2025: el año en que entendimos que el ruido no es poder
El 2025 fue un año ruidoso. No necesariamente transformador, pero sí revelador. Un año donde la política, tanto en Venezuela como en el mundo, se expresó más desde la exageración que desde la estrategia; más desde la narrativa que desde la solución. Hablamos de elecciones, de liderazgos agotados, de campañas que rompieron moldes, de presidentes que gobiernan desde el micrófono y de ciudadanos que aprendieron, a la fuerza, a leer entre líneas. Si algo dejó claro este año es que el poder ya no se mide solo por la capacidad de decidir, sino por la manera de comunicar esas decisiones.
Vimos cómo la política internacional se movió entre el showmanship y la improvisación. Estados Unidos fue el mejor ejemplo: un liderazgo que exagera, que dramatiza, que convierte cada conflicto en espectáculo y que, con cada palabra mal calibrada, desencadena efectos reales en mercados, gobiernos y personas que no votaron por ese presidente, pero igual pagan el costo. Aprendimos que la palabra presidencial no es retórica: es señal. Y que cuando esa señal se emite sin rumbo, el mundo responde con miedo, cautela o repliegue.
También fue el año en que quedó claro que la incertidumbre política amplifica cualquier debilidad económica. No importó que se reabriera el gobierno americano tras el shutdown más largo de la historia: los mercados no celebraron porque la confianza no se decreta. La inteligencia artificial prometió un boom, pero la política errática recordó que ninguna innovación prospera sin estabilidad. El dinero, como los ciudadanos, huye del caos sostenido.
En América Latina, 2025 volvió a confirmar un patrón conocido: el personalismo como atajo y como trampa. Liderazgos que no ceden espacio, partidos vacíos de relevo, generaciones completas esperando turno mientras los mismos nombres se reciclan. Y, en contraste, aparecieron señales de algo distinto: campañas que entendieron que la empatía no es debilidad, que la pertenencia moviliza más que el miedo y que la política puede volver a hablar en lenguaje humano sin perder eficacia. Fue el año en que vimos que romper el molde comunicacional no es un gesto estético, sino una decisión estratégica.
En Venezuela, el 2025 dejó una lección incómoda pero necesaria: el país no puede seguir viviendo de expectativas externas ni de narrativas maximalistas. Cada exageración internacional nos mostró cuán frágiles somos cuando otros hablan por nosotros. Cada gesto simbólico nos recordó que el aislamiento no siempre se impone; a veces se anticipa por miedo. Y cada episodio político confirmó que la crisis no se resuelve con ruido, sino con consistencia.
Por eso, al mirar hacia 2026, lo que espero, y lo que quiero, no es épica, sino seriedad. Menos líderes obsesionados con la foto histórica y más enfocados en el trabajo silencioso. Menos discursos incendiarios y más claridad de propósito. Más política que escuche y menos política que grite. Más liderazgos que formen relevo y menos figuras que se crean imprescindibles.
Para Venezuela, 2026 debería ser el año de la reconstrucción de confianza: entre ciudadanos y dirigentes, entre lo local y lo nacional, entre la política y la vida real. Un año donde la gestión vuelva a importar más que la narrativa y donde la cercanía no sea un acto de campaña, sino una práctica cotidiana. Y para el mundo, ojalá sea el año en que entendamos que el verdadero poder no está en dominar la conversación, sino en ordenar el rumbo.
Si 2025 fue el año en que confirmamos que el ruido no es poder, 2026 debería ser el año en que recordemos algo más simple y más urgente: gobernar no es impresionar, es responder. Y comunicar bien no es exagerar, es hacerse cargo.
