Las reglas no cambian por las emociones
Vivimos en una época en la que las emociones suelen ocupar el primer lugar en nuestras decisiones, cuando algo nos alegra sentimos que todo está bien, pero cuando la frustración, la rabia o la tristeza aparecen, también surge la tentación de creer que las normas deberían adaptarse a nuestro estado de ánimo. Esa forma de pensar es comprensible desde lo humano, aunque profundamente equivocada, porque las reglas existen precisamente para mantener el equilibrio cuando las emociones amenazan con romperlo. El deporte nos recuerda esta realidad una y otra vez, convirtiéndose en una de las mejores escuelas para aprender que la justicia no puede depender de lo que cada quien siente en un momento determinado.
Es frecuente observar a un jugador reclamar una decisión arbitral convencido de que ha sido perjudicado, así como también es común escuchar a un aficionado afirmar que el reglamento fue injusto simplemente porque el resultado no favoreció a su equipo. Sin embargo, el reglamento sigue siendo el mismo antes, durante y después del encuentro deportivo. Lo que cambia es la manera en que cada persona interpreta los acontecimientos cuando la emoción supera a la razón. Allí aparece uno de los mayores desafíos del ser humano: aceptar que sentir tiene un enorme valor, pero que sentir no siempre significa tener la razón.
Desde la psicología sabemos que las emociones cumplen una función importante, porque nos alertan, nos protegen y nos ayudan a comprender lo que ocurre dentro de nosotros. No obstante, también sabemos que las decisiones más acertadas suelen llegar cuando somos capaces de dar un paso atrás, respirar y permitir que el pensamiento acompañe a la emoción. De lo contrario, terminamos justificando palabras que hieren, acciones impulsivas o conductas de las que más tarde nos arrepentimos, creyendo que el enojo o la decepción son argumentos suficientes para actuar de cualquier manera.
La misma enseñanza puede trasladarse a la familia, al trabajo, a la universidad y a cualquier espacio donde convivimos con otras personas, ya que ninguna relación puede sostenerse si cada uno pretende modificar los acuerdos según lo que siente en un determinado momento. El respeto nace precisamente de comprender que existen principios que deben mantenerse incluso cuando las circunstancias no nos favorecen, porque son esos principios los que generan confianza y permiten que las diferencias se resuelvan sin destruir los vínculos.
Quizás por eso una de las victorias más importantes no sea levantar un trofeo ni celebrar un campeonato, sino aprender a conservar la serenidad cuando las emociones intentan imponerse sobre nuestros valores. Quien logra actuar con respeto aun en medio de la frustración demuestra un carácter que trasciende cualquier resultado deportivo, porque entiende que las emociones son pasajeras, mientras que la integridad se construye con decisiones repetidas a lo largo de la vida. Al final, las reglas no cambian por las emociones; lo que realmente puede cambiar es nuestra manera de responder ante ellas, y allí comienza el verdadero crecimiento personal. Queridas lectoras y lectores, hasta la próxima, con el favor de Dios. Para contactos: @Joseceden o Facebook / José E Cedeño Gonzalez (El hijo mayor de Otilia Gonzalez).
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