Opinión

Epicuro en San Félix

“Creo que en estos tiempos el frente de las licorerías se ha convertidos en un espacio popular para la filosofía”
sábado, 01 diciembre 2018

Hace unos días, un rumor disparó las alarmas de un importante sector de la vecindad: ¡Se acabaron los cigarros! En efecto, al atardecer de media semana algunos vendedores de tabaco empezaron a decir que habían cerrado la distribuidora. Entonces apareció la desesperación y el nerviosismo entre los fumadores que buscaban por todas partes un cigarrito para satisfacer ese placer que indiscutiblemente hace daño, pero más de una canción le han dedicado.

 

El asunto no me preocupó, porque no fumo, pero la dictadura femenina me ordenó que tratara de ubicar una cajetilla en algún lugar de la ciudad. Y así, activando la red de amistades, me informaron que en una licorería ubicada en el cruce de la avenida Centurión con Antonio de Berrio, vía Dalla Costa de San Félix, había cigarros. Llegamos en la raya, porque al comprar la tan buscada galletilla, el dueño del negocio colocó un terrible aviso: “No hay cigarros”; solo quedaron unos “detalladitos”. Como la tarde estaba fresca y tranquila el compañero que fungía de guía consideró que era bueno refrescarse ante el esfuerzo y el éxito de la tarea, y allí nos quedamos un rato tertuliando.

 

Creo que en estos tiempos el frente de las licorerías se ha convertidos en un espacio popular para la filosofía. Después de la segunda cerveza, ya se empieza reflexionar sobre el sentido de la vida, la pobreza o la riqueza, la peligrosa mezcla de la ignorancia con el poder, la desorientación política, la ingratitud, la amistad, el ocaso de la buena fe y la esperanza, y sobre todo, el lugar que ocupa el placer en la existencia humana.

 

Es increíble la democratización del cigarro: si hay algo que está en todos los estratos sociales es ese, vicio para unos, o placer para otros. Y si se quiere corroborar esto, no hay mejor forma que pararse ante una venta de cigarrillos en tiempos de escasez: jóvenes o viejos, a pie o en carro se acercan a preguntar con la esperanza de conseguirlos sin importarles el precio, que cuando es muy alto, se quedan igual que el verso de Andrés Eloy Blanco, “como el niño pobre ante el juguete caro”.

 

Una de las cosas que nos llamó la atención, fue la llegada de dos personas que con uniformes de una empresa básica y evidentes signos de cansancio, pidieron dos cervecitas y un cigarro. No se trataba de los lujosos consumidores que frecuentan bares y cafés de prestigio social, eran dos personas sencillas, que al salir del trabajo querían dejar de lado por un rato el yugo de las obligaciones y las necesidades.

 

Entonces, el ilustre compañero que nos llevó hasta el lugar, recordó que en tiempos de bachillerato, el filósofo que más le impresionó fue Epicuro de Samos, ilustre personaje de la antigua Grecia, que sostenía la tesis de que el hombre no viene a este mundo a sufrir sino a ser feliz, cosa que se puede lograr buscando siempre el placer de manera prudente.

 

Pregona el epicureísmo que: “La muerte es una quimera, porque mientras yo existo, no existe la muerte, y cuando existe la muerte, ya no existo yo” por lo tanto hay que olvidarse de la muerte y disfrutar la vida. En relación a la comida y la bebida dice que: “Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo” . Por eso las licorerías están llenas de gente, porque no hay nada más triste que beber solo. Y sobre el placer y el dolor remata diciendo: “El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma”.

 

Esas y otras divagaciones filosóficas surgieron en medio de la tertulia que terminó concluyendo que el afán de dicha es algo inherente a la naturaleza humana, porque la gente se resiste a aceptar el tormento que está viviendo y a toda consta quiere ser feliz. Al caer la noche nos retiramos a nuestro hogar habitual, dejando el fantasma de Epicuro rondando las calles de San Félix; tal vez refrescándose en la licorería del cruce de la Centurión, empeñado en convencer a la gente, de que a este mundo no se viene a sufrir, y hay que rebelarse contra quienes quieren convencernos que ese es el destino.

 

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