Opinión

La corrupción, anatomía de una traición nacional

La corrupción no solo destruyó carreteras y hospitales, entre otros: aniquiló la fe pública.
navas
lunes, 11 mayo 2026

La historia de Venezuela no se juzgará solo por sus gestas o fronteras, sino por la descomposición de sus instituciones.

Nuestra verdadera tragedia no es la pobreza, sino esa riqueza del subsuelo mal habida que ha carcomido al Estado.

Mientras países con una fracción de nuestro petróleo edificaron sistemas e instituciones sólidas, aquí el despilfarro y el saqueo sistemático del erario público, se volvieron política de Estado.

No fue azar: fue la normalización del delito de cuello blanco y la elevación de la viveza criolla a doctrina.

Durante décadas, quienes debieron custodiar el bien común, diseñaron el desfalco. Contratos de alimentos para programas sociales que nunca llegaron a los almacenes; facturas infladas para reparar refinerías que siguen apagadas; empresas fantasmas que facturaron millones sin producir un solo tornillo.

La impunidad se filtró como un veneno: hoy hay más de 300 exfuncionarios de Pdvsa, investigados por corrupción, pero menos del 5% cumple condena.

Mientras tanto, la petrolera dejó de producir más de dos millones de barriles diarios -una caída equivalente a perder seis veces la producción de Ecuador- mientras sus gerentes compraban mansiones en el exterior.

El costo humano no es abstracto: cada 100 millones de dólares desviados equivalen a un año de medicamentos oncológicos para 200 mil pacientes, o a la reparación de 400 escuelas.

El salario mínimo actual no alcanza ni para cubrir una cuarta parte de la canasta básica, y la diáspora supera los 8 millones de venezolanos. La corrupción no solo destruyó carreteras y hospitales, entre otros: aniquiló la fe pública.

Para revertirlo, la ética debe ser el oxígeno de la nación. No basta con promesas: se exigen presupuestos digitalizados en tiempo real, auditorías externas con poder de sanción, y una ley que proteja al denunciante con recompensas económicas y asilo funcional.

El financiamiento político debe ser rastreable hasta el último bolívar, y la inhabilitación perpetua y cárcel para corruptos, deben ser acompañados de la restitución total de lo robado: sus bienes, cuentas y empresas.

Venezuela no brillará mientras la opacidad sea moneda de cambio. Cada silencio ante el desvío, es una sentencia de muerte para la esperanza de nuestros hijos.

La reconstrucción no vendrá de afuera: vendrá de una ciudadanía que entienda que, ante la corrupción, la indiferencia es la más abyecta de las complicidades.

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