Les pagan por hacer llover
Los agricultores que dieron dinero a David Nabutsilili para que invocara lluvia enfurecieron cuando cayó tanta agua que sus huertos terminaron inundados. Lo persiguieron por las colinas y sólo se detuvieron cuando el hombre cayó sobre una roca y se fracturó el fémur. Ese fue su castigo.
Dieciséis años después, el invocador de lluvia todavía siente dolor en la pierna. Pero muchos de quienes lo persiguieron aún acuden a él habitualmente en busca de ayuda espiritual cuando necesitan que llueva —especialmente durante la temporada de siembra—, pero también cuando requieren que las precipitaciones cesen. Si no logra cumplir con sus expectativas, debe huir de su hogar durante un tiempo por su propia seguridad, comentó Nabutsilili a The Associated Press durante una entrevista en su aldea, en el este de Uganda.
“La gente nos golpea porque a veces llueve demasiado o no hay lluvia”, puntualizó.
Desde hace mucho tiempo, los invocadores de lluvia africanos actúan como líderes espirituales en sus comunidades y realizan rituales para pedir a las deidades que traigan lluvia. No obstante, sus éxitos percibidos pueden generar expectativas enormes entre las comunidades agrícolas en muchas partes del África subsahariana. Ahora, son objeto de ataques más frecuentes por su supuesto fracaso al realizar su labor en medio de los trastornos del cambio climático. En los casos más extremos, mueren a manos de turbas.
“Hemos estado con esta gente y sí a veces han realizado (rituales) y hemos tenido lluvia”, contó Joseph Weyusya, uno de los líderes de Inzu ya Masaaba, una institución tradicional del pueblo bagisu del este de Uganda.
“Cuando las lluvias se resisten, la gente se reúne en la aldea y empieza a buscarlos: ‘¿Por qué no tenemos lluvia?’”, agregó Weyusya. “Y la mayoría de las veces han golpeado a dichas personas hasta dejarlas casi al borde de la muerte”.
Muchos agricultores culpan a los invocadores de lluvia por sus desgracias. En Sudán del Sur, país que colinda con el norte de Uganda, al menos dos invocadores de lluvia han sido asesinados en los últimos dos años. En 2024, Solomon Oture fue enterrado vivo en la remota aldea montañosa de Lohobohobo durante un periodo de sequía. En junio, en una zona del sudeste que sufría una prolongada sequía, varios hombres secuestraron a un invocador de lluvia llamado Albino Lobillia y lo enterraron vivo, según relataron testigos.
“No había comida y los animales empezaron a morir en grandes cantidades debido a la sequía”, dijo Madelina Tito, pariente de Lobillia y líder local. “Celebraron reuniones y decidieron que debía morir porque, según ellos, se había negado a ordenar que lloviera”.
Un estudio publicado el año pasado en International Journal of Environment and Climate Change (Revista Internacional de Medio Ambiente y Cambio Climático) encontró que el número promedio de días de lluvia al año en la región de Kapoeta —colindante con la zona donde vivía Lobillia— había descendido, de 90 en la década de 1980, a 46 a mediados de la década de 2010, el periodo más reciente del que se dispuso de cifras. Y cuando la lluvia llega, a menudo lo hace de forma repentina e intensa.
“Las comunidades de las zonas más propensas a las inundaciones han pasado los últimos años alternando entre perder sus cultivos por las inundaciones y perderlos a causa de la sequía”, expuso Joris Gasper, investigador de la iniciativa Reach una organización humanitaria que opera en Sudán del Sur.
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