Opinión

Mis adultos mayores: La soledad

La asimilación de la muerte del cónyuge y la adaptación a la viudedad requieren grandes dosis de entereza y fortaleza personal, así como de un abundante apoyo social.
viernes, 16 febrero 2024

Hola, estimados lectores. La soledad siempre dará de que hablar, leer y estudiar.

Les traigo este trabajo denominado: Estudio de la soledad como factor de riesgo y/o de protección en la senectud de Antonio Suárez Marco, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, Universidad de Zaragoza (Campus de Teruel).

Para el autor, la soledad es el sentimiento prolongado, desagradable, involuntario, de no estar relacionado significativamente o de manera próxima con alguien.

La soledad es un fenómeno asociado a la calidad de las relaciones interpersonales. Es una emoción, un estado que provoca emociones vinculadas a una ansiedad por ausencia.

Refleja la percepción individual subjetiva de deficiencias cuantitativas, como no tener suficientes amigos, o cualitativas, como la carencia de relaciones íntimas con otros, en la red de relaciones sociales.

La tercera edad es el estrato etario que mayor interés suscita en el tema de la soledad, ya que es donde más y mayores estragos ocasiona este sentimiento.

El fallecimiento de un ser querido se presenta como uno de los precipitantes por excelencia del sentimiento de soledad. La mayoría de personas mayores de cincuenta y cinco años ya tienen consolidadas y establecidas cuáles son sus vínculos sociales: Sus amigos, su familia y su entorno.

A medida que pasa el tiempo, se van quedando solos, tanto por el fallecimiento de sus amigos como los familiares.

Se ven alejados de su entorno al dejar de participar activamente en la vida laboral y social, por lo que llega un momento en el que no les queda nada ni nadie alrededor.

Es ahí donde se nutre el sentimiento de soledad.

La viudedad suele ser el principal desencadenante del sentimiento de soledad en las edades avanzadas.

El anciano se encuentra de pronto sin la compañía y la afectividad que tenía con su pareja, dando pie a problemas personales de adaptación emocional, material y relativos a la gestión del tiempo de las tareas de hogar, domésticas y sociales.

Puede ser cierto que cuanto más unida esté la pareja, mayor será el impacto emocional de la muerte de uno de ellos sin que la presencia de otras personas alivie los sentimientos de soledad y tristeza.

La asimilación de la muerte del cónyuge y la adaptación a la viudedad requieren grandes dosis de entereza y fortaleza personal, así como de un abundante apoyo social.

La desaparición de la figura del cónyuge origina en muchos casos una sensible disminución de la actividad y la integración social del jubilado, si las relaciones sociales que mantiene un matrimonio vienen por parte de uno de los cónyuges, y este fallece, aumentan las probabilidades de sentir soledad por parte del otro.

Crecen la incertidumbre y las dudas que plantea el pensamiento hacia un futuro imaginado en solitario.

Por otra parte, la jubilación también resulta una etapa que suscita la aparición de la soledad, pues las personas pasan de haber estado la mayor parte de su vida ocupadas realizando su trabajo cada día a no tener absolutamente ninguna obligación, lo que en muchos casos puede suponer una enorme frustración.

El miedo a la soledad en el futuro y la incertidumbre de cuál será la reacción de los hijos ante circunstancias difíciles de la vida, como la propia viudez o el deterioro de la salud, son factores que de un modo u otro condicionan actitudes y comportamientos en la vejez.

La independencia de los hijos, que han formado ya sus respectivos núcleos familiares, unido a circunstancias vitales como la jubilación, lleva a muchos mayores a replantearse su lugar y su función en la vida.

De manera casi espontánea, se comienza a cuestionar a partir de entonces los nuevos roles que deben desempeñar tanto dentro de la familia como de la sociedad.

Este contexto es propicio para la aparición de sentimientos de índole subjetiva como la inutilidad, la dependencia o la soledad.

Para finalizar, se ha empezado a mostrar cómo se pueden localizar aspectos relacionados con la soledad en el cerebro.

En un estudio realizado en 2008 publicado en Journal of Cognitive Neuroscience se usó unas resonancias magnéticas de imagen para mostrar la actividad metabólica en cerebros de 23 mujeres sin evaluar de la Universidad de Chicago.

Aquellas que se sentían solas, como ratificaba la escala UCLA de soledad, mostraban menos activación en el ventrículo estriado, un componente principal del circuito cerebral, cuando ellas veían fotos de caras sonrientes.

Sobre este estudio escribiré el viernes próximo. Hasta entonces.

Psicóloga y abogado Maria Quiroz.

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