Opinión

Mercaderes de la libertad

Negociar el petróleo venezolano con los artífices de la ruina y la represión, ignorando la voluntad popular expresada en las urnas, constituye una traición a los principios democráticos; ninguna conveniencia geopolítica lo justifica.
mineral
lunes, 31 agosto 2026

En el devenir de las naciones, pocas experiencias resultan tan amargas como ver el destino patrio convertido en moneda de cambio geopolítica.

Tras casi tres décadas de una prolongada noche autoritaria que persiguió a honorables ciudadanos y sumió en la ruina a una república próspera, cabe preguntarse si la luz en el horizonte anuncia el amanecer legítimo y deseado o apenas el destello engañoso de intereses ajenos a la libertad. El problema de fondo no radica en los volúmenes de crudo que Washington pretenda negociar, extraer y exportar.

Por mucho que se intensifique la actividad extractiva, el subsuelo venezolano alberga reservas para varios siglos, aun cuando la era global de los hidrocarburos transite ya hacia su ocaso. La verdadera afrenta, lo que subleva la dignidad republicana, es la naturaleza moral y política de los interlocutores en acción.

Resulta legal y éticamente insostenible que la potencia norteamericana valide y pacte el aprovechamiento de recursos no renovables con las mismas estructuras responsables del colapso institucional, la represión de inocentes, el encarcelamiento por disentir y la destrucción sistemática del aparato productivo del país.

Peor aún: se transa con quienes secuestraron y vulneraron de forma reiterada la soberanía en las urnas electorales, consumando el despojo de la voluntad popular.

Mientras la diplomacia estadounidense exhibe un pragmatismo transaccional que llega a la condescendencia con el poder usurpador para asegurarse el suministro energético, relega y desconoce el liderazgo de quien fuera depositaria inequívoca del mandato cívico mayoritario.

Esta conducta no solo atropella la determinación de un pueblo que votó masivamente por la libertad, sino que dinamita los principios democráticos, los derechos humanos y el Estado de derecho que históricamente aprendimos a valorar de la mano de quienes hoy parecen traicionarlos por simple cálculo mercantil.

Quienes confiamos en una alianza basada en el derecho internacional encontramos una coacción utilitaria tan lesiva para la república como el régimen que pretendíamos confrontar. No admitiremos tutelas foráneas ni capitulación de la justicia frente al apremio geopolítico.

Corresponde únicamente a un gobierno legítimo, surgido del voto soberano, acordar los términos del desarrollo nacional, así como el uso y valor de sus recursos naturales.

Por ello la prioridad debe ser ¡votaciones ya! Cualquier convenio suscrito al margen de la voluntad popular, carecerá de validez jurídica y moral. Venezuela merece forjar su propio destino con dignidad, libertad y derecho a una plena soberanía democrática.

 

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