Opinión

El dilema de la lealtad: Ofrenda de occidente Vs indiferencia europea.

El Congreso de los Estados Unidos tiene en sus manos la oportunidad histórica de detener esta infidelidad geopolítica. No se trata de aislamiento, sino de justicia estratégica.
dilema
lunes, 23 marzo 2026

Una historia de libertad, en tiempos modernos, no podría haber sido escrita sin el rastro de sangre, sudor e ingentes recursos, que los Estados Unidos de América han dejado en suelos extranjeros.

Desde las costas de Normandía hasta el paralelo 38, en la península coreana, la arquitectura de la seguridad global ha descansado sobre los hombros de una nación que decidió que el aislacionismo no era una opción cuando la tiranía amenazaba con devorar al mundo civilizado.

Sin embargo, hoy nos encontramos ante una paradoja inquietante: mientras el régimen de Irán expande su sombra de fanatismo y terrorismo, aquellos que fueron salvados por el “arsenal de la democracia”, parecen haber desarrollado una amnesia selectiva que amenaza con desmoronar el orden internacional.

Para comprender el estupor que genera la tibieza actual, es imperativo mirar hacia atrás. Durante la Segunda Guerra Mundial, el fascismo redujo a cenizas la soberanía de casi toda Europa.

Países como Francia, Polonia y los Países Bajos, fueron condenados y casi borrados del mapa por la bota militar Nazi. Solo regímenes como el de Franco en España o Mussolini en Italia se mantuvieron bajo una relativa estabilidad debido a su afinidad ideológica.

Fue la intervención de los Estados Unidos la que alteró el curso de la historia. El sacrificio de miles de soldados y la inversión de miles de millones de dólares, no solo liberaron a Europa, sino que evitaron que hoy el continente hablara alemán.

Esta generosidad se institucionalizó en la OTAN, donde EE. UU., ha sido el principal motor económico y tecnológico, tejiendo un manto protector contra el expansionismo autoritario.

Este patrón se repitió en Asia. La prosperidad de Japón y Corea del Sur es fruto directo de la determinación estadounidense para detener la plaga comunista. Sin Washington, Corea del Sur sería hoy el mismo páramo baldío de derechos humanos, tal como lo es su vecino del norte. Durante décadas, este escudo ha protegido a estas naciones de la avidez de conquista soviética y sus herederos, permitiéndoles crecer bajo una paz garantizada por otros.

En este contexto, la emergencia de Irán como actor desestabilizador, ha sido y hoy lo es aún más, una amenaza existencial para el mundo libre.

Teherán ha perfeccionado la exportación del caos, financiando a grupos como Hamas y Hezbolá, cuyos ataques no se limitan a Israel, sino que extienden sus tentáculos hasta Latinoamérica —en naciones como Argentina y Venezuela— con el fin de erosionar las democracias occidentales.

El ataque a las Torres Gemelas, aunque con distintos autores materiales, bebió de la misma raíz de fanatismo religioso que Irán promueve hoy.

Es por esto que resulta incomprensible escuchar a líderes como el socialista Pedro Sánchez —cuya gestión es vista con creciente escepticismo en Europa— o a los representantes de Alemania, Japón y Corea del Sur, sugerir que la contención de Irán “no es su guerra”.

Esta actitud redefine valores como el de “solidaridad” y la “seguridad mundial”, transformándolos en conceptos vacíos de conveniencia.

Ante este escenario de ingratitud sistemática, el Congreso de los Estados Unidos debe asumir su papel como garante, no solo de la seguridad global, sino del respeto a la dignidad del pueblo estadounidense y del mundo libre.

No es aceptable que el contribuyente de Nebraska o Florida siga financiando la defensa de naciones que, al primer signo de conflicto real, optan por la equidistancia o la mediación ambigua.

Es imperativo que el Capitolio actúe con contundencia bajo las siguientes premisas:

1. Revisión de tratados y condicionalidad de fondos: El Congreso debe condicionar la permanencia de Estados Unidos en estructuras como la OTAN y el financiamiento a la ONU a una participación activa y proporcional de sus aliados. La seguridad no puede ser un servicio de suscripción gratuito donde unos ponen la sangre y otros simplemente observan desde la barrera.

Si naciones como Inglaterra, España o Alemania no están dispuestas a comprometerse contra el terrorismo de Irán, el Congreso debe legislar para retirar el paraguas protector que las cobija.

  1. Fin de la impunidad en las organizaciones internacionales: El Congreso debe cuestionar la viabilidad de seguir financiando el “circo” de las Naciones Unidas, donde a menudo se permite que regímenes autoritarios dicten la agenda mientras se muerde la mano de quien sostiene la organización. La soberanía estadounidense no puede estar sujeta al chantaje de instituciones que han demostrado ser ineficaces ante el fanatismo religioso.
  2. Priorizar el Hemisferio Occidental: Mientras los aliados transatlánticos titubean, la amenaza iraní ya está en nuestro vecindario. El Congreso debe redirigir recursos para neutralizar la influencia de Teherán en Venezuela y otras zonas de Latinoamérica. Nuestra prioridad debe ser proteger el mundo libre allí donde la lealtad y la proximidad sean mutuas.

La libertad fue comprada a un elevadísimo precio que Londres, Berlín, Madrid, Tokio y Seúl parecen haber olvidado. Si los líderes de estas naciones persisten en la idea de que la lucha contra el eje del mal en el Medio Oriente les es ajena, Estados Unidos tiene el derecho —y el deber moral— de declarar que la defensa de sus fronteras y economías también es ajena a nosotros.

El Congreso de los Estados Unidos tiene en sus manos la oportunidad histórica de detener esta infidelidad geopolítica. No se trata de aislamiento, sino de justicia estratégica. Las alianzas sin compromiso son espejismos que solo benefician a los tiranos. Es hora de que Washington exija que aquellos que disfrutan de la libertad ayuden a defenderla, o que aprendan a vivir en un mundo donde el escudo estadounidense ya no esté allí para salvarlos de sus propios errores.

Sobre el autor:

Manuel García Tamayo es Oficial de la Marina Mercante de la Escuela Náutica de Venezuela, graduado también como Bachelor of Science in Industrial Management (Ciencias de la Gestión Industrial) del Georgia Institute of Tecnology y cuenta con una Maestría en Administración de Empresas (MBA) por el Rensselaer Polytechnic Institute.

Analista de políticas industriales y gobernanza, actualmente desarrolla propuestas estratégicas para el sector industrial público y privado.

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