Opinión

La fe que piensa: Mi nombre escrito en el cielo

"La auténtica alegría no está en contrastar el mal, sino en el hecho de que los nombres de los discípulos ya están escritos en el cielo."
jueves, 04 julio 2019

Como es fácil de intuir, escribo mi comentario al calor de los últimos acontecimientos nacionales y regionales, que inevitablemente golpean más mi espíritu —para bien y para mal— y que busco encajar de acuerdo a los criterios de nuestro Dios, según lo que Jesús nos reveló de nuestro Padre común.

Reconozco que el ejercicio no es sencillo, pero sí necesario. Las lecturas del catorceavo domingo del Tiempo Ordinario pretenden encender una llama de esperanza en nuestro interior, y mi intención es entonces hacer todo lo posible para que ello acontezca.

La paz es un río En la Biblia, la ciudad es imagen de las relaciones humanas maduras, porque han acogido el don divino, entendiendo que sin Él no se va a ninguna parte. La ciudad es sinónimo de presencia del Señor, que confiere la seguridad de sus muros y hace la vida más llevadera por el simple hecho de que todas las necesidades están cubiertas, gracias al esfuerzo mancomunado de todos sus habitantes, que han comprendido que la casa común la deben llevar todos, cuidar de ellas es una obligación de todos.

Ahora bien, Jerusalén, la ciudad santa, ha sido devastada a ras de suelo. La alegría no es el sentimiento más generalizado, sino el luto, la tristeza que se instala en el corazón humano a raíz de un dolor profundo, que creemos difícilmente se puede reparar o desaparecer.

Dolor causado por la escasez fruto del pillaje, que envía a la población a las cunetas de la economía de posguerra; sufrimiento infringido por el poderoso contra el débil y el excluido, que se vale de su injusta fuerza bruta, consciente de que la justicia se inclinará siempre a justificar sus fechorías.

Una vez más. En el centro de esta ciudad asediada, botín de guerra, Dios alza su voz con un mensaje de esperanza, esta vez ambientado en la relación madre-hijo recién nacido: Jerusalén dará de mamar de sus pechos a sus hijos, y éstos se regocijarán, deleitándose con el precioso líquido porque protege al tiempo que nutre. Esa es la leche materna.

Y la paz volverá a habitar entre sus murallas, pues se desparrama por la ciudad como si fuera un río, un torrente desbordado. La esperanza, pues, pretende llevarnos al puerto de la paz. La presencia de Dios es la causa de nuestra alegría, y esta alegría es un testimonio evidente para las demás naciones, de lo bueno que es tener a Dios bien cerca.

Una nueva criatura Suelo citar con relativa frecuencia a aquel teólogo que afirmaba que “Jesucristo encuentra la paz en Dios, pero Dios no lo deja en paz”.

¿Qué quiere decir sumergirnos en ese río que es la paz? San Pablo está polemizando con los Gálatas, quienes han hecho de su adhesión a Jesús de Nazaret un motivo para competir, compararse denigrando a sus semejantes, ufanándose de su estatus glorioso.

Pablo se vale de su propia experiencia para, pacientemente, establecer unas pautas que reconduzcan las aguas de la paz y la misericordia: lo único de lo que puedo vanagloriarme es de la pasión del Señor, de llevar impresas en mi cuerpo sus heridas. Por encima de esto no hay nada, ni siquiera la circuncisión, tan vital para la ley mosaica.

Lo que cuenta es la novedad que trae en mi vida el haber asumido que estoy crucificado de la misma manera que lo está Jesucristo. Esta es la “nueva norma”: La conciencia de la cruz trae consigo la paz y la misericordia. Porque el cristianismo no es un promotor de masoquismos, es menester interpretar lo apenas dicho. Mi espíritu evoca una máxima con que los jesuitas intentamos movernos, y que es una especie de “definición” de lo que significa ser jesuita: “hombres crucificados para el mundo, para quienes el mundo está crucificado”.

Con otras palabras: la toma de conciencia de la cruz, del dolor, del sufrimiento, debe llevar al compromiso —con el auxilio del Espíritu Santo— de querer bajar de la cruz al mundo crucificado. En los actuales momentos, esta tarea se traduce en un trabajo asistencial, para evitar que la gente muera de mengua. También quiere decir que hemos de apuntalar nuestra estructura psíquico-espiritual para no dejarnos arrastrar por la depresión. Quiere decir, finalmente, apostar por las dinámicas democráticas que abren las esclusas para que fluya el río que es la paz.

De dos en dos Hay, pues, un trabajo por hacer. A ejemplo de Jesús de Nazaret, este trabajo de bajar al mundo de la cruz no se hace en solitario. Para el Señor estuvo claro desde el inicio que la tarea que tenía entre manos requería del concurso de muchas personas de buena voluntad. De allí que, una de sus primeras actividades, haya sido invitar a otros a darle una mano en esta empresa.

Contagió a otros, dándoles un sentido para sus vidas. Los habilitó, dándoles poder real para que sirvieran a la predicación de su palabra y para que combatieran el mal a fuerza de bien. Jesús hizo de sus discípulos portadores de la paz, médicos de todo tipo de dolencias, adversario de cuanto demonio hubiese suelto, predicadores del Reino de Dios.

Los discípulos van de dos en dos, por la simple razón de hacer creíble sus palabras, una vez que vuelvan de haber cumplido la misión encomendada. Ellos dan fe de haber derrotado diablos y Jesucristo lo vio caer del cielo cual rayo.

Ahora bien, la auténtica alegría no está en contrastar el mal, sino en el hecho de que los nombres de los discípulos ya están escritos en el cielo. Si nosotros vivimos en la tierra, y el cielo se eleva por encima de la tierra, que nuestros nombres ya están escritos en el cielo, por el hecho de trabajar en favor del Reino de Dios, significa que hemos “trascendido” nuestras historias particulares.

Con nuestros nombres escritos en el cielo, dediquémonos a las cuitas de nuestro cotidiano. Encomiendo a aquellos asesinados injustamente, en circunstancias inexplicables. Dios los reciba en su ciudad.

 

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