Opinión

Lección de autoridad en ocho segundos

En una acción puntual de un importante campeonato celebrado en el centro del país, un jugador realiza una fuerte entrada contra un adversario.
José Cedeño
domingo, 08 febrero 2026

El fútbol de salón, especialmente en sus competencias de primera categoría, no solo es un escenario de destreza técnica y alto rendimiento físico, sino también un espacio donde se ponen a prueba valores fundamentales como el respeto, la autoridad y la convivencia deportiva. Cada acción de juego lleva implícita una responsabilidad que va más allá del resultado en cada oportunidad, ya que, en la intensidad del partido, el control emocional se vuelve tan importante como el dominio del balón. Cuando ese equilibrio se rompe, el juego deja de ser espectáculo para convertirse en confrontación. Allí, la figura arbitral adquiere un rol determinante, no solo para sancionar, sino para educar desde la firmeza.

En una acción puntual de un importante campeonato celebrado en el centro del país, un jugador realiza una fuerte entrada contra un adversario, por lo cual la decisión arbitral es inmediata, tarjeta amarilla, conforme al reglamento. Sin embargo, la reacción del jugador no fue de aceptación, sino de soberbia, y apelando a su condición de atleta de alto nivel en otro deporte, cuestiona la sanción con una frase que desnuda una peligrosa confusión, manifestando “¿Por qué me sacas tarjeta?, ¿tú no sabes quién soy yo?”. En ese instante, el conflicto deja de ser técnico y pasa a ser ético. El problema ya no es la falta, al contrario, sino la falta de respeto al árbitro que dirige el encuentro.

La respuesta del árbitro fue tan breve como contundente, detuvo el juego, extrajo la tarjeta azul y, con serenidad, sentenció: “Tú eres quien no sabe quién soy yo, respeta”. No hubo gritos ni excesos, solo autoridad bien ejercida, esa acción recordó que dentro de la cancha no existen jerarquías ajenas al juego ni credenciales externas que estén por encima de las reglas de juego, ya que el respeto no se negocia, se exige, y la autoridad arbitral no se sustenta en el nombre propio, sino en la investidura que representa.

Ya fuera de la acción inmediata, mientras el jugador expulsado asimilaba la decisión, desde la tribuna surgió una frase que terminó de contextualizar el episodio, una persona expreso: “Ese árbitro ha estado hasta en los mundiales de fútbol de salón”. La expresión, más que un dato anecdótico, funcionó como un recordatorio silencioso de que la autoridad no siempre necesita presentaciones previas, y por tanto la experiencia y el recorrido no se exhiben, se evidencian en la manera de actuar. Paradójicamente, fue el público quien terminó ofreciendo la lección que el ego del jugador no quiso escuchar dentro del rectángulo de juego.

Este episodio revela una realidad que debe ser discutida con seriedad, la cual es, que el éxito en otros escenarios deportivos no otorga privilegios ni inmunidad dentro del fútbol de salón. Cada disciplina deportiva tiene su identidad, su reglamento y su cultura de juego, por lo que es necesario tener presente que pretender imponer reconocimiento personal por encima del colectivo es desconocer la esencia del deporte. El árbitro, muchas veces injustamente señalado, cumple una función pedagógica cuando actúa con firmeza y equilibrio. Sancionar no es castigar por capricho, es ordenar el juego y proteger su integridad como juez árbitro del encuentro donde actúa como tal.

En estos espacios insistimos en que el fútbol de salón se construye desde el respeto mutuo, donde la confluencia de los jugadores, árbitros, técnicos y público son parte de un mismo ecosistema, y cuando uno de los señalados pretende colocarse por encima de los demás, el deporte se resiente. Este tipo de acciones nos recuerda que el verdadero prestigio no se impone, se demuestra con conducta. Porque al final, en la cancha no importa quién crees ser, sino cómo te comportas cuando el silbato suena. Queridos lectores, hasta la próxima, con el favor de Dios. Para contactos: @Joseceden o Facebook / José E Cedeño Gonzalez (El hijo mayor de Otilia Gonzalez).

 

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