Opinión

Vamos bien

El próximo Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, Ciclo C, tendremos ocasión de conocer una de estas características: el Señor tiene una misión que cumplir, que le encomendara Dios nuestro Padre. Pero el Señor no trabaja solo.
jueves, 07 febrero 2019

I.
De joven seminarista, solíamos tener una semana de vacaciones en la playa: íbamos a Ocumare de la Costa, en el estado Aragua. Estando allí, pude presenciar cómo una lanchita pescó un número tal de peces, que me cortó la respiración. Quedé atónito por el sencillo hecho de ver por primera vez como se da esta actividad, y por el hecho de que fue una pesca sobreabundante. Inmediatamente, apareció un grupo de personas tan numerosas como el pescado capturado. Todos los presentes, incluidos mis compañeros seminaristas y yo, jalamos de la red, hasta traer a la orilla ese tesoro marino. Todos recibimos un pescado como pago de nuestro trabajo puntual. Ese día aprendí algo de lo que el evangelio relata, y que quiero compartir con ustedes: al igual que la pesca, el trabajo por el Reino es un trabajo mancomunado. La figura de Jesucristo que emerge de la lectura de los evangelios tiene unas características que son de suma importancia para nosotros los cristianos, sus seguidores. El próximo Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, Ciclo C, tendremos ocasión de conocer una de estas características: el Señor tiene una misión que cumplir, que le encomendara Dios nuestro Padre. Pero el Señor no trabaja solo.

II.
Leeremos el evangelio de Lucas. Jesús está rodeado de una multitud de personas sedientas y hambrientas de palabras de Vida, de esperanza, que les posibilite seguir creyendo, pues anuncian verdades cercanas, como es cercano el Reino que estas palabras predican.
Esta presencia popular supera con creces a Jesús, impidiéndole incluso poder dirigirse a sus oyentes. Él se encuentra a orillas del lago de Genesaret, y se percata de la presencia de dos barcas y a los pescadores que han regresado de una jornada estéril. Le viene la brillante idea de valerse de una de las embarcaciones como “tarima”; al terminar de llevar el mensaje del Reinado de Dios, indica a Pedro y a los demás pescadores que remen mar adentro y retomen el trabajo de pescar. Pedro le hace saber a Jesús que pasaron una noche infructuosa, pues no pescaron absolutamente nada, pero le cree al Señor y apoyado su palabra lanzará las redes. El milagro ocurre: las redes están a reventar por la cantidad de peces que han recogido. Necesitan ayuda de la segunda barca, y ambas son insuficientes para arrastrar semejante cardumen de peces. Corren el riesgo de hundirse; no obstante, logran capturar los pescados. Pedro, testigo de primera, presa de un temor reverencial por lo que acaba de presenciar, se arrodilla ante Jesucristo, pidiéndole que se aparte de él, pues es un pecador. La narración se concluye con las palabras del Maestro: Pedro —y los demás que lo acompañaban— no deben tener miedo. A partir de este momento todos ellos cambiarán de oficio; ahora serán pescadores de hombres. Ellos aceptaron la misión, y dejándolo todo lo siguieron.

III.
Las lecturas dominicales son lecturas “vocacionales”, con unos elementos que las asemejan: hay personas concretas que son llamadas por Dios (Isaías, Pablo y Pedro, y sus amigos). A esta llamada, los interpelados responden colocando sobre el tapete sus limitaciones (Isaías es un hombre de labios impuros, Pablo se considera un aborto y Pedro le dice al Señor que se aleje pues él es un pecador). A todos ellos, el Señor los habilita para el trabajo venidero (el fuego purifica los labios del profeta, la gracia divina saca del atolladero al Apóstol de los gentiles, y a Pedro se le invita a tener fe —“no temas”— y a asumir la tarea).

IV.
Jesucristo ha puesto en movimiento a las personas. Él tiene un proyecto bien concreto para todos. Este mensaje, porque tiene que ver con lo más íntimo de nuestras aspiraciones, es recibido con los brazos abiertos. El mensaje debe dirigirse a todos los hombres, de todos los tiempos y en todas partes. “Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo”, no es una máxima valedera para Jesucristo. El Señor Jesús está consciente de que la responsabilidad que lleva entre manos requiere de muchas personas. Es por eso que se coloca al alcance de todos, llegando incluso a encontrarse con las personas en sus lugares de trabajo, como fue el caso de los pescadores. Su sola presencia pone en evidencia las limitaciones, lo que impide que el juego fluya, los frenos “naturales” e impuestos, las debilidades y flojeras, las segundas agendas. Esta ducha de sinceridad tiene una finalidad bien precisa, es decir, superar todo cuanto nos disminuye, no nos permite actuar o movilizarnos.
Se da entonces la llamada: somos invitados a colaborar con Jesús en su misión de predicar el Reinado de Dios por doquier.
Nuestra “vocación” democrática, nuestra llamada a vivir según los parámetros democráticos, supone que, entusiasmados por la presencia y cercanía de Jesús de Nazaret, y una vez reconocidas nuestras propias debilidades y faltas como país, nos demos a la predicación del Reino en las actuales condiciones en que nos encontramos, con la firma esperanza de que la pesca de los valores que necesitamos y exigimos será tan abundante que requerirá la participación de todos. Vamos bien.

 

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