Opinión

País portátil

Todavía recuerdo el día en el que mi profesor de Moral y Cívica en bachillerato, nos recomendó leer la novela del escritor venezolano Adriano González León y cuyo título utilizo hoy para estas líneas.
País portátil
lunes, 08 junio 2026

Todavía recuerdo el día en el que mi profesor de Moral y Cívica en bachillerato, nos recomendó leer la novela del escritor venezolano Adriano González León y cuyo título utilizo hoy para estas líneas, la recomendación la hacía con un aire de clandestinidad, como quien nos revela un secreto que no debe ser escuchado por las autoridades, como si de un ofrecimiento de algo ilegal se tratara.

Y es que resulta que para la época en la que transcurría mi bachillerato, las ideas subversivas aún eran tendencia de consumo juvenil, casi una moda, hablar de guerrilla daba una suerte de estatus de líder, de renegado antisistema, de revolucionario intelectual, si es posible que coexistan ambos términos. Esa atmósfera no era exclusiva de liceos, pues tenía su epicentro en las Universidades nacionales, y fue tanto su poder que en ella se fusionaron Estudiantes, Profesores y hasta Rectores, prueba de ello fue un documento cuyo infame título “Los Abajo Firmantes” quedó para la historia.

Confieso que en momentos también me sentí seducido por esa ola subversiva, pero como nunca he sido partidario de seguir al montón, aplacé ese pensamiento de unión a la masa para el futuro, lo que permitió que esa prolongada espera me llevara al pensamiento crítico, de donde nunca más pude salir como si de un vicio se tratara.

Sin embargo décadas después y desde ese pensamiento crítico del que me hice adicto, me di el permiso de leer aquella novela recomendada, bien para acallar esa curiosidad prolongada, y también para darme permiso a esas ideas distintas desde las que se nutren los criterios amplios.

No crean que voy en lo adelante a realizarle una reseña a la obra de González León, lejos estoy de proponerme eso, pero lo que si deseo expresar a partir de ella, es esa violencia que describe en sus líneas y de la que hemos mamado varias muchas generaciones de venezolanos y seguimos haciéndolo en la actualidad.

Lo que representaba aquel maletín peligroso que llevaba Andrés como personaje principal de la novela, a través de aquella Caracas convulsa, se me antoja compararlo hoy, con el peligroso deseo de reclamar nuestros derechos y no morir o perder la libertad en el intento, curiosamente en un país cuyo gobierno está compuesto en su mayoría, por personas que si se dejaron seducir por aquella atmósfera de la que en mi juventud me aparté, y de ideales desde los que me parece escribió González León, de los que paradójicamente tampoco vino la paz social que pregonaban.

Lo portátil de la Venezuela actual entonces ya no se debe a la escogencia del ideal correcto, sino a la traición de este en la construcción de lo que nunca fue un verdadero objetivo, simplemente una fábula para engañar.

Esa remembranza me trae hoy a la reflexión de lo que hemos pasado los Venezolanos durante las últimas décadas, donde hemos sorteado la violencia en todas sus formas, a la que hemos sobrevivido, quizás por el simple empeño de la providencia, de procurar siempre testigos para la narración y descripción de la memoria histórica.

Mi parte creo cubrirla con los aportes desde esta pequeña ventana, de lo que me ha correspondido ser observador y testigo, la violencia judicial, esa que se ejerce con una firma y sin disparar una sola bala, pero que en ocasiones ha generado profundamente mucho más daño que aquel que pueda generar una o mil armas de fuego.

No puede generar nada positivo eso de lograr a trocha y mocha por un tribunal, lo que por política o socialmente no puede obtenerse, y esa exactamente es la función a la cual fue reducido nuestro sistema judicial, judicializar hasta lo ilegal al punto de lo grotesco, con tal de alcanzar la orden impuesta, subordinando las leyes a los intereses del gobierno. Esto aunque parezca increíble ya ocurrió en el pasado en distintas latitudes, Alemania, Rumania, Cuba, Argentina, etc.

Venezuela entonces, parafraseando al autor citado, se vuelve hoy un país mucho más portátil, con una inconmensurable diáspora por diseño, empresas que van en un maletín como el que llevaba Andrés y que utilizaron para expoliar una nación entera, una encargada que preside solo para las redes y las cámaras, una moneda que no compra, unas riquezas que salen sin control y con un tutelaje ilimitado como compensación. Más que portátil devenimos al parecer en desechables, todos nos han usado y luego hemos sido descartados.

Vivimos tiempos de mucha incertidumbre, nada está claro en el panorama futuro y mientras el sistema judicial continúe en su estado de ocupación, la oscuridad y la falta de certeza continuará, porque es el Juez y no otro, el único llamado a contener la barbarie y separarla de la civilidad, y con el poder suficiente para doblegar la arbitrariedad con la sutileza de una pluma al final de su firma, blandiendo como espada una sentencia proba, justa y con fuerza de ley.

 

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