Latinoamérica y su afán por el ping pong

“El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”. Esta frase, atribuida a Winston Churchill, refleja una ironía brutal pero certera: la democracia, en su noble imperfección, está a merced de emociones volátiles y de decisiones que muchas veces responden más al cansancio o al desencanto que a una visión de futuro. En Latinoamérica, esa fragilidad se hace evidente en cada ciclo electoral, donde el péndulo oscila radicalmente de un extremo ideológico al otro.
La semana pasada, Bolivia vivió su primera vuelta presidencial. Tras veinte años de hegemonía del MAS, los bolivianos pasaron a segunda vuelta con dos candidatos de derecha. Lo mismo ha ocurrido en otros países de la región: Milei en Argentina derrotando al kirchnerismo, Trump en Estados Unidos superando a Biden, y la expectativa de que en las próximas elecciones presidenciales en Colombia, Chile y Brasil, todos hoy gobernados por la izquierda, la derecha retome el poder. Este giro constante de 180 grados no fortalece la democracia; al contrario, la debilita, porque convierte a la política en una ruleta de frustraciones.
El gran problema no es el cambio en sí mismo, sino la ausencia de proyectos políticos sólidos y de largo plazo que trascienden la coyuntura electoral. La alternancia, cuando responde a programas consistentes, es una virtud democrática. Pero lo que vemos en nuestra región no es alternancia, sino un “ping pong” en el que la ciudadanía, hastiada de un modelo, abraza al contrario con la misma esperanza ingenua con que antes lo repudió. Es un ciclo de ilusión y decepción que solo beneficia a los candidatos disruptivos, esos que, con discursos populistas, convierten el descontento en plataforma y la rabia en capital político.
La consecuencia es clara: líderes que llegan al poder sin preparación ni visión de Estado, sostenidos apenas por un relato contestatario que se agota cuando llega el momento de gobernar. En lugar de construir consensos y políticas de largo aliento, estos proyectos improvisados profundizan la polarización y refuerzan la idea de que el adversario político no es un contrincante legítimo, sino un enemigo existencial.
Si la política latinoamericana quiere madurar, no puede seguir dependiendo de liderazgos mesiánicos que aparecen y desaparecen al ritmo del hartazgo social. Necesitamos movimientos sólidos, con arraigo institucional y capacidad de adaptarse sin perder el rumbo. La ciudadanía debe exigir proyectos que no se definan solo por su oposición al otro, sino por su compromiso con metas comunes: crecimiento, seguridad, educación y justicia social.
La democracia no se defiende con discursos encendidos ni con cambios pendulares que dan la ilusión de transformación. Se defiende con instituciones fuertes, partidos responsables y liderazgos capaces de resistir la tentación del populismo sin perder la habilidad de entusiasmar a sus seguidores. De lo contrario, seguiremos atrapados en esta espiral de giros constantes que no transforman nada y que solo perpetúan la frustración colectiva.
La cita de Churchill puede sonar amarga, pero contiene una advertencia vigente: si la democracia no se acompaña de educación cívica, madurez política y estructuras que trasciendan al individuo de turno, entonces quedará reducida a lo que hoy vemos en Latinoamérica: un juego de azar donde la moneda siempre cae de canto, y donde los votantes, en apenas cinco minutos, deciden el rumbo de un continente entero.
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