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Amanda Madero: Una vida entregada al teatro y los títeres

Espacio 5, Ñapita, La Barraca, Berejú y Pasajeros del Arte son algunas de las agrupaciones en donde ha mostrado su talento en Guayana.
viernes, 15 enero 2021
Cortesía | Sigue luchando por el teatro en Guayana

Creativa, terca, perseverante, servidora y enamorada de las artes. Esas podrían ser algunas de las palabras que describirían la personalidad de Amanda Madero, una mujer que a lo largo de más de 40 años se ha entregado con esmero al teatro y a los títeres.

Su trabajo con Barraquita Títeres y Bumeran la convierten en una de las pocas personas que de manera permanente, en el estado Bolívar, se dedica al trabajo de teatro de títeres y marionetas.

Es referente en talleres de elaboración y manipulación de muñecos en sus diferentes técnicas, aprendizajes que adquirió de maestros como Eddy Salazar y que ha aderezado de forma autodidacta.

Es también actriz y profesora en la Fundación La Barraca en donde lleva uno de los niveles del taller juvenil. Como parte del elenco estable de La Barraca su último trabajo fue en 2018 con el montaje Sabor a odio, con adaptación de Juan Pagés y dirección de Gerardo Mantilla.

Pero ¿cuál ha sido su aporte? ¿Qué es lo que más disfruta de su carrera? La propia artista nos ayuda a despejar esas dudas.

El comienzo con Eddy Salazar

Amanda Silvestre Madero nació en El Manteco, estado Bolívar el 26 de noviembre de 1955, el año en que Susana Duijm se coronaba como Miss Mundo.

Desde niña fue curiosa, inventora, con una mente inquieta. Más de un regaño se ganó.

De su traslado a Ciudad Guayana vino el contacto con las artes, los primeros amores y así, en plena juventud, le llegó, sin esperarlo, su entrada al teatro de muñecos.

Se inició por accidente. “Fui a ver una obra y me llamaron a hacer teatro de títeres y allí me quedé enganchada hasta ahora”, rememora.

La excusa era acompañar a su novio y estando en el público, el maestro Eddy Salazar, la eligió para improvisar.

“Lo primero que hice fue ponerme un títere en la mano sin saber que era eso”, relata. Pero le gustó.

Era la obra La Calle de los Fantasmas. Salazar le permitió sumarse a sus alumnos.

“Así comencé en el grupo Espacio 5 de teatro y Ñapita de títeres. Hicimos teatro en los liceos, visitamos el Oscar Luis Perfetti que era el que nos quedaba más cerca del espacio donde estábamos que era por la iglesia Virgen del Valle en Puerto Ordaz. Hacíamos títeres, teatro, poesía, cuentacuentos”.

La semilla había sido sembrada y Amanda quería más. El maestro Salazar tuvo que irse del estado por unos incidentes políticos.

Era barraqueana

Con la paralización de este grupo, Madero decidió ir a La Barraca. “Allí conocí a toda la gente barraqueana de esa época. La Barraca es una gran institución y que es parte de la historia cultural de la ciudad; de Venezuela. Entré en 1976 en La Barraca hasta 1981, esa primera etapa. Luego he estado entrando y saliendo”, refiere.

“En La Barraca mi experiencia ha sido grandiosa. Yo era una muchacha que quería ver las cosas de otra forma y nunca me imaginé que iba a entrar un espacio tan maravilloso y de la mano de una persona como el maestro Juan Pagés. Moldeándonos en ese entonces comenzamos 8 actores y luego 12. A mis 22 años ya habíamos recorrido gran parte de Europa y Venezuela”, recuerda sobre la llamada “época de oro” del teatro guayanés con proyección internacional.

“Muchas veces nos íbamos a otras ciudades a conocer la cultura. Nos preparábamos a talleres en Caracas, con profesores de Rajatabla. También venían a La Barraca y nos daban los talleres. El maestro Juan insistía en que cada actor debía encontrar su fórmula, cultivar su preparación intelectual, su conocimiento siempre”, apunta la actriz quien considera a la institución como referencia en el teatro del oriente venezolano.

Experiencias valiosas

“Luego de La Barraca me fui por tres años a Danzas Berejú”, señala. En el grupo dirigido por Félix Córdoba y en donde compartió con figuras reconocidas como Rosa Gómez y Luis Gómez formó parte de producciones maravillosas.

Amanda, madre de un joven, Germán, y ya casada también dedicaba a la par tiempo a su familia y consolidó algunos emprendimientos.

“Me dediqué después al comercio por un tiempo y dejé de lado la parte del espectáculo pero siempre asesoraba escuelas y dictaba talleres. Nunca me he retirado de lleno de esta actividad maravillosa”, aclara.

No podía estar alejada de la expresión artística. Así que cuando Eddy Salazar regresó a Bolívar y abrió su Tienda de Muñecos, inmediatamente se sumó a sus filas para realizar un trabajo exhaustivo con la proyección de los títeres en las escuelas.

“Agradezco a Dios todas estas oportunidades. La Tienda de Muñecos llegó hasta Francia. (…) Mucha gente desconoce el trabajo que hemos hecho porque muchas generaciones se han ido y la generación actual no muestra interés por conocer de los pioneros. Es una de mis preocupaciones sobre el teatro en la zona”, dice la maestra.

“Una de las cosas más importantes que he vivido en mi experiencia teatral ha sido la cantidad de gente, de niños, de jóvenes, de adultos que han pasado por mis manos. Experiencias maravillosas como dar clases a niños de kinder y teatro a adultos mayores, como el caso de Fundación Armonía. Todo eso que he hecho ha llenado mi mundo. (…) Sé que hay mucha gente, que hay mucha gente que quiere hacer teatro, pero también tengo la tristeza de que estamos en un estado, en una ciudad, en donde el teatro es difícil en la actualidad”, sostiene.

Sin pensar en el retiro

En las obras que ha trabajado, aproximadamente, con Espacio 5, La Barraca, y particulares, suman unas 40 y 50 obras.

“En La Barraca he hecho de todo, cuando no estaba actuando se apoyaba en vestuario, maquillaje, la parte técnica, de alguna manera colaboraba”, detalla.

Hay dos obras en particular que marcan la carrera de Amanda, en «Todos esperan ese día» hizo de hombre y en «El Bar de la Coqueluche», con el Grupo Alterno La Barraca y con dirección de Alejandro Bertho, dio vida a “Caramelo”, una prostituta. Ambos personajes la retaron.

También destacó en otras piezas como en un monólogo como la Negra Matea, nana de Simón Bolívar, o en la pieza «Tres vidas, tres mujeres», basada en Cuando quiero llorar no lloro de Miguel Otero Slva, dirigida por Gerardo Mantilla que se presentó en 2017 en el Festival Internacional de Teatro de Caracas.

Le preocupa que en el estado Bolívar haya pocos grupos de teatro de títeres y que no haya una generación de relevo interesada en aprender la técnica y tomar en serio el montaje de espectáculos en este renglón.

Intenta hacer su parte con talleres de la mano del Ministerio de Cultura, apoyo a comunidades, asesorías.

De hecho emprendió un espacio para la enseñanza del títere en la urbanización Ventuari de Puerto Ordaz.

Considera que no debe bajarse la guardia y estimular a las nuevas generaciones a no perder el valor del trabajo, incluso en el arte, en formarse de manera permanente y en respetar el legado de los maestros que han ido abriendo caminos. Defiende la magia del títere, ese no sé qué que envuelve a niños y jóvenes y que atrapa a los adultos.

«Hay una diversidad por explorar con el marote, la marioneta, los títeres de sombras, los muppets, el guiñol», afirma.

“A mí de teatro me gusta todo. Desde que entró por la puerta como espectador. Todo. Un buen libreto, un buen director. Yo vivo para actuar», finaliza la actriz.

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