Dicotomía de lo Cualitativo y lo Cuantitativo: ¿Tirios y troyanos?
En el campo de la investigación científica, pareciera que todavía persiste una antigua disputa entre “tirios y troyanos”: dos enfoques que, aunque compartían el mismo escenario, solían defender territorios desemejantes.
Están quienes por un lado confían en los números, las mediciones, las variables y la posibilidad de explicar los fenómenos mediante datos cuantificables y por el otro, quienes exigen las experiencias, los significados, las percepciones y las características que dificultosamente pueden reducirse a una cifra.
Así, lo cuantitativo y lo cualitativo han sido enseñados, con frecuencia, como vías confrontadas para acercarnos al conocimiento.
El debate entre la investigación cuantitativa y cualitativa es uno de los temas más clásicos y persistentes en la metodología científica. Históricamente, este choque se ha estructurado en torno a varias posturas dicotómicas (antagónicas) que defienden la superioridad o la idoneidad de un enfoque sobre el otro.
Pero ¿realmente estamos frente a dos ejércitos antípodas? ¿La investigación cualitativa es irreconciliable educativa o pedagógicamente hablando, con respecto a la cuantitativa? Un ejemplo muy real puede utilizarse.
Supongamos que nos interesa conocer las calificaciones promedio de un grupo de estudiantes, su rendimiento comparado. Muy bien, pero además queremos conocer cómo aprendieron, qué dificultades experimentaron, qué significado atribuyeron a la experiencia y cómo influyeron su contexto y sus relaciones en ese proceso. Los números pueden mostrarnos una parte de la realidad; las voces y experiencias pueden ayudarnos a comprender otra.
El problema surge cuando convertimos una diferencia metodológica en una especie de confrontación epistemológica: como si utilizar estadísticas significara renunciar a la comprensión profunda, o como si escuchar relatos y experiencias implicara abandonar el rigor científico.
En esta perspectiva dicotómica, cada enfoque parece reclamar para sí una suerte de territorio exclusivo de la verdad. Así entonces desde lo pedagógico, quizá es conveniente plantearse la interrogante “¿qué enfoque permite comprender mejor el problema que queremos investigar?”. ¿Por qué? Porque no se trata de declarar vencedor a uno de los “contendientes”, sino de reconocer que cada representación posee posibilidades, alcances y limitaciones.
Es indiscutible que lo determinístico de lo cuantitativo, permite identificar tendencias, establecer relaciones, comparar resultados y dimensionar determinados fenómenos, mientras que lo cualitativo permite establecer aproximaciones sobre los significados e interpretaciones.
Lo cualitativo, por su parte, permite aproximarnos a los significados, interpretar experiencias, intuir contextos y rescatar las voces de quienes participan en una realidad determinada (Informantes clave). A simple vista, es inconveniente desde el punto de vista epistemológico el presentar lo cualitativo con lo cuantitativo como enemigos irreconciliables, pues en general sería una posición epistemológicamente insuficiente (Positivismo vs. Constructivismo), pues la realidad puede ser tan compleja que requiera de ambas.
Ante ese dilema, entra un factor muy importante, el desafío del investigador que no consiste necesariamente en escoger un bando, sino en demostrar de manera rígida las decisiones metodológicas que acoge en función de la naturaleza del problema, sus interrogantes y las intenciones de su investigación.
En oportunidades, según mi experiencia como docente e investigador en ciencias sociales hube de escuchar expresiones como: “Lo que pasa con determinados investigadores es que, por no sentirse vinculados con lo matemático, prefieren hacer uso de la metodología cualitativa y no de la cuantitativa”.
Esa explicación la considero falsa, aun cuando no tengan experticia en matemática, aritmética o estadística, considero ese tipo de obstáculo no es posible en la actualidad, puesto que existen múltiples softwares que son manejables con mucha facilidad por cualquier profesional o investigador.
Por lo tanto, la verdadera enseñanza de esta disputa entre “tirios y troyanos” sea que la investigación no debería convertirse en una guerra de métodos. Algo así como una “guerra de paradigmas“: el histórico conflicto entre las ciencias sociales y exactas, con atacantes y defensores que se denigran recíprocamente, crean bandos enemigos incapaces de conciliar.
En lugar de pertenecer más bien a un área dialógica entre distintas formas de aproximación a una realidad que, por compleja, laborosamente puede ser expuesta desde una única visión, si bien los números requieren interpretación y las interpretaciones precisan evidencias. Ese dilema instiga al investigador a superar las trincheras metodológicas y preguntar qué necesita conocer, para qué necesita conocerlo y cuál es la manera más rigurosa de hacerlo.
Así entonces, si bien, Tirios y Troyanos es una locución clásica que procede de la Eneida de Virgilio y de la historia antigua, donde los habitantes de Tiro y los de Troya representaban a dos bandos irreconciliables, al aplicarse al debate de lo cualitativo versus lo cuantitativo, es una simple metáfora que describe la histórica e intensa competencia metodológica entre los defensores de la investigación cualitativa y los de la cuantitativa en el mundo científico y académico.
Es obligatorio una reconciliación, y esa no es otra que un enfoque mixto, es decir, ambos “bandos” (métodos) dejen de competir y comiencen a colaborar a través de la metodología mixta para obtener un horizonte más acabado de un problema.
Actualmente, se ha superado esa dicotomía, puesto que investigadores contemporáneos argumentan que ambos enfoques no son opuestos, sino complementarios. Esto ha dado pie al auge de los métodos mixtos (como los diseños secuenciales o concurrentes), los cuales integran lo mejor de ambos mundos para abordar problemas complejos que un solo método no podría resolver por completo.
Un ejemplo histórico, de la aceptación del uso de lo cualitativo con lo cuantitativo, podemos inferirlo de Edmund Husserl como creador de la Fenomenología, algo eminentemente cualitativo, es un ejemplo de la utilización de lo cuantitativo, cuando en un tratado filosófico escribió su libro “Filosofía de la Aritmética” (1881), analiza el número natural como un predicado de conjuntos colectivos que requiere de la sucesión temporal y la experiencia concreta.
Y, cierto es, que el núcleo de su pensamiento sigue vivo: “la ciencia no puede entender el mundo si ignora al sujeto que lo experimenta”. Lo cualitativo es el faro que impide que la ciencia se vuelva ciega ante los significados, los dolores y las esperanzas que dan sentido a la existencia humana.
Otro lo fue Hans-Georg Gadamer, quien utilizó las matemáticas griegas para reconciliar la racionalidad práctica (frónesis), con la pretensión de conocimiento exacto. Para él, la exactitud matemática y la retórica dialéctica no se excluyen, sino que conviven dentro del saber.
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