Opinión

La fe que piensa: Dios enjugará nuestras lágrimas

"Como suele suceder en este tipo de experiencias, los muchachos fueron a ese sector queriendo “llevar” lo mejor de sí"
jueves, 09 mayo 2019

I

Feliz día a todas nuestras madres. El Señor las bendice abundantemente.

Quiero compartir con ustedes, para este Cuarto Domingo de Pascua, del Ciclo C de la liturgia católica, la Palabra de Dios que nos sale al encuentro, con la buena noticia de la resurrección de Jesús de Nazaret. La idea común que recorre las tres lecturas es el aumento del número de los seguidores del Señor: de los gentiles, en los Hechos de los Apóstoles; de la inmensa muchedumbre, del Apocalipsis; de las ovejas en el Evangelio según san Juan. Porque los acontecimientos se dieron de esta manera, es que nosotros formamos parte de esta saga.

II

El libro del Apocalipsis se le atribuye a san Juan, autor del Cuarto Evangelio. La palabra significa “revelación”. Estando Juan al final de sus días, desterrado en la isla de Patmos precisamente por creer en Jesucristo, el Señor Dios le “reveló” su voluntad a través de visiones. Juan se convierte entonces en testigo de primera mano del triunfo de Jesucristo, convirtiéndose en Señor de la historia y de los corazones de todos aquellos que lo aceptan con fe. Apocalipsis se refiere asimismo a un estilo literario, a un modo de comunicar mediante imágenes grandilocuentes, exageradas, vedadas en algún sentido, el mensaje divino.

Ahora bien, el Apocalipsis fue escrito con la intención de generar esperanza a una Iglesia perseguida y martirizada por el imperio romano. La fe es puesta a prueba. El solo hecho de aceptar a Jesús es motivo más que suficiente para echar a las fieras, o crucificar a los cristianos. Se tiene miedo, pues la sangre corre con sencillez. Se padecen los embates de la escasez, pues el poder ha creado un cerco alrededor de las comunidades cristianas, con la finalidad de acabarlas por inanición.

Si el cristiano logra mantenerse fiel no obstante la persecución, el Señor Dios coronará esta fidelidad, haciéndolo partícipe de su gloria divina. El texto dirá que es una muchedumbre incontable, de todos los pueblos, razas y naciones, quienes, vestidos de blanco y con palmas en sus manos, están de pie delante del Señor. Los vestidos y las palmas nos hacen entender que fueron martirizados: con su martirio blanquearon sus vestiduras. Ellos triunfaron, porque se mantuvieron firmes a pesar de la atroz persecución.

“Gran tribulación” la llama Juan; es decir, el sistema político romano convertido en maquinaria de tortura y muerte.

Todos estos fallecidos forman parte ahora de la grey donde acampa el Señor Dios. Colocados en el contexto del momento, visualizando a los reos de muerte que, definitivamente desesperados, se preguntan si valió la pena haber abrazado la fe en Jesucristo, la respuesta es: sí.

El texto se cierra afirmando que no habrá necesidad, ni hambre ni sed, ni el sol ni el bochorno harán daño a los cristianos, porque el Señor Dios será el Pastor de sus fieles, que los conduce a verdes praderas y fuentes de aguas vivas. Dios, finalmente, enjugará las lágrimas de sus seguidores.

II

El martes 07 de mayo, ofrecí una entrevista a mis hijos del Quinto Año de Bachillerato, en el Colegio Loyola Gumilla. La entrevista es un proyecto que cierra la labor social que hicieran en una de las parroquias más empobrecidas de San Félix, al tiempo que cubren un requisito para solicitar una beca, y así estudiar Periodismo. Fueron cuatro hijos: bellos, con sus ojos colmados de esperanzas por un mundo mejor, impactados por lo vivido, preñados de deseos de formarse y entregar sus vidas a este hermoso rico pobre país.

Como suele suceder en este tipo de experiencias, los muchachos fueron a ese sector queriendo “llevar” lo mejor de sí —que lo poseen, sin duda alguna—; sin embargo, volvieron con las manos rebosantes por lo “recibido”. ¿Qué fue lo que vieron, a ejemplo de Juan, que luego escribirá en su libro? Los chicos fueron testigos de que la violencia no acaba con la esperanza de vivir, y vivir en plenitud. Aún no se inventan balas o navajas que asesinen la esperanza y los deseos de mejorar. Mis hijos palparon en primera persona que la felicidad se juega primeramente porque todos los seres queridos permanezcan unidos.
Esos fueron los temas de la entrevista: la esperanza y la felicidad. ¿Qué es para mí la esperanza y la felicidad?

Me sentí hondamente emocionado. Pensar que muchachos que apenas comienzan sus existencias, se pregunten y dejen constancia de lo importante que es para ellos la esperanza y la felicidad. Y me refiero a la esperanza en Venezuela como opción de vida, donde podemos hacer experiencias felices.

Volviendo al libro del Apocalipsis. La intención de Juan al escribir el libro fue generar esperanza entre las comunidades cristianas perseguidas. Lo que el escrito dice, al final del día, es que la injusticia, el odio y la muerte, no son el final de mi vida, no son el puerto de llegada de la barca de mi existencia.
Hay algo más, algo que “trasciende” el momento presente, y que sí representa mi hogar definitivo.

No solo sed y hambre, como dice el Apocalipsis, sino todas las necesidades básicas juntas, capean en nuestro territorio.

Aquello que por derecho nos corresponde, brilla por su ausencia. En su lugar, la desesperanza va de la mano de todos los males históricos que bien conocemos, porque diariamente los padecemos hasta los tuétanos. Acá habrá que elevar la voz, siguiendo el ejemplo del último libro del Nuevo Testamento, para proclamar a todo pulmón la convicción de que el Señor “enjugará nuestras lágrimas”.

Colocar nuestra mirada en el cielo, donde quienes nos precedieron ahora visten de blanco y llevan palmas en sus manos, no es evasión, sino “trascender”, o sea, el presente no nos “come” precisamente porque el futuro que oteamos nos anima a hacerlo realidad hoy.

Esperanza y felicidad futuras, hay que hacerlas presentes hoy. Ello es posible porque tenemos la sensibilidad suficiente para reconocerlas cuando hacen acto de presencia, en los lugares más recónditos (como sucedió en San Félix). Feliz día, mamá.

 

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