Opinión

El naufragio de la ley

Reconocer esta realidad no es un ejercicio de derrotismo; es el diagnóstico clínico indispensable para la reconstrucción. Salir a la calle no debería ser un acto de temeridad, sino una práctica de civismo.
ley
lunes, 18 mayo 2026

En Venezuela, el silencio de la ley no significa que vivamos sin sonido, por el contrario, estamos expuestos continuamente a un ruido ensordecedor, para un país que aprendió a vivir en el “sálvese quien pueda”.

Lo que antes era la excepción, hoy es nuestra cédula de identidad social: una cultura que abrazó ladesobediencia y que convirtió la norma en cortés sugerencia, pero demasiadas vecesignorada con desprecio.

Este fenómeno de erosión institucional atraviesa cada fibra de nuestra nación. Evadimos impuestos bajo la excusa del desgobierno, levantamos ciudades al margen de cualquier rigor urbanístico y agredimos al prójimo —con el gesto, la palabra o el puño— bajo el amparo de una impunidad que lacera.

En este ecosistema invertido, quien denuncia la falta es, paradójicamente, el señalado; el ciudadano íntegro quetermina acosado social y legalmente. Mientras tanto, la educación languidece, los hospitales se convierten en abandonados monumentos y las cárceles, en bastiones del poder.

Las fuerzas del orden, despojadas de lo elemental, son el espejo de este naufragio. Sin patrullas, sin radios, sin uniformes dignos y, lo más grave, sin una formacióntécnica y ética que los respalde. Su autoridad es como saludo a la bandera o uniforme vacío.

El sistema político, por su parte, navega desarticulado. Partidos que alguna vez fueron faros doctrinarios, hoy, atomizados como están, se hunden en una desmoralización profunda, asomándose más por la ventana del oportunismo que por la de la ética ciudadana.

En este contexto, el tránsito es el síntoma más relevante y visible de nuestra enfermedad social. En las avenidas de Ciudad Guayana, la luz roja no limita, estorba.

Respetar el semáforo es invitar a una orquesta de bocinazos agresivos de quienes vienen detrás, hombres y mujeres por igual, impacientes por seguir rompiendo el pacto social. Los peatones, por su parte, cruzan el caos como si las franjas de cebra fueran jeroglíficos de una civilización extinta.

Pero el vértice de este desorden lo ocupan los motorizados. Se han convertido en jinetes veloces y temerarios, circulando sin cascos y transportando familias enteras sobre dos ruedas, desafiando, no solo a la ley, sino las relaciones inmutables de la física. Es una hemorragia silenciosa de vidas jóvenes que, en el pavimento apagan diariamente sus luces, y ocurre ante la indiferencia de un Estado que no se hace presente y una ciudadanía que ya nada espera de él.

Reconocer esta realidad no es un ejercicio de derrotismo; es el diagnóstico clínico indispensable para la reconstrucción. Salir a la calle no debería ser un acto de temeridad, sino una práctica de civismo.

Si permitimos que la ley siga siendo un eco sin fuerza, terminaremos porconvertirnos en una sociedad fantasma poblada de zombis. La reconstrucciónde Venezuela no ser reiniciará en palacios y despachos, sino en el instante en que el ciudadano decida detenerse ante la roja, no por miedo a la multa, sino por respeto al prójimo.

Solo cuando la ética sea el motor, y la ley nuestro volante, dejaremos de ser náufragos a la deriva, para convertirnos, finalmente, en una nación.

 

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