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La Búsqueda: La sabiduría de los comerciantes

Las palabras de nuestro maestro lograron reanimarme. A medida que nos adentrábamos en el barrio se acrecentaba el ambiente festivo. El bullicio me desorientaba, al notar esto nuestro anfitrión en su casa me tomó del brazo llevándome a un cómodo rincón donde me susurró al oído.
domingo, 09 enero 2022
Cortesía | Perdona mi atrevida mirada

Seguía hundido Coaxonehuatl en los recuerdos que habían dado sentido a su vida y a la búsqueda de las palabras que los dioses le habían susurrado. De aquellos divinos instantes sólo podía recordar los atroces impactos, que lo paralizaban en los momentos menos esperados y que le provocaban visiones donde veía a los dioses.

Estos recuerdos se fundían unos con otros y la única manera de recuperarlos era continuar peregrinando en el laberinto de sus memorias, ellos lo llevarían a esos instantes en que la eternidad lo acobijo.

Itzcoatl, sería el comerciante que me llevaría en su caravana a las tierras del Sur, era un desconocido. Lo conocí en el barrio de los comerciantes cuando se burlaban de su nombre, el cual estaba inspirado en un valeroso guerrero, que no tenía nada en común con su cobardía y timidez, él solo sabía pensar en riqueza y ganancias para atesorarlas, ese era el horizonte de su vida.

Era famoso por su avaricia, escondía sus llegadas al barrio con sus mercancías al usar los días nefastos para sus fechorías y sus hombres cargaban los bultos con de jade labrado, suntuosas plumas y tejidos entre la tenue luz lunar, que lo hacía invisible cuando desembarcaban sus canoas repletas de riquezas.

El Pochtecatl creía que pasaba inadvertido, pero algunos incrédulos a la tradición se regocijaban espiando y comentando las jugarretas del comerciante. Pero en ocasiones era tan cauto, que lograba pasar sin ser vistas sus correrías llevando y trayendo mercancías.

Esas noches, se decía que las calles y los canales de la ciudad pululaban fantasmas y monstruos que devorarían a los incautos, como las temidas Cihuateteo, se protegían los incautos de sus apariciones, elevando nubes de copal.

Una noche dominada por estos temores, se presentó Itzcoatl con el Señor de los Mercaderes, jefe del gremio de México Tenochtitlan, El Ombligo de la Luna.

Venía a invitarnos a su casa para planear la ruta del viaje y la fecha propicia para la partida. Nezahualcóyotl, nuestro maestro decidiría los caminos y la deidad que dominaría ese día.

Estudiaba las tiras sagradas y observaba las estrellas para escoger los caminos menos peligrosos y conocer el día propicio para el inicio del viaje.

Hasta ese momento los presagios no habían sido favorables para iniciarlo, esperábamos con impaciencia su palabra, pero él callaba.

Un mal presagio movía su cautela. La última vez que lanzó los granos sagrados, no quiso comunicarnos lo que estos le develaron, el terror de su rostro delató sus pensamientos. Algo nos escondía. Sólo llegábamos a saber que entre sus meditaciones me encontraba presente, porque entre sueños murmuraba constantemente mi nombre.

Cedimos a los ruegos de Itzcoatl, siguiéndole en un día nefasto por los caminos y canales de la ciudad. Su caminar inquietaba y su torva mirada inspiraba desconfianza. Despertaba la sospecha del consejo de los ancianos los frecuentes asaltos a las caravanas de los comerciantes, que iban bien resguardas con nutridos grupos de guerreros, y nadie se podía explicar que a pesar de estas continuas pérdidas sus riquezas no disminuyeran.

Inquietaba a los contadores de los tributos la ligereza con que declaraban la guerra a pueblos amigos, que luego quedaban completamente desbastados, destrucción que sospechaban ocultaba la avidez y pasión por la rapiña del gremio de los comerciantes.

Por esa razón a los mercaderes se les había prohibido actuar tan a la ligera, debían prestar la debida atención al protocolo al hacer los intercambios comerciales que debían tener en cuenta que el objetivo era obtener los tributos por el temor a las fuerza del imperio azteca, y evitar una guerra hecha con cobardía y no con el arrogo de los caballeros Águilas en las guerras floridas.

En poblaciones donde se interrumpió el comercio o surgían relaciones conflictivas, se enviaban embajadas para lograr la rendición, y como castigo a la rebelión se imponían nuevos tributos. Los embajadores hacían uso de la elocuencia de sus palabras para recordar a los rebeldes el poderío y la grandeza del dominio del Señor del Ombligo de la Luna. Parlamentos que tardaban días, obligaban a los alzados a recapacitar sobre su actitud y de sus consecuencias.

Al Señor del Ombligo de la Luna no le convenía la devastación de ninguno de sus dominios, pues las guerras disminuían su riqueza que provenían principalmente de los tributos. Incontables riquezas llegaban de los sitios más alejados: oro, piedras preciosas, cristales de roca, plumas, cacao, algodón, mantas, pieles, aves, caracoles, rodelas. Y los comerciantes y su gremio estaban involucrados en todas estas negociaciones.

Los pocos guerreros de la escolta vestía suntuosos penachos con plumas de águilas, nos guiaban tras disuadirnos nos convencieron de salir en una noche nefasta. De solo imaginar el fin de aquellos que se decía habían tenido los que se habían atrevido a salir en esas noches, todos teníamos terror. El temor se reflejaba en nuestros rostros, esto causaba gracia a los remeros, quienes irónicamente reían, y decían:

-¿Nunca han pensado, devotos sabios que el temor provocado por las creencias que los hacen titubear, tengan algún fin oculto?

Esas palabras me dejaron sorprendido. Un fuerte empujón de Itzcoatl, me hizo abandonar esos temores, mientras de manera burlona nos hablaba:

-Saben sabios que algunas veces los monstruos y fantasmas nocturnos poseen bellezas incomparables, mejor alejen sus temores, recuerden que vamos en grupo y nada pasará.

Nezahualcoyolt nos miraba y charlaba de antiguos cantos para tranquilizarnos. A pesar de nuestro temor nos adentramos entre los canales de la ciudad, dominados en esos momentos por el jaguar solar.

El agua del lago mostraba su negrura amenazante, cobijada por la tenue y misteriosa niebla que escondía las canoas de los pobladores. A medida que avanzaban las canoas, la oscuridad se hacía más densa. En las casas cercanas a las orillas que se podían vislumbrar entre las sombras de los canales, dominaba el silencio.

Sólo se oía el ladrido de un perro que otro, que seguramente cuidaban los fogones y jugueteaban con las ascuas que saltaban. Algunos canes eran muy apreciados por su sabrosa carne y otros por conocer los caminos del inframundo, por ello los enterraban con sus dueños.

Nuestros temores parecían haber sido infundados, no hubo ninguna monstruosa aparición entre los canales que surcamos. Al acercarnos al barrio donde vivían los comerciantes, se oían lejanos rumores de cantarinas risas y sensuales melodías.

Por momentos creí que estábamos cerca del paraíso regido por Tláloc. Veía a través de las nieblas el titilar de pequeñas luces que traspasaban la espesa niebla. Al llegar al barrio parejas de hombres y mujeres danzaban alegremente, vestidos con atavíos de dioses. El corazón me traicionó, y comenzó a palpitar aceleradamente, mientras imágenes de los posibles castigos que nos infligiría Tláloc por penetrar su paraíso sin haber pasado por los negros caminos de la muerte y haber muerto ahogados o hinchados. Conmocionado comencé a cantar a Tláloc,.

¡Dios de la lluvia y el trueno!

¡Dador de vida!

Con tus lágrimas riegas estas tierras sedientas,

con tu rugir provocas temor en nuestros corazones.

No develes ante mí tu paraíso

soy sólo un guijarro ante tu grandeza.

La voz rotunda de Nezahualcóyotl quebró mi inspiración.

– Despojo de Serpiente, calma tú celo, guarda tus cantares para una ocasión más propicia. No estás ante la presencia de Tláloc ni del Tamoanchan, estas entrando al barrio de los comerciantes. Entiendo tu confusión, muchas veces has pasado por aquí y siempre habías visto miseria y desolación. Esa es sólo una de las máscaras con la que se viste este barrio. Los comerciantes deben mostrar rostros de miseria. Pues recuerda que sólo pueden ostentar riquezas quienes las hayan ganado en hazañas militares.

– Si llamaran sus riquezas y su ben vivir llamaran la atención de los guerreros sería su fin, -continuo diciendo Nezahualcóyotl.-Pero los temores de este gremio ceden en las noches en que el pueblo se oculta. Lo que ves es el resplandor de la riqueza a la cual se aferran para huir a la fugacidad de la vida. No cierres tus ojos. Muchos años has pasado aislado a causa de la piadosa vida que llevas en el Calmecac. Ahora abre tu corazón y aprende. Observa cómo estos hombres ante la muerte responden con la alegría de vivir. Quizás exista alguna sabiduría en ellos. Medita esa realidad y comenzarás a comprender lo que ocurre más allá de las murallas del templo del saber.

Las palabras de nuestro maestro lograron reanimarme. A medida que nos adentrábamos en el barrio se acrecentaba el ambiente festivo. El bullicio me desorientaba, al notar esto nuestro anfitrión en su casa me tomó del brazo llevándome a un cómodo rincón donde me susurró al oído.

– Aspirante a sabio, que piensas de estas monstruosidades y fantasmas, ¿las deseas poseer?

Mi reacción fue de cólera, el viejo burlonamente continuó su conversación.

– Eres sólo un aprendiz. Rápidamente te domina la ira, ve como la intolerancia te ciega. Ve, solo ve y aprenderás verdades que no están escritas en los libros sagrados. Esas palabras nacidas de Itzcoatl me impresionaron, él había develado el rostro de su corazón. Desde ese momento lo comencé a apreciar profundamente. Después de tanto tiempo supe, que ese fue uno de los episodios que dejó una imborrable huella en mí, y determinó parte de mi destino.

La amistad de Itzcoatl me hizo comprender que no toda la sabiduría se encuentra entre los límites del templo. Comencé a interesarme por la vida y su diversidad, llegué a encontrar bellas verdades en los sitios donde menos lo hubiera esperado. Ante de conocer al pochtecatl sólo sabía de sacrificios que desangraban y debilitaban mi cuerpo y del saber de los códices. ¿Qué podía saber de la vida?, ¿acaso esa disciplina no la negaría?

Las exquisiteces que comimos durante el banquete se mostraban irreales. Nuestras comidas diarias no pasaban de dos tortillas con guajolote o nopal. Esa noche comimos leche del lago, serpientes acuáticas, aves, peces, miel de maguey y pulque. Los hombres, mientras comían y tomaban, conversaban de sus anécdotas. Itzcoatl nos alejó de Nezahualcóyotl, deseaba conocer los presagios que se auguraban sobre la caravana.

Pasada la medianoche, nos dirigimos a dormir en una de las casas de Itzcoatl. A él le inquietaba la inseguridad de nuestro guía, y nosotros no veíamos la necesidad de prorrogar tanto la partida. Pero Nezahualcóyotl estaba a la espera de un signo que le diera la fecha adecuada para iniciar el viaje. Yo ardía de inquietud por la espera, deseaba conocer las tierras del Sur. ¿Por qué? No lo sabía. Sólo intuía la importancia de aquella peregrinación.

Esa noche tuve un sueño, en él vi entre ensoñaciones parte de lo que Nezahualcóyotl esperaba. Me vi perdido en una intrincada selva, donde abundaban quetzales y colibríes…La luz del día era atrapada por las ramas de los árboles.

El calor era sofocante. Comencé, atemorizado, a correr hasta llegar a un pequeño valle cubierto de niebla, rodeado por una gigantesca muralla resplandeciente. Su interior se encontraba repleto de mazorcas dobles de maíz. Un muro de negrura impedía ver el centro del círculo. Al atravesarlo, me enfrenté a un ser gigantesco. Atemorizado, con el corazón desbocado, volví el rostro a la tierra, invocándola torpemente.

¡Diosa madre! ¡Bella turquesa!

Perdona mi atrevida mirada,

lleno de temor,

me tiendo humildemente ante ti.

Espasmos gobiernan mi cuerpo

¡Tu apaciguadora de los dioses, apiádate de mí!

Al vencer el temor, comencé a dirigir el rostro hacia aquella visión. Hasta ese momento sólo había visto sus dorados guaraches. Cegadora era su blanca ropa. Estaba frente a mí, sentado con las piernas cruzadas, los brazos descansando sobre sus rodillas; su pecho se mostraba lleno de vida; sus largas barbas parecían grises nubes a punto de derramar su líquido vital. El rostro era alargado, los cabellos parecían plumas de quetzal y su piel era dorada como el maíz. Los ojos mostraban una furia sobrehumana, me miraron fijamente. Su voz me recordó el tronar de los cielos.

Al hablar, su rostro se hacía amable, transmitía confianza. Al callar, volvía asumir rasgos monstruosos. Esos rasgos atraían y repelían. Cuando la calma retornó, logré romper la atracción de ese rostro.

-¡No sé cómo llegaste aquí!, dijo el gigantesco ser. Pero tu invocación a nuestra madre, la tierra sustentadora, me ha apiadado. Siempre aquellos que me recuerdan el corazón de la tierra y la vida, me ganan.

Pero oye Despojo de Serpiente,

en las tierras del Sur llegará a ti un peregrino nacido

entre cordilleras, enfebrecido como tú por el saber.

Conocerás por él lejanas sabidurías,

y se abrirá ante ti la Tierra sin Mal de los Karai,

Eencontrarás lo que tanto anhelas.

Veo en tu corazón deseos que te perderían.

Nunca dejes que la magia y la ambición te dominen.

El saber te abrirá las puertas de la verdad.

Tienes un destino que cumplir, la Era morirá,

la Diosa te develará algún día su rostro.

Nacimos para reencontrar la eternidad…

Mientras hablaba, lanzó sobre mí un puñado de tierra. Al tocarme sentí que atravesaba y transformaba todos mis órganos. Desde ese día pude ver el futuro, pero pocas veces lo intenté. Al desvanecerse aquella imagen retorné a la realidad. Nunca he sabido con certeza en ese momento cuál de esos mundos era el verdadero. No deseaba abandonar las imágenes que llenaron mi juventud. A través de ellas sentí que mi vida había sido una perenne aventura.

Ahora, aquí en el umbral de mi muerte, al pie de esta gigantesca ceiba deseo eternizarlas. Pero la insistencia de mis discípulos no me dejaba seguir en esa otra realidad, comenzaba oír a Tizoc llamarme angustiosamente.

-Maestro, maestro no nos abandones.

-Yo, he cumplido mi destino, he llorado y reído, he amado y sufrido. Ustedes aún tienen que cumplir con el suyo. Mientras decía esto, tomé el brazo de Tizoc, acepté el cuenco de agua que me ofrecía. Luego me despedí de cada uno de ellos y retorné a la búsqueda de las revelaciones que no pude soportar.

Recuperé la imagen del Dios, fue la primera vez que se me mostró. También volvió la imagen de Nezahualcóyotl, quien hiriéndome con su inquisitiva mirada, -decía-tuviste una revelación divina, el resplandor de tu rostro te delata, quizás esa sea la señal que he estado esperando para iniciar nuestras peregrinación.

Me encontraba confundido por la intensidad de aquel sueño, no sabía si el mundo donde floreció esa visión era la raíz del tiempo, y quizás desde ese día he vivido atrapado de por una ilusión. Angustiosamente buscaba asirme a esa visión, pero la fuerte voz de Nezahualcóyotl, me lo impidió.

¡Ese mundo aún no es el tuyo, regresa, regresa…!

El Dios que viste, nació en las tierras del Sur, él es el Señor del Sol y el maíz. En los glifos de los antiguos templos lo representan con el signo Kin. Sus palabras nos anuncian los peligros de la búsqueda que vamos a iniciar, en ellas muchas tentaciones rasgarán tu ser. Lo más peligroso será el anhelo de Poder que corroe los corazones, me dijo Nezahualcóyotl, tras haberle relatado la visión que había tenido: Debes aprender a conocer, no para saciar tu vanidad, sino como un acto de devoción. Así, te acercarás cada día más a la eternidad. En las tierras del Sur conocerás las respuestas a todas tus dudas, pero ahora es el momento de partir.

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