Sucesos

Relatos de la Justicia: Indígenas ancestrales

"Doctor al parecer esto se prolongará por días, no creemos que se vaya a levantar la protesta ni hoy ni mañana".
sábado, 27 febrero 2021
Helen Hernández | Eventos sobrenaturales acompañaron el viaje

Voy a contarles una anécdota de esas sin explicación científica, pero cargada de mucho misterio por las cosas que me sucedieron. Aún hoy día y a pesar del tiempo que ha pasado, las repaso vívidamente en mi memoria.

Ya les conté que hace años estuve cerca de 15 días secuestrado en el Kilómetro 88 de la troncal 10 que atraviesa todo el estado Bolívar.

Resulta que uno de esos días en los que quedé secuestrado por el cierre violento de la vía y por la amenaza de muerte proferida en mi contra por sus promotores, me abordaron los oficiales del Ejército que tenían a cargo mi custodia y que habían compartido conmigo desde que me trajeron desde la ciudad y uno de ellos me dice:

«Doctor al parecer esto se prolongará por días, no creemos que se vaya a levantar la protesta ni hoy ni mañana». Yo asiento con mi cabeza y le digo con tono de desaliento:»Si hermano, aquí nos vamos a podrir y ustedes en este trance conmigo sin necesidad».

Apenas dije eso, se me acerca y dándome unas palmaditas en el hombro me dice:»Hombre de poca fe, déjele eso a Dios y relájese, ya lo que usted pudo hacer lo hizo y nos consta» al decirme eso y ver que mi ánimo no cambió me vuelve a dar una palmada en el hombro y me pregunta:

– ¿Y si vamos para la Gran Sabana? De aquí no nos queda tan lejos, así se echa un baño en una de esas pozas y se le quita el pesar.

Yo ni siquiera me permití pensarlo, de una vez lo atajé diciéndole:»Bueno tú me estás escoltando a mi o a Valentina Quintero», lo que hizo que explotara de su boca una sonora carcajada.

Apenas se repuso de su pequeño ataque de tos producto de la carcajada insistió:»Doctor el comandante del Fuerte Militar que está justo a la entrada del Parque Nacional Canaima es gran amigo mío, ahí todas las semanas viene y va hacia la ciudad un helicóptero por logística y provisiones, es posible que podamos montarlo en él para que regrese, y ya que estaríamos en la Gran Sabana…».

Luego de una larga pausa a la espera de mi respuesta, lo miré con extrema severidad y le pregunté: ¿Y por qué coño no me habías propuesto eso antes?

Él aún riendo me respondió:»Porque no lo había pensado y se me acaba de ocurrir».

Fue cuestión de minutos para que ese Jeep verde oliva emprendiera la ruta hacia lo más sur del país, buscando encontrar la suerte de tomar ese helicóptero que me llevaría de nuevo a mi dulce y entrañable hogar.

Por el camino conversamos de todo, de las experiencias de los tres a bordo, tanto de lo divino como de lo profano. Ambos sargentos habían trabajado años atrás en ese Fuerte Militar llamado coloquialmente como “Fuerte Luepa” por el nombre de la localidad donde está situado.

Dentro de las distintas cosas que hablamos, me contaron de las formas y cultura de los indígenas, sus leyes, rituales y hasta de sus «habilidades».

Eso me hizo recordar que muchos años atrás en mi adolescencia, conocí también a un efectivo militar que me contó una extraña anécdota que le había sucedido a él con unos indígenas de Amazonas y me dispuse a contársela para así aportar algo al tema de las «habilidades» indígenas.

Resulta que este amigo mío estaba destacado en uno de los puestos de vigilancia fronterizos en el estado Amazonas, sólo en lancha y helicóptero se llegaba a él, pues la selva espesa impide el arribo en vehículo o a pie.

En su primera llegada al punto fronterizo lo presentaron como bienvenida ante la comunidad indígena, ya que es de la «Ley Aborigen» que el Cacique deba hacer su ritual de aceptación, bendición y final bienvenida.

Ese día coincidió con algunos otros rituales de la Tribu, le dieron de comer y de beber de la comida tribal, en fin lo hicieron sentir como uno más de ellos.

En determinado momento se hizo una pausa en la celebración y de una esquina de la congregación aborigen se puso de pie un indígena anciano y señalando al recién llegado militar, profirió unas palabras en tono de voz fuerte en su dialecto y luego se acercó a este y poniendo una mano en su pierna, dijo otras palabras muy eufórico y se marchó sin más de la reunión.

El extrañado huésped se quedó en total incertidumbre pues no entendió una sola palabra de lo que aquel hombre le había dicho, pero la escena ameritaba que alguien le explicara, ya que el rostro de los presentes mostraban uniforme seriedad debido a lo que había dicho aquel misterioso anciano.

Mi amigo preguntó al Cacique que medianamente hablaba español y éste haciendo señas para que todos los dejaran solos le explicó: «El buen hombre que acaba de hablar es uno de nuestros gurús, el ha visto que usted está próximo a sufrir un grave peligro».

El inadvertido invitado aún con más dudas de las que ya tenía le preguntó al Cacique: «¿cómo que corro peligro?, ¿Pero qué clase de peligro?, ¿Cómo lo sabe?»

Y ante tantas preguntas el Cacique solo le respondió:

-El es un alma de un jaguar en el cuerpo de un hombre, el corre en un tiempo distinto al suyo y al mío, el puede ir y volver a cualquier lugar más rápido que cualquiera y por eso el sabe que en el futuro usted corre peligro.

«¿Pero cuándo y de qué peligro se trata? Debo saber», dijo mi amigo.

El Cacique se levantó y le dijo: «Tranquilo no va a morir, él lo va a salvar, eso fue lo que le dijo cuando posó su mano en la pierna» Y diciendo esas palabras el Cacique se despidió de él y de la celebración.

Al cabo de unos meses y aún encontrándose en aquel puesto fronterizo, mi amigo dirigió una operación de patrullaje y se adentró en buena parte de la espesa selva amazónica.

En una de esas noches del operativo, salió a relucir aquel episodio que vivió y se los contó a su escuadra que se encontraban todos reunidos hablando de sus historias de la selva y al parecer aquel gurú había dejado constancia en todos los presentes de que realmente tenía poderes místicos.

Muchos llegaron a contar como por ejemplo lo habían visto en un lugar y luego habiéndose ellos desplazado cientos de kilómetros en lancha o helicóptero lo habrían visto en el lugar de destino.

Eso le llamó la atención a mi amigo pues recordaba aquello que le había dicho el Cacique:»Él puede ir y volver a cualquier lugar más rápido que cualquiera y por eso él sabe que en el futuro usted corre peligro».

Esa noche obviamente que no pudo dormir por dos razones, la importante misión de resguardo que conllevaba el operativo de patrullaje que ejecutaban y aquella premonición mística del misterioso personaje.

Sin embargo, los días restantes del operativo sucedieron sin novedad, hasta que ya de regreso al final de la misión tuvieron que pernoctar en un asentamiento indígena, debido a una de las más estruendosas e impresionantes tormentas que habían acontecido recientemente en la selva.

Antes del alba y aún con la oscuridad de la noche mi amigo se dispuso ir hasta una de las cercanías del refugio a ocuparse de algunas urgencias biológicas; cuando sintió como si un corrientazo le hubiere alcanzado su pierna derecha a la altura del muslo, a unos centímetros más arriba de la rodilla.

Cuando bajó la mirada observó que había pisado la cola de una gran serpiente que dividía su cuerpo entre el piso y la rama de un arbusto desde donde su cabeza soltó el violento ataque. De inmediato el ofidio se escabulló entre la espesura de la selva dejando solo su ponzoñoso veneno y el grito de la voz grave de su víctima.

Al oír su horripilante grito sus compañeros y varios de los miembros de la Tribu que les dio posada lo socorrieron y lo llevaron dentro del refugio.

El dolor era insoportable, sentía como si un tizón le ardía la piel justo donde fue la mordida, eso le hizo recordar el lugar exacto donde lo tocó el Gurú…

Recordar aquello le hizo confirmar que la nefasta predicción se había cumplido, no había espacio en su mente para recordar que también el anciano había prometido salvarlo, el dolor se apoderaba hasta de sus pensamientos.

Sus compañeros de patrullaje y los lugareños no hallaban forma de aliviar su dolor, perdía el conocimiento intermitentemente, la fiebre ya invadía su cuerpo.

Decidieron montarlo en la lancha a pesar de lo crecido y peligroso que había amanecido el río y al miedo que tenían de zozobrar, pero la necesidad de salvarlo obligaba al riesgo.


En un codo del río y con mejor frecuencia para la radio lograron dar la novedad y fijaron coordenadas para un punto de evacuación del herido mediante un helicóptero.

Sin embargo, ese punto estaba un poco más de 100 kilómetros de distancia de dónde se encontraban, aunado al hecho de que con el río crecido completar la misión de rescate se transformaba en algo más que una hazaña.

Convulsionó varias veces en el trayecto, soñó con que viajaba al pasado y recordó una vez que junto a su padre rescataron a un cervatillo hembra y lo entregaron a manos de un indígena que curiosamente en ese sueño tenía el mismo rostro de aquel que le predijo este fatal episodio. Pero su mente lo trajo a la realidad y confirmó que no fue un sueño, que ese hecho pasó y fue en una finca de un tío en el estado Apure, solo que estaba muy niño para mantener aún fresco ese recuerdo.

Llegaron finalmente al punto de evacuación, bajaron de la lancha a tierra firme en una especia de escampado de aproximadamente una hectárea rodeada de la espesura de la selva, pero el helicóptero aún no había arribado.

Ya no sentía el cuerpo, sentía como poco a poco se desvanecía, los latidos de su corazón cada vez sonaban más lentos en sus oídos, vio su muerte en la mirada de sus compañeros que se agolparon para darle resucitación cardiopulmonar, pero él seguía viendo todo con pasmosa calma, no entendía porque hacían todo eso sí aún podía sentir, escuchar y hasta ver.


Y fue a través de su agudo sentido de la vista que aún conservaba, que observó como todos sus compañeros salieron en espantada carrera al momento en el que desde la espesa selva aparecía corriendo aquel gurú con el cuerpo cubierto totalmente de pie a cabeza con una especie de pintura muy parecida al betún negro y con pequeños puntos color amarillo, como si se tratara de algún tipo de camuflaje étnico y sacando de detrás de su oreja izquierda una oruga gorda y verde la introdujo en su boca haciéndole tragar su espeso y amargo contenido para luego desaparecer mágicamente hacia el mismo lugar de donde apareció.

Al cabo de unos segundos sus compañeros volvieron a él y vieron como sorprendentemente ya tenía pulso y tenía tono en sus pupilas.

«¿Qué pasó aquí?», «¿Qué acaba de ocurrir?», «¿Todos vimos lo mismo?» Eran las preguntas que se hacían sus compañeros mientras ya comenzaban a escucharse las fuertes brazadas del rotor del helicóptero que ya empezaba a descender para su rescate.

Al alzar el vuelo y tener algunos kilómetros recorridos, la salud de mi amigo ya estaba recuperada casi en su totalidad, sus compañeros atónitos con lo que acababa de suceder no entraban en su asombro.

El convaleciente que aún los veía con caras de asombro les dijo:»Al final parece que el anciano sí me salvó la vida. No sé qué tenía el gusano que me dio a beber, pero al parecer eso me curó» y comenzó a reír aún viendo que sus compañeros seguían con caras de asombro. Hasta que uno de ellos le dijo:

«Ya va hermano tú me estás jodiendo» y le preguntó tomándolo de sus brazos ¿De qué anciano estás hablando tú?.

-Tú estabas muerto hermano, le refutó, no pudiste ver nada yo mismo te tomé el pulso y no respirabas, ¿de qué anciano hablas tú? si de la selva lo que salió fue un jaguar y no nos quedó otra que salir corriendo, para luego ver que el jaguar lo que hizo fue lamerte varias veces la boca y así como apareció se fue y luego PUM, tú estás vivo y mejor que nunca.

Aquella revelación habría pasado como una alucinación sino hubiera sido vista por todos, quienes asentían con la cabeza mientras el narrador contaba la sorprendente escena de lo acontecido a sólo minutos atrás.

Cuando el helicóptero llegó al pueblo más cercano, fue atendido en el dispensario rural por el médico de la población y su diagnóstico fue irreversible, estaba más sano nunca.

Aún sin creerlo el jefe del operativo de rescate ordenó llevarlo en helicóptero hasta la capital del estado para que lo viera un médico especialista. Fue ahí cuando abordaba nuevamente el helicóptero con rumbo a su nuevo destino, que observó como en la distancia y retirado del lugar de donde estaba a cientos de kilómetros de su Tribu y a otros cientos más de dónde había ocurrido aquel misterioso evento en el que fue resucitado por un jaguar, vio sigilosamente adentrándose nuevamente a la espesa selva a su amigo el anciano e indígena Gurú, su salvador, quien con un gesto con su mano y brazo derecho como haciendo un semicírculo se despidió, borrando todo rastro de él…


Cuando terminé de contarles aquella historia a mis dos buenos amigos los sargentos, no estaba ni cerca de creer de aquello que estaría próximo a vivir en aquellas tierras mágicas ancestrales.

Ambos se quedaron mirándome con total incredulidad, aunque el Sargento Santana asintió con su cabeza durante toda mi historia, como aprobando cada episodio en el que mencionaba algo del misticismo aborigen y luego más adelante del trayecto entendería el porqué de su seguridad.

Finalmente llegamos a una pequeña posada que sirvió de antesala a lo que sería el destino final de nuestra travesía, el cual era un lugar distinto del que me habían «convidado» los sargentos.

Una vez en la posada observé como al bajar del Jeep el sargento Santana fue abordado de inmediato por una mujer de evidentes rasgos indígenas, sin embargo su estatura era algo superior a la estatura promedio de las etnias de la zona y su tono de piel algo más claro que el clásico acanelado propio de la etnia autóctona.

La dulzura de la bienvenida y el brillo en los ojos de la mujer al saludar a Santana me hizo entender toda la tramoya. Santana nos presentó con la dama, María era su nombre y de inmediato le pidió que nos buscará algo de tomar frío para el calor, al entrar la joven dama y quedarme sólo con los sargentos de inmediato no perdí la oportunidad y le dije a Santana:

«Imagino que María es tu amigo el comandante del fuerte militar, espero que el embuste haya sido por la necesidad de venir a parártele firme».

Las carcajadas de Santana y del sargento Vilchez irrumpieron el silencio de la posada. «Usted es de mente rápida Doctor», me dijo Santana, aun con la picardía en la risa.

Aprovechó en justificarse y me abordó:»doctor si le hubiera dicho que venía a visitar a mi mujer, seguro usted se habría negado, pero no crea que la versión del comandante y el helicóptero es mentira, todo eso es verdad, pero eso lo haremos mañana, hoy déjeme atenderlo aquí y mañana temprano vamos a resolver lo de su regreso».

«Imagino que no puedo negarme porque me tocaría regresarme a pie y yo no me convierto en jaguar» le dije. Las carcajadas volvieron a resonar.

Entramos al salón de la posada y ya María nos esperaba con tres grandes y helados vasos de agua de panela, la sequedad de la boca producto del calor y de la larga historia que les acababa de contar se vio compensada con la cítrica, dulce y fría bebida, la cual bebí casi de un sorbo, por lo cual María muy atentamente me retiró el vaso de las manos y se retiró a recargarlo nuevamente.

En ese espacio Santana me abordó nuevamente y me dice:»María es criolla, su mamá es indígena y su papá un europeo que sucumbió a los encantos aborígenes, de otra forma yo no hubiera podido tener una relación con ella, los indígenas son gente muy estrictos en eso».

Me explicó que la posada era un proyecto del papá de María y que él lo ayudó años atrás cuando participó en su rescate, cuando la avioneta en la que se dirigía a Canaima se desplomó muriendo todos los tripulantes menos él.

Desde allí creció entre ellos una sólida amistad y luego con los años María siendo una niña en aquel entonces, se hizo adulta y nació el amor entre ellos.

«Con ella he aprendido muchas cosas de las tribus indígenas, por eso todo lo que nos contó en el camino yo sí lo creo, ellos tienen una forma muy peculiar de ver la vida y la naturaleza», contó.

«Claro tu sí conoces los misterios mejor guardados de los indígenas, mucho más que Vilchez y yo», le dije justo cuando volvía María con un vaso helado de aquel delicioso néctar.

Una vez más las carcajadas de Santana y Vilchez hicieron eco en las paredes de la posada.

Santana había dispuesto hacer una visita a uno de los saltos más cercanos, apenas terminamos de comer un suculento almuerzo, nos enrumbamos hacia el primer salto que da la bienvenida a los visitantes de la Gran Sabana, nunca antes yo había ido hasta esos confines del estado, era uno de los viajes más postergado, hasta que sin mucho planificarlo y de la manera más improvisada había venido a parar a estos paradisíacos lugares gracias al fracaso de una misión profesional, así de curiosa y paradójica es la vida.

Cruzamos el río que desemboca en la alucinante cascada y descendimos del vehículo a contemplar con mayor agrado aquel regalo natural que se abría a nuestros ojos. Lo impetuoso del crujir del agua chocando con las piedras al final de la cascada, la bruma que se desprende de ese choque y nos bañaba como una pequeña llovizna privada solo para nosotros, hizo que ya con solo eso el viaje valiera la pena.

Santana me dice que si deseaba bajar y me enseña con el índice un sendero por dónde podía hacerlo, me le acerco para que el ruido del agua le permitiera escucharme y le pregunto: ¿Es seguro? Y él me responde:»En la Gran Sabana nada es seguro, pero vaya que tampoco es complicado».

Al decirme eso más bien me generó muchas más dudas en bajar, pero unos metros más a mí derecha Vilchez me grita: «que pasó doctor, no se le acobarda a los delincuentes pero sí a una simple cascada» y luego de las sonoras carcajadas de él y de Santana me volvió a gritar:

-Vamos yo lo acompaño.

Dicho esto comenzamos el recorrido por la ladera derecha de la cascada, como bordeando la escarpada caída de agua, la humedad de las rocas, los escasos apoyos donde afincar las pisadas y la constante llovizna cayéndonos sobre nuestra humanidad, hacía que una aparente excursión sencilla, se convirtiera en segundos en un viaje extremo al precipicio de la muerte.

Vilchez se había adelantado lo suficiente como para ya no verlo, la vertiginosa ruta hizo que prácticamente se desapareciera bajo mis pies, mi orgullo y mi ego de explorador frustrado obviamente no podían salir herido de aquella peripecia, no podía volver atrás y menos pedir ayuda.

Llegó un momento en que básicamente el camino se acabó para mí, a la derecha tenía la inconmesurable garganta escupiendo agua y haciéndola sonar como un trueno infinito y a mi izquierda una inmensa y distante roca que me hacía imposible acceder a ella, ya que al parecer detrás de ésta continuaba el sendero de bajada.

Ya ni siquiera podía pedir ayuda puesto que desde donde estaba no podía ver a Vilchez y mucho menos a Santana que se había quedado con María arriba en su improvisada de luna de miel aborigen.

De pronto observé como detrás de aquella gran roca que bloqueaba mi descenso se asomó la pequeña cabeza de lo que resultó ser un pequeño niño indígena y dándome unas indicaciones en su dialecto, pero con claras señas y gestos corporales, entendí que el camino seguía justo debajo de mí pero debía girarme y quedar prácticamente cara a cara con las rocas y de espalda al precipicio.

Así lo entendí y apenas asumí la posición vi cómo la cabeza del pequeño niño indígena asentía, por lo que continúe en la torpe odisea de un citadino en demostrar sus capacidades de adaptación al medio ambiente.

Pero en un traspié sobre una roca resbaladiza quedé comprometido en la sujeción a la pared y al intentar asir un saliente, mi brazo no pudo alcanzarlo yéndose mi cuerpo producto de la gravedad hacia atrás y escuchando los gritos del niño en su dialecto.

Pude sentir el vahído de mi desvanecimiento con el característico vacío en el estómago, virándose mi cabeza hacia atrás en total desorientación.

Cuando ya mis ojos quedaban encandilados por el sol que ya se encontraba en su cénit, sentí que desde arriba de la roca de la qué no pude asirme, me sujetaron fuertemente del brazo derecho quedando literalmente colgado completamente con todo el peso de mi cuerpo del brazo del que me sujetaban.

De pronto y sin poder ver bien aún quien me había salvado pues el sol se posaba justo encima de su cabeza, pude observar como una gran pluma hacía sombra en forma perpendicular a aquella cabeza. Cómo pude volví a mi posición anterior y ya ésta vez logré valerme por mis propios medios para sujetarme.

De la nada comenzaron a hacerse más visibles salientes de rocas que antes eran prácticamente invisibles y en menos de un minuto y siguiendo instintivamente esos salientes había llegado hasta la base de aquella cascada.

Caminé unos metros más hacía adelante intentando poder divisar a los dos indígenas que me habían ayudado, pero no puede ver a ninguno de los dos, ni al niño que me guío ni al anciano que me salvó de caer al precipicio pero lo más extraño fue ver a Vilchez, que se suponía venía varios metros delante de mí se encontraba aún en la escalada de la pared de roca, bajando hacia la base donde yo estaba. Me hacía señas que por dónde bajé y gritando me hizo saber que no había ruta de bajada por ese lado del sendero.

Gritó desde ahí que se devolvería, le grité que me esperara que yo tampoco sabía volver y dijo algo que por lo sonoro de su carcajada seguramente fue un chiste a costa mía, restándole importancia a mi solicitud.

Le volví a gritar que me esperara, pero el trueno perpetuo que producía la caída de agua, impidió que mi voz llegara hasta donde estaba Vilchez.

Me giré para ver si por otro lado era posible bordear la cascada para subir y cuando me alejo para trazar una posible ruta de regreso observé en la cúspide de la ladera nuevamente al anciano, a quien esta vez sí pude distinguir bien su rostro a pesar de lo lejos, este me hizo una serie de señas y acto seguido me señaló con su brazo extendido y su mano por dónde podía regresar.

Sin perder oportunidad me acerqué hasta el punto que me señalaba y nuevamente volvieron a hacerse visible los salientes de roca y el sendero seguro para regresar y con una agilidad inusitada volví a subir con la misma facilidad con la qué bajé y en menos de un minuto hice cumbre con suficiente tiempo de antelación para darme cuenta que llegué a la cima mucho antes de que lo hiciera Vilchez, quien aún se encontraba apenas un poco más arriba de la mitad de la ruta, lugar donde se encontraba cuando yo comencé a ascender.

Cuando Vilchez llega a la cima y me ve ya allí parado esperándolo, su cara y sus ojos eran de impresión y me dice: «Nooooo, está bien, cuando hizo el curso de ilusionista con David Cooperfield» y aún sin creerlo me dice:

– Doctor usted nos mintió, dijo que no había venido nunca a la Gran Sabana y parece que se la conoce mejor que María.

Apenas recupero el aliento le conté de todo lo que me había acontecido y de los indígenas que me habían ayudado y con más cara de incredulidad me dijo:»Doctor tampoco me vea cara de idiota».

Yo tampoco cabía en mi impresión, al regresar al vehículo Vilchez se adelantó y le contó mi «embuste» a Santana y ni él ni María pusieron cara de incredulidad, al contrario, María se le acercó a Santana y le dijo algunas cosas al oído y con la seriedad del asunto se acercó y me dijo:

-Doctor, nosotros le creemos porque vimos todo lo que pasó, a excepción de los indígenas que usted vio, pero quédese tranquilo que esos son sus guías espirituales.

Desde ese momento hubo un silencio absoluto en todo el recorrido de regreso a la posada. Al llegar allá Santana me dice que María me había arreglado una de las mejores habitaciones pero no sé ni de dónde me surgió la idea y le dije ¿Habitación?, no chico si yo vine fue a dormir en chinchorro, Santana sorprendido me ve y riendo me responde:»carajo doctor a usted lo poseyó la selva» y nos echamos todos a reír.

Minutos más tarde llegó la posada un vehículo militar venían 2 efectivos con la noticia que al día siguiente requerían de mi presencia para negociar con los que obstaculizaban la Troncal 10.

Santana me pregunta: ¿Qué hacemos? «Si usted quiere nos vamos de una vez» y yo le respondí frente a los efectivos que vinieron con la información:»Yo no negocio con delincuentes, la única oferta que acepto es que me digan cuando y a qué hora destrancan la vía».

Todos se vieron la cara mientras me adentraba al salón de la posada y le preguntaba a María: ¿Y mi chinchorro para dormir está noche ya me lo consiguió?. A los minutos escuché el vehículo militar abandonar la posada.

Esa noche hicimos una velada especial, en el fondo de la posada tenían dispuesto un espacio al aire libre donde se podían colgar hamacas y chinchorros y donde Santana y María hicieron pescado en leña envuelto en hojas de plátano para comerlos con las manos.

El espectáculo celeste era inenarrable, parecía que las estrellas se habían volcado hacia ese lado del cielo, pude contar tres estrellas fugaces y hasta jugábamos con inventar constelaciones inexistentes. Esa noche caí como tronco, entre los más suaves hilos de una hamaca que María dispuso para mí y de techo el cielo de la Gran Sabana.

A media noche me desperté con voces y murmullos que venían desde adentro de la posada, escuché que María recibió visita de algunos parientes, sin levantarme pude ver entre los hilos de la hamaca que colgaban un chinchorro justo al lado del mío, su huésped por la voz era un anciano, indígena para más señas por el dialecto.

Lo observé acostarse y junto a eso volví a dormir. El olor a leña, el crepitar de la brasa y le resplandor del fuego de una hoguera me hicieron a despertar.


Esta vez vi al anciano sentado frente a la hoguera, pensé que se calentaba por el intenso frío, volteó su cabeza hacia mí y me preguntó en un perfecto castellano que si su ajetreo me había despertado, me pidió que lo disculpara pero que tenía dolor en las articulaciones por el frío y que el calor del fuego lo aliviaba.

Cuando intenté levantarme me dijo que no hacía falta, que más bien le daría pena que lo hiciera a causa de él, me preguntó si no tenía problemas de que conversáramos así como estábamos, le dije que no y me comenzó a contar que era un tío abuelo lejano de María, y que estaba a cargo de un Consejo Indígena Nacional.

Me dijo que había vivido prácticamente en todas y cada una de las etnias indígenas del país haciendo su labor de consejero para los pueblos indígenas.

Me contó su vida desde niño, sus costumbres y de los ancestros, me habló de la conexión de los indígenas con la madre naturaleza y la verdadera esencia de la que están compuestas las enseñanzas ancestrales, llevándome incluso a establecer algunas teorías de vida en otras estrellas, de las que podría fácilmente escribir mil historias, pues al sol de hoy sigo descubriendo cosas que me sembró aquel anciano en mi mente, que poco a poco se han ido respondiendo.

Fue justo cuando el alba empezaba a despuntar cuando el anciano se levantó de su lugar y caminando hacia mí me dijo:

– La mente crédula hace pasar menos estragos que la mente incrédula, fíjese todo por lo que pasó su amigo en Amazonas, menos mal estuve ahí para salvarlo, así como estuve hoy para salvarlo a usted.

Y con el primer rayo de sol pegando en su rostro pude ver que se trataba de aquel anciano que me salvó de caer al precipicio y poco a poco fue desvaneciéndose con la luz del sol y el canto de las aves madrugadoras, disipándose en el horizonte y convirtiéndose en el más fulgurante lucero matutino.

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