Opinión

El espejismo de la equidad, una “igualdad muy desigual”

Los jóvenes no pueden seguir aislados de la realidad productiva; deben habitar laboratorios, campos agrícolas, industrias y hospitales.
igualdad
lunes, 04 mayo 2026

La igualdad, valor supremo que las democracias modernas han esculpido en mármol, padece de una anemia crónica.

Se nos presenta como un lienzo impecable, una verdad absoluta; sin embargo, en el rudo asfalto de la realidad, ese principio es vilmente vapuleado.

Lo que hoy defendemos no es más que una igualdad nominal, un artefacto jurídico que consuela a los ingenuos pero que, en la práctica, perpetúa los privilegios.

Basta con asomarse a los tribunales. En teoría, la balanza de la justicia es ciega y la ley es igual para todos, pero la realidad dicta una sentencia distinta: ante el juez, suele pesar más la profundidad del bolsillo que la fuerza de la razón.

Quien puede costear el bufete más prestigioso e influir en los plazos procesales, juega con una ventaja que convierte la equidad en un sarcasmo. ¿Existe verdadera igualdad ante la ley? Jurídicamente sí, pero es un espejismo burocrático que solo se materializa para quienes pueden pagarla.

Esta fractura social nace mucho antes de los tribunales; se gesta en el aula. El Estado se jacta de ofrecer educación gratuita, pero ignora el punto de partida.

El niño que llega a clase con el estómago vacío no compite en las mismas condiciones con aquel que cuenta con nutrición óptima y un entorno estimulante.

La desigualdad es silenciosa: se enmascara bajo un valor político que se estrella contra el hambre. Por ello, no basta con parches; urge reconstituir el sistema desde sus cimientos.

Imaginemos un modelo disruptivo, un nuevo pacto social que entienda que, para ser iguales al final del camino, los involucrados como Padres, Maestros, Estado y Sociedad en general, deben intervenir con fuerza al principio.

La propuesta comienza en las casas-cuna, desde los seis meses de vida. No meras guarderías, sino centros de excelencia donde los bebés reciban nutrición integral, atención médica, estimulación temprana y las herramientas necesarias para despertar su intelecto.

En la primaria, este régimen debe ser innegociable: alimentación garantizada, salud psicológica y tecnología de vanguardia.

La secundaria, por su parte, debe evolucionar hacia jornadas de once horas diarias, donde la teoría se funda con la praxis.

Los jóvenes no pueden seguir aislados de la realidad productiva; deben habitar laboratorios, campos agrícolas, industrias y hospitales. Solo mediante la vivencia directa descubrirán su vocación y el valor del esfuerzo.

La educación superior debe ser la cumbre del compromiso bajo un esquema de reciprocidad. El estudiante contará con el respaldo de la sociedad en sus necesidades básicas, pero una vez integrado al mundo laboral, retribuirá el costo de su formación mediante una cuota modesta de su sueldo, financiando así el futuro de las siguientes generaciones.

Es una cadena de gratitud y responsabilidad civil.

Incluso el ocaso de la vida exige una relectura. El retiro no debe ser abandono. Entre los 65 y los 75 años, el ciudadano —según su capacidad— debe aportar su experiencia en jornadas reducida, apoyando en educación y servicios. Solo tras este último acto laboral, llegaría la pensión honorable para una vejez con absoluta dignidad.

Este modelo propone una “igualdad más desigual”: un sistema que otorga más a quien menos tiene y que exige más a quien más ha recibido. Solo rompiendo la ficción de la igualdad teórica, construiremos una equidad real, una que se sienta en el plato de comida, en el libro abierto y en la sentencia justa. Es hora de dejar de pregonar valores y empezar a diseñar realidades.

 

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