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La Búsqueda: La Ceiba pilares del cosmos

Al amanecer la despertó bruscamente su madre, porque una boa había estado durmiendo sobre su cuerpo. Antes de escabullirse pudo ver sus ojos, recordándole el sueño que acababa de tener.
domingo, 10 abril 2022
Cortesía | Todo se acaba, todo nace para morir

Músicos y cantores en cualquier sitio alegraban los corazones. Eran el camino que llevaban a Xóchitl a imaginar el rostro del pasado y entretejer sus hebras. Una tormentosa noche tuvo un sueño, en que la Diosa le develó uno de sus tantos rostros.

El recordarlo le producía aprensión, a pocos había sido capaz de contárselo. Tras aquel violento despertar, su madre le preguntó: Xóchitl, ¿Qué soñaste?, mientras le acariciaba su negra cabellera. No se atrevió a relatar lo que le había sido mostrado.

Esa mañana no tuvo lugar la acostumbrada conversación con su madre para hurgar los secretos de los sueños y descifrarlos, descubriendo así lo que los dioses nos advertía a través de ellos. Durante muchas lunas Xóchitl no logró apartar de sí esa visión.

Se vio en la entrada de un tupido bosque protegida por una muralla de ceibas. Por qué se encontraba en ese sitio, no lo sabía con certeza. Al adentrarse, vio gigantescas árboles que parecían tocar el cielo con sus copas, en sus ramas colgaban rostros descarnados.

Al acercarse a una de las ceibas, Xóchitl vio posarse en una de las ramas un búho blanco, en ese instante el árbol se cubrió de flores blancas y moradas, y se cubrieron de carne y vida. De sus labios surgía una extraña música que despertó todo aquello que había sido y serìa…

En el fondo de ese caótico fluido de imágenes, los ojos del búho se mantenían como la única realidad inmutable, como el palpitar de un corazón, sus ojos fueron aumentando de tamaño hasta devorar las imágenes que habían nacido de los cantos de las calaveras, que se transformaron en la cabeza de una boa con las fauces abiertas. Xóchitl, aterrorizada, se sintió devorada por aquel monstruoso ser.

Al sentirse en el interior de la boa su temor se acalló, tenía la certeza de que un secreto le sería develado. Se sumergía cada vez más en la profunda oscuridad. Pudo distinguir cuatro majestuosas ceibas, que mostraban sus cortezas carcomidas, agotadas por el tiempo.

En el centro de los majestuosos árboles había un par de ojos, una danta, que emanaba luz lunar. Al intentar caminar al claro donde se encontraba el mágico animal, las ceibas cayeron, y con ellas el universo parecía haberse derrumbado.

Al concluir aquel cataclismo cósmico, la danta habìa desaparecido. y había en lugar del majestuoso animal una blanca doncella, recubierta de hojas de ceiba y jabillos. Al llegar al centro de aquel claro de selva hizo un enérgico gesto, con la mano derecha señalando la luna que en ese momento volvía a mostrar su rostro.

Varios espirales se fueron desplegando formando un tortuoso laberinto alrededor de la bella joven, y estaba ante la Diosa de la luna joven. Le hizo un gesto a Xóchitl para que se acercara. Le dirigió su mano y le entregó cuatro semillas de ceiba, que al despertar las encontró entre su puño izquierdo.

Al amanecer la despertó bruscamente su madre, porque una boa había estado durmiendo sobre su cuerpo. Antes de escabullirse pudo ver sus ojos, recordándole el sueño que acababa de tener. Despojo de Serpiente fue a quien Xochitl le comentó ese sueño, para que se lo interpretará.

-Las cuatro ceibas -le dijo el tlamatini-representaban los pilares de esta Era que está a punto de acabar. Las calaveras que colgaban de las ramas eran los rostros de los últimos profetas que morirían con las sagradas ceibas. El búho simboliza la sabiduría que sería despreciada por la nueva humanidad. Y la danta blanca era uno de los rostros de la Diosa triple, en esa forma era invocada como Zaquí-Nima-Tziiz, regente de las lluvias y la luna vieja.

Esa mañana, mientras trituraba los granos de maíz entre el vientre del metate, no conseguía que sus rítmicos movimientos acompañaran a sus pensamientos, tampoco lograba recordar los cantos que alegraban ese tedioso trabajo.

No podía borrar de su memoria la escultura de piedra de Xochipilli, que se encontraba en el jardín del Calmecac, le inquietaba que el Dios ocultara su rostro tras una máscara.

¿Cuál podría ser la razón de que un Dios escondiera su rostro?, se preguntaba con insistencia, intuía que su destino estaba ligado a la verdad que se ocultaba tras esa máscara. Esa inquietante duda había convertido a esa deidad en un enigma.

Las festividades que se realizaban en torno a Xochipilli le eran conocidas por la música y las declamaciones que la acompañaban, y eran uno de los pocos momentos de sosiego en su vida. Mientras hacía sangrar el maíz, podía oír la agitación que había en la casa de las flores.

El invierno se acercaba, la luna vieja pronto derramaría su líquido vital sobre la tierra. Esa noche, la angustiada buscadora de la verdad, me había seguido con algo de comida para que alimentara mi enflaquecido cuerpo.

Al alcanzarme estaba abrazando la tierra frente a la ceiba sagrada. El temor la invadió al oírme hablar en olvidadas lenguas. Se acercó sigilosamente, cuando huía del Ombligo de la Luna, extrañada por mi sufrimiento.

Por largo tiempo estuve inmóvil, hasta que me levanté y mí fatigado cuerpo abrazo fuertemente el tronco de la ceiba, sus punzantes espinas atravesaron mi piel, hilos de sangre comenzaron a manchar mi roída túnica. Esto no lo pudo soportar Xochitl, rompiendo el tenso silencio exclamó:

¡Coaxonehuatl!, llevas la tormenta divina en tu corazón

Por qué hieres tu carne como los adoradores del Dios,

que aman la guerra florida ?

Al terminar estas palabras, dejó bajo mis pies un paquete de alimentos que había traído consigo. Era la única doncella del valle de cuyo corazón podían surgir tales palabras.

Xochitl tenía tiempo esperando la conjunción de la luna vieja con la estrella del perro. Una calurosa noche mientras el crujir del maíz tostado la inquietaba. Decidió caminar por el poblado para buscar aire fresco.

Recorrió furtivamente las calles para evitar que los centinelas nocturnos la vieran. No sabía con certeza a dónde iría, al llegar a los canales, decidió dirigirse al jardín de Xochipilli.

Giró su rostro al cielo, y vio a la estrella del perro entre el vientre de la luna vieja. Antiguas creencias recordaban que esa uniòn era la primera gota de agua que caía al cántaro de la luna.

El aire estaba preñado de humedad, lo árboles gemían por el largo verano. El arroyo del soto languidecía. Pero la tormenta se anunciaba, se había dado la conjunción que anunciaban las lluvias, y buscó el cobijo en un frondoso árbol para protegerse de la tormenta, que estaba pronta a estallar.

La lluvia esperada llegó, las aguas se hincharon y el pozo se transformó en un lago. Tláloc hería la tierra con sus rayos. Al amanecer, la tormenta había comenzado a amainar. Una espesa bruma cubría el bosque y un ensordecedor coro de sapos sustituía el tronar de los rayos y el crepitar de la lluvia. ¿Serían estos sapos los niños divinos nacidos del fuego y la tierra anunciados en los cantares?

Con los primeros rayos de luz, la niebla comenzó a disiparse, pudo ver entre el barro la huella de los rayos que hirieron a la tierra. Deseaba observar los hijos nacidos de esa unión de cielo y tierra.

Levantaba afanosamente hojas, ramas, removía matorrales y troncos podridos. Repentinamente, el coro de sapos había callado y resonaba el croar de un sapo que hacía vibrar el bosque. Siguió ese rastro sonoro, al acercarse a él vio algo que la llenó de terror y la paralizó, ninguno de sus miembros obedecían su voluntad.

Se encontraba frente a ella un enorme sapo, con los ojos inyectados en sangre, sus colmillos de serpentinos se veían en la comisura de sus labios dirigidos al cielo. Tras cada croar expulsaba por su boca flores y mariposas. Al terminar de croar desapareció misteriosamente en el lago.

El delicado y bello cuerpo de Xóchitl comenzó a distenderse y pudo moverse. Sintió como si un mal sueño la hubiese abandonado. El calor del amanecer le dio nuevos bríos y continuó a la búsqueda de los hijos divinos antes de que llegaran los sacerdotes y devotos de Xochipilli. Ese día ningún extraño debía acercarse al bosque sagrado.

Solamente encontraba pequeñas flores que parecían falos. Al recordar la tormentosa lluvia volvieron a ella las palabras de sus padres cuando la sangre brotó de su cuerpo por primera vez. Nunca pudo olvidarlas.

Nuestra amada flor de quetzal,

en este mundo hay sufrimiento y dolor.

Todo se acaba, todo nace para morir,

los dioses nos dieron algunos dones para sonreír.

Entre ellos está el amor, que alegra los corazones

al igual que los cantares, la música y la danza.

Ellos nos hacen olvidar la guerra y los sangrientos

Sacrificios, que exige Huitzilopochtli….

Al recoger las flores en forma de falo, se dio cuenta que eran hongos, mientras los recogía su mano tropezó con una piedra rectangular, era la base de la escultura de Xochipilli, el señor de las flores. A él dirigió su atenta mirada, le resultaba incomprensible los signos que acompañaban al Dios. Al ver con atención las flores en cuyo centro se encontraba una mariposa chupando su néctar, intuyo la respuesta a su búsqueda: las extrañas flores que tenía entre sus manos eran el néctar de los dioses, el don de Xochipilli habían brotado de la boca del sapo. A ellos debían referirse los tlamatini, los cantares y los guerreros en sus cantares.

Ahora podía comprender el amor de los cantores y profetas a esos hongos. Los cantos adquirieron un nuevo sentido. Xóchitl recitó un canto tras comer varios de estos hongos:

¡Xochipilli! ¡Xochipilli!

Abrenos la puerta de la eternidad,

crece y déjanos comer tu cuerpo,

para descorrer el velo de la realidad.

La pequeña flor debía ser la vía al paraíso. En ella se realizaba el matrimonio del cielo y la tierra, por el cual los devotos de Xochipilli podían franquear esas puertas, creía saber cuál era la vía para conocer su destino y el verdadero rostro del Dios.

Las dudas habían quedado atrás, al igual que la tormenta. Xochitl llevó a sus labios hongos, que mastico y trago a pesar de su sabor terroso, imitando el gesto de la mariposa que se encontraba labrada en el pedestal de la escultura de Xochipilli. Al hacerlo, sintió como un rayo la atravesara, y un filoso pedernal le herìa el corazón, placer y dolor, risa y llanto se entremezclaban. Al exorcizar de esos sentimientos sintió su alma liberada de la carga de la vida, era como si estuviera pisando por primera vez la tierra.

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