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Cordillerano, un frío de bienvenida al nuevo mundo

Llegué de madrugada a Santiago y el frío me arrojó una primera bofetada con su inicio otoñal, a la postre solo un preámbulo del verdadero frío, que aún hoy lanza bofetadas de ida y vuelta.
lunes, 08 julio 2019
frío
Cortesía Mario Díaz | “A la vuelta iré a conquistarlos”

Cuando despegó el avión que hace poco más de tres años me alejó de Venezuela, desde luego que no tenía menor idea de lo que me esperaba.

En los días previos, por febrero de 2016, bullían las expectativas típicas de la retirada momentánea a un país rotulado popularmente con la etiqueta de “cercano al primer mundo”.

Luego iba a enterarme de lo que eso significaba.

El despegue de ese avión marcaba el inicio del estallido de la burbuja, del derrumbe de la zona de confort. Nueva etapa denominada: adultez en país ajeno.

 

Arribo

Es cierto que lo del transporte en avión se podría considerar una fortuna dentro de esa convulsa dinámica económica operante por esos días en Venezuela.

Salí desde Caracas el 3 de marzo, e hice una primera escala en Lima y otra más en Antofagasta, norte árido chileno, lo que sería mi primer contacto con el nuevo territorio.

Llegué de madrugada a Santiago y el frío me arrojó una primera bofetada con su inicio otoñal, a la postre solo un preámbulo del verdadero frío, que aún hoy lanza bofetadas de ida y vuelta.

Lo más cerca que había estado de una sensación térmica similar había sido en Mérida, Andes venezolanos, justo en el inicio de esa cordillera magnífica que luego observaría a diario casi desde cualquier ubicación en la nueva ciudad.

El segundo zarpazo santiaguino fue directo a la psiquis: un desfile inacabable de vallas publicitarias en medio de árboles que amarilleaban y arquitecturas evocando el viejo continente.

Un sinfín de nuevas marcas, modelos, productos, planes, opciones y créditos. El mundo nuevo.

Sin duda un contraste para nada menor si recordaba los anaqueles caraqueños consultados en la víspera de la mudanza.

 

Estallido de burbuja

Llegué a Santiago un jueves de madrugada y el viernes en la mañana estaba entrando al primero de mil trabajos.

En Venezuela trabajaba, por supuesto, pero ya había logrado independizarme del yugo patronal y ejercer mi profesión de periodista audiovisualista.

Ahora bien, mi primera labor en tierra chilena fue operador de call center. Luego mesonero. Después ayudante de cocina. Continué como bartender. Seguí en lavado de autos. Llegué a reponedor de anaqueles de supermercados. Fotografié bodas, modelos, comuniones; y continué en esa dinámica de múltiples trabajos largos meses.

El nuevo mundo propone eso: un desgaste físico y mental desmesurado con la recompensa, a veces tenue, de una sensación de tranquilidad, una emulación, una cercanía al bienestar.

Mucho frío después 40 meses después es mucho el viento, a veces gélido, que ha barrido Santiago proveniente de esa cordillera.

Ahora asisto horario de oficina, por lo menos. Gracias a las labores mencionadas he recorrido la ciudad en todos sus niveles, estratos, mundos (casi todos). Incluso más, el país: la Patagonia, la Región de los Ríos, el norte de cielos despejados, de hecho los más del globo; Angol, Temuco, el sur rebelde y bullicioso, y tan apacible al mismo tiempo. Y todo ha sido experiencia, aprendizaje. Un devenir.

Incluso un lumbago. Probé la gastronomía típica casi entera.

Degusté los más feroces vinos y variadas cervezas. Un par de amistades. Y todo eso siempre en la espera del momento justo, oportuno, final, de poder regresar a reunirme con las personas que hicieron los lugares que habité en esa Venezuela incomprensible.

Volver a esa comida, a esa cocina inigualable (al menos en Chile).

Conocer el mundo nuevo me develó los nichos de la Venezuela vieja.

A la vuelta iré a conquistarlos en ese ejercicio reconstructivo evidente y necesario. Y ya dentro de esta adultez formada en la agitación del movimiento, la lejanía y el cambio constante.

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