Opinión

Mis adultos mayores: Enfermedad terminal y vejez


El límite establecido en este eje, salud y enfermedad, es complejo hasta llegar a extremos donde es imposible catalogar adecuadamente qué corresponde a la normalidad de un cuerpo viejo y que ha de considerarse síntoma o signo de un proceso patológico.
viernes, 09 diciembre 2022

Les traigo un trabajo denominado: “Enfermedad terminal y vejez” de José Javier Soldevilla Ágreda, y tiene que ver con el envejecimiento, las enfermedades terminales y la muerte.

Unos temas sensibles, pero de los que definitivamente hay que escribir. Desmitificando un poco, conceptos, tabúes, ideas y poder explorar algunas estrategias frente a esta circunstancia natural.

El anciano en fase terminal de su enfermedad es aquel que presenta un proceso agudo o crónico, de diagnóstico certero, con ausencia de un tratamiento específico, síntomas múltiples y cambiantes y gran impacto emocional para el y su familia, con situación clínica irreversible y, aún con la dificultad que entraña establecer un criterio cronológico de terminalidad, muerte prevista en un plazo breve de tiempo.

Señala la lectura que se hace necesario profundizar en el propio proceso de final de vida, y que es momento de recordar algunas de las características del anciano que le son dadas por su edad avanzada y que orientará la aproximación e intervención de los profesionales sanitarios en cualquier situación del proceso salud-enfermedad.

El límite establecido en este eje, salud y enfermedad, es complejo hasta llegar a extremos donde es imposible catalogar adecuadamente qué corresponde a la normalidad de un cuerpo viejo y que ha de considerarse síntoma o signo de un proceso patológico.

El refugio de esta delicada frontera se encuentra en el conocimiento de esos cambios morfológicos, psicológicos y funcionales que acompañan a la edad y que de entrada justifican presentaciones que peligrosamente pudieran considerarse terreno de la enfermedad.

El mantenimiento de ese equilibrio inestable en el que se encuentran la gran mayoría de los mayores, especialmente los más longevos, va a ser la gran meta de todos los encargados de su cuidado, alejando de nuestra mente la fácil ecuación que aglutina a menudo vejez y enfermedad y lo que de ella deriva.

También va a ser necesario entender la forma de enfermar del anciano, que será diferente, con características de la enfermedad atípicas, con muchos síntomas de difícil reconocimiento (incluso “elementos de confusión”) si se siguen los parámetros aprendidos para otros grupos de edad.

La pluripatología o coincidencia de varios procesos de enfermedad simultáneamente, la consecuente plurifarmacia y la tendencia a la cronicidad e invalidez, encabezan la serie de fenómenos habituales en la enfermedad del anciano y de la que pueden obtenerse los primeros dictados para una aproximación efectiva, articulando obligatoriamente una valoración multidimensional exquisita y planteando una atención integral que aleje o retrase la devastadora repercusión funcional que suele acompañar a la enfermedad.

Aceptar la muerte. Con el respeto que debe la generalización, la muerte para el anciano tiene menos visos de tragedia y parece menos injusta que cuando llama a la puerta de un joven.

Esto, por el contrario, no significa que renuncien a la vida, pero si, con la suficiente información, a las tentativas inútiles para prolongarla.
Wilson Astudillo cita algunos de los elementos que pueden facilitar la adaptación del anciano a la muerte:

• El buen control de sus síntomas

• Ayudarles a dejar en orden sus asuntos pendientes.

• Que conozca la verdad, si lo desea.

• Que pueda despedirse.

• La compañía de sus seres queridos.

• Ayudarle, como apunta Nuland, a “vivir cada día como si fuéramos a permanecer en la tierra para siempre”.

La aceptación de la muerte por parte del anciano pasa por la preservación de la dignidad ante este proceso, y que el filósofo López Aranguren (1992) retrata con maestría y con enorme sencillez, como legado didáctico a los que participamos en el habitual cuidado de los más mayores y de los moribundos:
“Dignidad equivaldría a la valoración de la propia muerte por los demás y ante los demás. La muerte sería un espectáculo en que nos morimos para los demás y al que habría que pedir tan solo cuatro cosas: que sea un espectáculo decoroso, que no desdiga de lo que fue nuestra vida, que lo sea en compañía y que lo sea en el propio entorno”.

Psicóloga y abogado María Quiroz.

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