Opinión

Road to perdition

La fe que piensa.
jueves, 12 septiembre 2019

En el año 2002 se estrenó una película cuyo nombre sirve de título a este artículo. La traducción española fue “Camino a la perdición”; sin embargo, el nombre no se corresponde con el contenido del film: es una historia sobre gansters ambientada en los Estados Unidos de la Gran Depresión.

El protagonista ve morir a su esposa y a su hijo menor en manos del celoso hijo del capo de la banda. Antes de llevar a cabo su venganza, este asesino emprenderá un “camino de redención” de la mano de su hijo mayor sobreviviente (el “camino de redención” es un recurso cinematográfico para representar simbólicamente que quien regresa de un recorrido en una dirección determinada, no es el mismo que partió en esa dirección). El camino redime.

Cuando el protagonista y su hijo inician el “Camino”, no es “a la perdición” sino “a Perdición”, que es una localidad donde se halla una casa de la familia. Nada que ver, pues, con referencias de orden moral.

¿A qué viene todo lo anterior? Al igual que el titulo de la película puede prestarse a confusión, en el evangelio de Lucas –que el próximo domingo nos hablará de objetos y personas perdidas–, cada vez que leemos que algo se perdió, es un recurso simbólico para indicarnos que estamos en presencia del pecado. En Lucas, lo que se pierde es sinónimo de pecar. En segundo lugar, los personajes evangélicos, al igual que los de las proyecciones cinematográficas, tienen que emprender un camino para hallar redención.
Por otro lado, me limitaré a comentar únicamente el evangelio. Años atrás, un cristiano afirmó que este capítulo 15 del libro de san Lucas es “el evangelio dentro de los evangelios”. Es decir, todo el mensaje de Jesús de concentra en este pasaje. El capitulo comienza diciendo que Jesucristo dirigió esas parábolas a aquellos que se creen mejor que otros, y por ende los desprecian. A estos relatos se les titula igualmente “parábolas de la misericordia”. Sin embargo, la mayoría de las personas conocemos este capítulo como la “parábola del hijo prodigo”.

LO PERDIDO
Jesús ha acogido sin complejo alguno a todo aquel que se ha acercado a Él; ha recibido especialmente a gente de mala fama, personas sin fe y la más variopinta baja calaña de entonces. Esto es así porque para Él “nadie es un caso perdido”, como suele decirse.

Un pecador es la oveja que se extravía, dejando todo los beneficios que el pastor y el redil le ofrecen. Por el motivo que fuera, la oveja se aparta y se pierde en el camino. Se convierte, pues, en presa fácil del ambiente hostil donde ha ido a parar: no hay quien le procure protección o sustento, y mucho menos el calor de sus iguales. Se perdió: equivocó el camino. Un pecador es la moneda que se escapa de las manos de su dueña y va a parar a un escondite recóndito, causando una profunda desazón en el corazón de la mujer. No se trata de una moneda cualquiera; ésta formaba parte de las arras –ese puñito de monedas que se intercambian los esposos el día de su matrimonio, para simbolizar el compartir de los bienes materiales– que recibiera de manos de su difunto marido. Finalmente, un pecador es el hijo menor que exige de su padre la parte de la herencia que le corresponde, y la dilapida en tierras lejanas, viviendo de manera desordenada bajo todo aspecto. El grado de descomposición moral es tal, que este joven llegó a pensar en nutrirse con el alimento destinado a los cerdos.

Un animal, un objeto y una persona. Todos perdidos. Es la representación de que esta realidad puede inducir al pecado, y de hecho lo hace.

LA BUSQUEDA
La última palabra de esta historia, sin embargo, no la tiene el mal. Lucas indica cómo en cada episodio de esta única narración el bien se activa, se mueve: el pastor deja al rebaño y sale en busca de la oveja perdida. La viuda repasa hacendosa, con su escoba, toda la casa hasta hallar la moneda. El padre misericordioso se adelanta al reconocer la figura del hijo menor, que está de vuelta en el hogar. Se da el caso de que nuestro Dios no se paraliza ante el pecado, sino que actúa venciéndolo a fuerza de bien. El Señor Dios no “reacciona”: Jesús ha ido a buscar a todos los perdidos del pueblo de Israel, independientemente de que su modo de ser y actuar no goce del beneplácito de todos sus paisanos.

Al mal y al pecado presentes en medio nuestro, Dios se les adelanta con su oferta de perdón y reconciliación. Esta manera de ser de Dios, nos salva y nos abre al futuro. El primer paso es suyo; el último, también.

LA ALEGRÍA DEL PERDÓN
Los ejemplos que aparecen en el evangelio de san Lucas terminan de la misma manera, es decir, se desencadena la alegría porque se recuperó lo perdido. El pastor carga a la oveja sobre sus hombros, la lleva de vuelta y congrega a los suyos, para juntos compartir la felicidad por haber dado con la ovejita. Igual sucede con la viuda. Una vez que encuentra la moneda, invita a sus vecinas a casa, para hacer fiesta. Finalmente, el padre bondadoso arma el jolgorio por haber recuperado a su hijo, pues estaba muerto y volvió con vida, perdido y lo recuperó. Hay que echar la casa por la ventana.

En “Road to Perdition”, el protagonista no quiere bajo ningún aspecto que su hijo termine convirtiéndose en un asesino, como él. Hace hasta lo imposible para que esto no suceda. En la Biblia aparece un horizonte para el hombre que ha de conquistar a toda costa: eliminar de su vida el pecado, el mal que trae consigo la muerte de sus semejantes. Para tan ardua empresa, contamos con el ejemplo de Jesús de Nazaret, idéntico a nosotros en todo, salvo en el pecado. En su vida nunca anidó el mal. Es posible hacerlo.

 

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