Opinión

Gasolina en cuarentena radical

El proceso tiene detalles que ameritan mayor sentido práctico y de justicia por parte de las autoridades.
José Viznel ÁLVAREZ
lunes, 03 agosto 2020

Convengo en que las medidas establecidas por el gobierno para contener los contagios por el nuevo coronavirus y prevenir la enfermedad covid-19 han resultado efectivas y podrían ser mejores con la colaboración responsable de todos, sin embargo el proceso tiene detalles que ameritan mayor sentido práctico y de justicia por parte de las autoridades encargadas de ejecutar las decisiones presidenciales, especialmente en cuanto al abastecimiento de gasolina.

En escritos anteriores ya he referido el tema de cómo funciona dicho proceso aquí en Ciudad Bolívar, con puntual alusión a lo que siempre ocurre en la bomba 700, lo cual espero –con muchas reservas- que sea corregido por aquellos que tienen la obligación de hacerlo.

Hoy quiero referirme a lo acontecido el pasado domingo 26 de julio. Ese día de lluvia y sol intermitentes la cola de vehículos rasgaba de punta a punta la avenida Angostura, como una serpiente inmóvil acechando su alimento.

Algunos incluso contaban las horas desde el viernes, otros desde el sábado y la mayoría –como yo- desde ese día domingo, todos con el ánimo que convoca la esperanza, pero con la corrosiva certeza de lo que nos esperaba cuando el lunes arrancara el proceso para surtir los pírricos veinte litros que alguien estableció como merecimiento tope del pueblo del estado Bolívar.

En el transcurso cayeron dos chaparrones que nos confinaron por minutos interminables al sauna en que se convierte el carro cuando le cae lluvia luego de horas de intenso sol, pero a buen resguardo, temeroso y consciente de que una mojada de esas a esta edad hoy en día puede matarte, no tanto de la gripe sino de un susto capaz de sumergirte en el presagio fatalista de que el virus cayó del cielo para acabar con tu vida.

Al cabo de las horas, tras el receloso compartir con los compañeros de infortunio por el asunto del distanciamiento social, la tarde le tendió los brazos a la noche, y con ellas fundiéndose en un abrazo llegó el anuncio presidencial que incluía al estado Bolívar en la modalidad más radical de la cuarentena.

Automáticamente entramos en estado de negación, la inercia de la esperanza nos sostuvo precariamente convencidos de que al día siguiente echaríamos gasolina, que sólo era cuestión de tiempo y paciencia, una virtud que resultó insuficiente para digerir los mensajes de whatsapp que comenzaron a llegar perversamente contradictorios, hasta que la cruda realidad se le salió de abajo a la esperanza cuando los jefes locales anunciaron que el abastecimiento de gasolina quedaba suspendido, excepto para los sectores priorizados. Fin de la historia.

De pronto todas las partículas de optimismo se diluyeron en los charcos de la calle y cada quien se fue montando en su carro mascullando mentadas de madre que el frío de la noche se tragaba sin rencor, indiferente al llanto de una anciana dama que imploraba que nos quedáramos dizque para hacerle presión a no se quién su desesperación le hacía imaginar ingenuamente.

Una ingenuidad de transmisión comunitaria, pues uno de los compañeros repetía que no nos podían hacer eso, que esperáramos un poco, que los altos oficiales encargados de la gasolina iban a llamar a sus jefes en Caracas pidiendo autorización para surtirle a la gente que tenían en cola desde hacía días y que no echaban desde el 5 de julio.

Otro de los compañeros lo miró con sentimiento idéntico al que yo miré a la anciana, y le dijo: “Eso no va a suceder hermano, esa gente no se atreve a discutir una orden, lo de ellos es entendido y más nada, además lo más fácil es hacer las cosas tal cual y no arriesgarse a intentar hacer justicia…”; que sería lo más correcto.

La retirada fue silenciosa, sin coros ni despedidas, tal como se retiran los derrotados. Unos, entre ellos la anciana, tuvieron que quedarse porque no les quedaba ni para llegar a la esquina. Yo estaba en igual situación, sin embargo ignorando los riesgos arranqué para la casa entre calles solitarias, encharcadas, lúgubres, con Dios empujando el carro conmigo al volante y un susto en la garganta, y por qué no decirlo, irremediablemente contagiado de ingenuidad, pensando que si hubieran hecho esa llamada sin miedo a sus jefes, seguro los habrían autorizado para despachar por vía de excepción a los miles que esperábamos, irónicamente desde la fecha más significativa de nuestra patria, total un día más o un día menos era insignificante en comparación con el invalorable beneficio para quienes, como yo por ejemplo, ahora estoy con las manos en la cabeza pensando en cómo llevo a mi hija a dar a luz a mi primer nieto la próxima semana. Amén.

viznel@hotmail.com

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