¿Progreso?
Contemplamos con asombro el mundo que hemos construido. En un suspiro del tiempo cósmico, el Homo sapiens pasó de dominar el fuego a surcar los cielos en máquinas de metal, descifrar el código genético y poner la mirada en los confines del sistema solar.
Desdoblamos el átomo y acumulamos más datos de los que albergó la mítica Biblioteca de Alejandría. Sin embargo, en medio de esta borrachera de éxitos técnicos, una inquietud silenciosa nos persigue: ¿hemos evolucionado realmente o solo hemos cambiado de disfraz?
Vivimos atrapados en la paradoja más desconcertante de la historia. Somos capaces de enviar sondas a Júpiter y predecir el comportamiento de partículas subatómicas, pero seguimos siendo incapaces de resolver la ecuación más elemental: la convivencia armónica entre seres vivos.
Diseñamos lenguajes sofisticados para dialogar con inteligencias artificiales, pero no encontramos las palabras para entendernos con quienes compartimos el techo. Manipulamos la energía en todas sus manifestaciones, pero nos atribulamos ante la menor tormenta de nuestro propio corazón.
Esta fractura entre el saber técnico y la sabiduría existencial, revela la gran ilusión de nuestra era: creer que el dominio del mundo exterior puede sustituir al autoconocimiento.
El origen de este desequilibrio se remonta a las aulas. Diseñamos un sistema educativo concebido como una línea de ensamblaje: formamos repositorios de información, procesadores de datos y especialistas hipercalificados, para alimentar la maquinaria productiva. Educamos para el exterior. Nos preocupamos por graduar físicos cuánticos y cirujanos de excelencia, pero los devolvemos al mundo como analfabetos emocionales. Abrimos corazones en el quirófano, pero no enseñamos a abrir el propio.
Luego nos escandalizamos ante la disfunción social, el colapso familiar o la falta de empatía del liderazgo. La explicación es dolorosa en su sencillez: nadie puede ejercitar lo que nunca aprendió.
El verdadero progreso de nuestra especie no se medirá por la velocidad de nuestros computadores, ni por la distancia de nuestras conquistas espaciales. La prueba definitiva del Homo sapiens, será su capacidad para cerrar la brecha entre la brillantez de su intelecto y la madurez de su espíritu. Si la tecnología sigue avanzando a pasos agigantados, mientras la calidad humana permanece estancada, el supuesto progreso no será más que un espejismo en el desierto de nuestra propia desolación.
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