Aluminio, energía y capital
La historia de la zona industrial de Guayana es, fundamentalmente, la historia de la domesticación del río Caroní.
Durante las décadas de los 80 y 90, Venezuela no solo producía aluminio; transformaba la inmensa fuerza hídrica de Guri en un producto de calidad de exportación con valor agregado.
En aquellos años de esplendor, el país se posicionó como un jugador de ligas mayores en el mercado global, gracias a una integración vertical que funcionaba con la precisión de una caja de engranajes bien lubricados.
Desde la extracción de bauxita, en las minas de Los Pijiguaos, hasta la refinación de alúmina en Bauxilum, Ciudad Guayana, y la reducción electrolítica en las celdas de Venalum y Alcasa, el ciclo era un testimonio de eficiencia y precisión.
Sistema eléctrico nacional
Sin embargo, para entender la magnitud del retroceso actual, es imperativo comprender que el aluminio es, en esencia, “electricidad sólida”.
No se puede concebir la recuperación de este sector sin abordar la crisis del sistema eléctrico nacional.
En el pasado, la ventaja comparativa de Venezuela radicaba en la abundancia de energía barata y confiable, proveniente de las centrales hidroeléctricas. Hoy, esa ventaja se ha evaporado.
La inestabilidad del flujo eléctrico, no solo ha mermado la capacidad operativa, sino que ha condenado a muerte a cientos de celdas electrolíticas que, al enfriarse por falta de energía o mantenimiento, se convirtieron en monumentos inutilizables de hierro y criolita.
Pero la crisis eléctrica no es un problema aislado. Por ello, una premisa debe quedar clara: no habrá recuperación del sector aluminio sin restaurar también el sector eléctrico del Bajo Caroní.

El complejo hidroeléctrico conformado por Guri, Macagua y Caruachi (Tocoma, aún después de 25 años sigue sin haberse podido activar), no es solo el corazón que bombea energía al sistema interconectado nacional; es la arteria principal que debe suplir de energía eléctrica, de manera exclusiva, estable y confiable a las plantas reductoras.
Sin un esquema que garantice energía dedicada, con redes blindadas y mantenimiento especializado para estas industrias, cualquier intento de reactivar la producción primaria, es un ejercicio futil.
Recuperación de industrias
La recuperación de ambas industrias, la eléctrica y la del aluminio, es un binomio indisoluble que debe ser atendido como una política de Estado integral, no como esfuerzos fragmentados.
La situación de Alcasa es quizás el síntoma más evidente de esta metamorfosis forzada y dolorosa. La que fuera pionera de la industria en la región, ha sufrido un desmantelamiento total de sus líneas de reducción.
Hoy, Alcasa no produce un solo gramo de aluminio primario; sus celdas han desaparecido. La empresa ha intentado reinventarse volcándose hacia la extrusión y el laminado, una estrategia que choca frontalmente con una realidad operativa: la carencia crónica de materia prima (aluminio) y la obsolescencia tecnológica por falta de inversión.

Venalum, por su parte, resiste como sombra de lo que fue. Aquella empresa que ostentó el título de “la Gran Planta”, la reductora más grande de América, hoy opera a niveles testimoniales.

Privatización
El contraste con los años 80 y 90 es desgarrador: donde antes había una planificación estratégica basada en la meritocracia y la actualización tecnológica, hoy impera la desinversión. Bauxilum, que debería garantizar el suministro de alúmina, enfrenta sus propios demonios en la mina y en el corazón del proceso de refinación, dejando a la industria en una situación de dependencia y fragilidad que compromete su futuro inmediato.
La salida de este laberinto no consiste en perfeccionar el modelo de gestión estatal, que ya demostró su agotamiento. La salida más lógica y realista para estas industrias, es someterlas a un proceso de privatización total.
Venezuela necesita desesperadamente la entrada de empresas con tecnología de punta, corporaciones globales que posean el capital necesario para reconstruir lo destruido y la capacidad de integrar nuestras plantas a las cadenas de suministro modernas.
Pero el capital es, por naturaleza, cauteloso. Nadie invertirá en el hierro y aluminio de Guayana, mientras no existan condiciones de seguridad jurídica inquebrantables y, nuevamente, mientras no se garantice la recuperación y autonomía del subsistema eléctrico del Bajo Caroní.
Garantías
Para que Guayana vuelva a brillar, el Estado debe garantizar el respeto absoluto a la propiedad privada y establecer un marco legal que trascienda los gobiernos de turno.
La reconstrucción de las líneas de reducción y la modernización de los procesos de extrusión y laminado, exigen una inversión que solo llegará cuando el inversionista sienta que las reglas del juego son claras y estables.
El renacimiento del aluminio venezolano no es solo una cuestión de ingeniería; es una cuestión de confianza, de visión estratégica y de entender que la sinergia entre el potencial hidroeléctrico del Caroní y la industria pesada es el único camino posible.
Solo devolviendo la industria a manos expertas, protegiendo la inversión bajo el amparo de la ley y asegurando la operación autónoma del sistema eléctrico del Bajo Caroní, podremos aspirar a que el “oro blanco” vuelva a ser el motor que impulse el desarrollo de una nación que se niega a olvidar lo que fuera su grandeza industrial.
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