios hubieran dicho Federación, nosotros hubiéramos dicho Centralismo». No hace falta más explicaciones para comprender por qué el Congreso de Venezuela no tuvo tiempo de concluir el Tratado de Límites con Colombia.

Que lo arregle el rey de España

Los gobiernos de Colombia y Venezuela acuerdan, en 1881, someter el problema de los límites al arbitraje de su majestad el Rey de España, «a fin de obtener un fallo definitivo e inapelable». Por parte de Colombia el plenipotenciario será el Dr. Carlos Holguín, que se lleva a España toda una falange de geógrafos, historiadores, y ratones de archivos, para que rebusquen en los antiguos documentos lo que favorezca a su país.

Por parte de Venezuela, el ilustre prócer General Antonio Guzmán Blanco se hace nombrar plenipotenciario y, al mismo tiempo, representante ante Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Italia, España, y Estados Pontificios. Fija su residencia en París, con aires de gran señor, y va a Madrid una sola vez, y solamente para dar el pésame a la regente Doña María Cristina, cuando muere su esposo Alfonso XII y queda como sucesor el menor de edad Alfonso XIII. Con próceres como ese general no necesitamos enemigos. Venezuela se limita a esperar los resultados.

El Ilustre Americano Guzmán Blanco «confía en la imparcialidad de la Corona de España», pero los colombianos triplican el número de documentos probatorios de sus derechos y amplían sus reclamos. Por fin el Laudo Arbitral de 16 de marzo de 1891 entrega a Colombia 200.000 kilómetros cuadrados del territorio que era venezolano al completarse la gesta de la Independencia.

La frontera en La Goajira acaba en los mogotes llamados «Los Frailes» que nadie encuentra y se convierten en Castilletes. Colombia se hace ribereña del Orinoco. Y perdemos definitivamente extensiones en La Goajira, Sierra de Perijá, San Faustino, Serranía de Tama, Sarare, Arauca, Meta y Río Negro.

Ahora echamos la culpa al árbitro. Sin recordar que en ese partido jugamos muy mal, con un capitán pretencioso e inepto y con los mejores jugadores en la banca.

Con los suizos será diferente

El presidente de la Comisión Helvética fue el nuevo árbitro en 1922 y no recuperamos ni un metro cuadrado de lo perdido. Solo sirvió para que los oradores se lucieran en el Congreso, demostrando a destiempo que, en eso de hablar bien y pronunciar discursos, no nos gana nadie.

Los suizos aportaron en 1923 excelentes geógrafos, cartógrafos, agrimensores y docenas de teodolitos. Pero los colombianos se las arreglaron para que las mediciones se hiciesen en puntos que «habían cambiado nombres». Total que Venezuela sigue perdiendo territorio.

El remate de 1941

El Congreso de la República de Venezuela, en 1941, tenía prisa en liquidar el problema de los límites con Colombia. El diputado Lara Peña y unos pocos más se enfrentaron a la mayoría oficialista aportando documentos y argumentos para impedir una aprobación precipitada. Sus palabras son memorables: «cuando yo estudié geografía en la escuela primaria me enseñaron que mi país tenía todavía 1.020.000 kilómetros cuadrados, los estudiantes de hoy aprenderán que solo le quedan 918.000 kilómetros, 108.000 kilómetros menos. Y eso en una generación».

Pero funcionó la aplanadora oficialista. La mayoría con 52 votos aprobó el Tratado el 17 de junio de ese año. Solo 4 diputados votaron en contra, y otros 8 se abstuvieron.

Antes habíamos perdido con la Guayana Esequiba. De la gran Guayana de 3 millones de kilómetros cuadrados de Antonio de Berrío, conservamos solo 458.345, incluyendo al Estado Bolívar, el Amacuro y el Amazonas. Menos de la sexta parte. Solo nos queda perder la frontera Sur a manos de los garimpeiros. Será cuestión de tiempo si la mantenemos despoblada.

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