En el deporte la ciencia no falla
En el deporte moderno, la ciencia ha dejado de ser un complemento para convertirse en una base imprescindible del proceso de entrenamiento. Hoy se dispone de información suficiente sobre cómo responde el cuerpo al esfuerzo, cómo influyen las emociones en el rendimiento y cómo prevenir lesiones que antes parecían inevitables. La fisiología, la psicología y la pedagogía deportiva ofrecen herramientas claras para acompañar al atleta en su desarrollo. Sin embargo, todo ese conocimiento pierde sentido cuando no existe una planificación coherente que lo ordene y lo haga aplicable. La ciencia no falla, pero puede quedar anulada cuando se improvisa o se toman decisiones sin una visión integral del proceso.
En las categorías formativas, la planificación representa una responsabilidad ética y educativa. No se está formando únicamente a un deportista, sino a una persona que aprende a relacionarse con el esfuerzo, la disciplina y la frustración. La ciencia explica que cada etapa del crecimiento requiere estímulos específicos y tiempos adecuados, pero cuando la planificación ignora estos principios, se generan exigencias desproporcionadas. Acelerar procesos por la presión de competir o destacar puede provocar desgaste temprano, lesiones evitables y abandono deportivo. En muchos casos, no es el niño o el joven quien falla, sino el entorno que no supo respetar su desarrollo.
En el alto rendimiento, la planificación se convierte en una herramienta estratégica para sostener el desempeño en el tiempo. El atleta convive con calendarios exigentes, múltiples competencias y una presión constante por el resultado. La ciencia aporta métodos para controlar la carga, evaluar la fatiga y optimizar la recuperación, pero si la planificación no integra estos datos con criterio, el rendimiento se vuelve frágil. El cuerpo comienza a enviar señales de alerta que muchas veces se ignoran hasta que aparecen lesiones o caídas abruptas de rendimiento, quedando en evidencia que el problema no era la falta de preparación, sino la falta de orden.
Desde una mirada pedagógica, planificar también significa enseñar al deportista a comprender su propio proceso. Cuando el atleta entiende por qué se entrena de determinada manera, qué sentido tiene cada fase y cómo influyen el descanso y la recuperación en su rendimiento, se fortalece su compromiso y su autonomía. La ciencia ofrece explicaciones, pero es la planificación la que transforma ese conocimiento en hábitos y conductas responsables. Sin una estructura clara y bien comunicada, el entrenamiento se percibe como una obligación mecánica y no como un proceso de aprendizaje consciente.
En contextos donde existen limitaciones económicas, estructurales o institucionales, la planificación adquiere un valor aún mayor, ya que no siempre se cuenta con las mejores instalaciones o con recursos ideales, pero una planificación bien pensada permite optimizar lo disponible y reducir riesgos innecesarios. Aplicar la ciencia de manera flexible, adaptándola a la realidad y evitando copiar modelos externos sin diagnóstico previo, favorece procesos más sostenibles. Planificar bien no implica hacer más, sino decidir mejor, cuidando la salud física y mental del deportista en cada etapa de su carrera.
Desde el presente espacio, esta reflexión invita a mirar el deporte con mayor conciencia y responsabilidad. La ciencia ofrece el camino, pero es la planificación la que define cómo se recorre, con qué ritmo y con qué propósito. Cuando ambos elementos se articulan con visión a largo plazo y sentido humano, el deporte se convierte en un espacio de crecimiento real y duradero. Comprender esta relación es clave para formar atletas más equilibrados, más saludables y más preparados, capaces de rendir sin sacrificar su bienestar ni perder el verdadero significado del esfuerzo deportivo. Amigas lectoras, amigos lectores, muchas gracias por su tiempo para con este espacio. Hasta la próxima, con el favor de Dios.
Para contactos: @Joseceden o Facebook / José E Cedeño Gonzalez (El hijo mayor de Otilia Gonzalez).
