Placeres

El hacedor de santos: Cautiverio en la Grita

Luz del día y la noche, vuelve por tu camino.
viernes, 01 noviembre 2019
Cortesía | El desespero me atenazaba

Durante años viví encerrado entre tapias, oraciones, sahumerios y misas. No he salido más allá del portal de la iglesia del Espíritu Santo de la Grita. Una y otra vez me he preguntado: “¿qué me obligó a salir del Colegio de Agustinos de Palmira?” Era feliz por primera vez en la vida, rodeado de santos preocupados por la paz de mi alma, pleno de gozo al restaurar imágenes sagradas destruidas por el tiempo, la humedad y los insectos. Calamitoso ese día neblinoso de diciembre de mil novecientos cuarenta y seis, momento en que tuve que abandonar el Colegio de Agustinos de Palmira, ese día salieron todos al patio con rostros esquivos. Las columnas recién construidas en el patio estaban tiradas en la tierra, por un chaparrón que duró varios días. Alrededor de la fuente se encontraban todos de pie, solo había un sillón en donde estaba sentado el Superior Fray Pablo Ávalos.

– ¡Qué Dios te bendiga Eduardo Rojas!, decía fray Pablo, vestido con su trapera para dar misa, el espíritu santo sea contigo, nuestra madre Santa Mónica te bendiga los pasos. Recuerda no tienes permiso de ser casado, tu alma pertenece al señor. Nosotros no tenemos quejas tuyas, de ninguna clase, por eso te bendecimos y las puertas de este hogar de agustinos siempre estarán abiertas para ti.

Al terminar sus palabras empezaron los cuarenta niños del seminario a despedirse uno a uno:

– ¡Adiós hermano!, ¡adiós hermano!, ¡adiós hermano!… Al terminar siguieron los hermanos de obediencia, los del coro, los frailes menores, los mayores. El último de la fila era el cocinero como siempre, su gordura le dificultaba caminar, y no parecía darse cuenta de su torpeza, sobre todo ese día, que tumbó a varios de los niños al desplomarse como hallaca dando botes. Ayudarlo a levantarse fue una proeza, pero no conocía la vergüenza, solo reía de su soberbia mole y de los enredos que le provocaba.

Cuando al fin se pudo ir el cocinero junto a sus ollas, se me acercó el prior, sacó un sobre blanco de su sotana. Estas letras son nuestra recomendación espiritual de tus dones y la pureza de tu alma: es poca cosa para lo que has hecho por nosotros. Porque te portaste aquí como gente noble, nada tenemos que decir en tu contra. Al terminar de hablar me extendió la carta, sin esperar rompí el sello y empecé a leer:

Colegio de Nuestra señora del Buen Consejo

Palmira, Táchira, Venezuela
Regido por los Frailes Agustinos

Certifico que el joven Eduardo José Ovalles ha observado una excelentísima conducta entre nosotros.

Fray Miguel Avellaneda

Al terminar la última palabra se oscureció todo a mí alrededor, pues la firmaba Fray Miguel Avellaneda, quien había muerto hace tiempo.

Mi guía espiritual escribió y firmó esa carta antes de morir, tenía la certeza de que de tarde o temprano dejaría a los agustinos, así se lo hizo saber a Fray Pablo, quien no compartía esa creencia, y de mil maneras trató de hacerme querer la vida conventual.

Fray Miguel se convirtió en un taita para mí, con su canosa cabellera y su aguda vista, estaba siempre pendiente del estado de reliquias, santos y vírgenes. Cuando se les caía una mano o se agrietaban, hacía que me llamaran para viera qué podía hacer. Él descubrió la afición que tenía por hacer esculturas en madera, cuando entre fiebres y delirios tuve un desespero en la celda. Era mí primer encuentro con el demonio; cadenas recorrían el convento, las tejas saltaban, chirriaban los gatos. Nadie pudo dormir en Palmira y sus alrededores esa noche.

El desespero me atenazaba, por más que intentaba mover el cuerpo lo tenía como muerto, con gran esfuerzo pude abrir la boca para gritar un aterrorizado lamento, pidiendo ayuda a San Miguel. Solo así logre librarme del amarre invisible del innombrable. El maestro de los novicios llegó corriendo a la celda; al oírlo, mientras hacía la vigilia entre pasillos, orando, sostenía su gastado rosario entre manos. Cuando entró la celda, se cayó al suelo, yo estaba encima de un mesón. Sorprendido le costaba creer lo que veía: ante él estaba aquel a quien todos evitaban nombrar, a quien todos le huían, aquel del que más lejos estuvieran, más seguros estarían de sus tentaciones, al menos eso creían. El ángel rebelde parecía una densa niebla, de piel roja llagada y chamuscada, cubierta de retazos de roídos mantos, las patas eran pezuñas relucientes y su negrura parecía un hueco en la noche.

Con el poder de la palabra el sacerdote pronunció antiguos conjuros de cierre mientras se persignaba:
Gran Lucifer.

Luz del día y la noche, Vuelve por tu camino.

Perdóneme que le entretenga.

Mientras lanzaba gotas de agua bendita al vacío de un frasco de vidrio. Ni sus santas palabras, ni sus bendiciones hicieron huir a Lucifer. Ante el fracaso del exorcismo, el ángel caído reía y murmuraba frases en latín. Logré descifrar algunas en las que se jactaba de su poder sobre quienes caminaban sobre la tierra, a la que llamaba mundo de los hijos de Adán y Eva.

Sólo con el canto del primer gallo lo vimos esfumarse, yo, Eduardo Ovalles sentí que había renacido, estaba aturdido, su aliento putrefacto se negaba a abandonar la celda, no era un olor sulfuroso como lo describían los manuales de demonología, sino a carne podrida.

 

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