Necesidad de ciudadanía sin dogmas
Durante décadas, el debate público nos ha arrastrado a una trampa binaria: o eres de izquierda o eres de derecha. Se nos dice que para defender la libertad hay que firmar un contrato con un bando, y que para abogar por la justicia social hay que jurar lealtad al otro.
Pero si analizamos los anhelos más profundos del ser humano, descubrimos una verdad incómoda para las cúpulas políticas: los valores esenciales de una sociedad sana no tienen carnet ideológico.
¿Hay que ser de izquierda o de derecha para promover la libertad individual, la solidaridad y la democracia como sistema de vida? ¿Se necesita una etiqueta para exigir que el esfuerzo propio, y no el favor político, sea la llave que abra las puertas del futuro? La respuesta es un rotundo no.
Construir una república de ciudadanos libres y prósperos, abogar por una Economía Social de Mercado que garantice el desarrollo integral, o exigir la separación de poderes y la erradicación de la corrupción, son aspiraciones que responden a la ética y al sentido común, no a un dogma de partido.
Lo mismo ocurre con la transparencia institucional y la equidad. Requerir que los funcionarios del Estado ocupen sus cargos por estricta capacidad técnica y solvencia moral, o garantizar la participación equitativa de mujeres, hombres, jóvenes y adultos mayores en la vida pública, no es una agenda exclusiva de ningún extremo del espectro político. Es, simplemente, justicia.
Si para preservar una vida sana, honorable y próspera no hace falta ser de izquierda ni de derecha, cabe preguntarse: ¿por qué caemos en la parálisis de la híper-ideologización?
El caso de Venezuela es un doloroso ejemplo. Un país que llegó a tener más de 65 partidos políticos y universidades atiborradas de debate ideológico estéril, en lugar de aulas y laboratorios palpitando por la investigación, la innovación y el desarrollo.
Se priorizó la militancia por encima de la competencia; el discurso político por encima de la producción científica y económica. El resultado de anteponer la etiqueta a la gestión está a la vista.
Incluso en continentes enteros como el europeo, el péndulo ideológico consume energías masivas en debates abstractos, mientras los ciudadanos comunes lo que requieren es un “chorro de vida sana”: normas de justicia inviolables, un caudal inagotable de libertad, equidad real y prosperidad en la medida de sus necesidades.
La obsesión por encasillar todo en “izquierda” o “derecha” solo sirve para dividir a las sociedades en bandos irreconciliables, alimentando a maquinarias políticas que viven del conflicto y no de los resultados.
Al final del día, las ideologías suelen convertirse en trincheras para justificar totalitarismos, tapar corrupciones o violar derechos humanos bajo el escudo del “bien común” o del “libre mercado”.
Para vivir bien, los pueblos no necesitan dogmas; necesitan instituciones fuertes, meritocracia, ética inquebrantable, solidaridad humana y libertad económica. Todo eso se puede —y se debe— obtener sin rendir pleitesía a los extremos. Es hora de superar las etiquetas y empezar a construir, desde la ciudadanía libre, la sociedad que de verdad nos merecemos.
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